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Juego de Tronos: Cuando la fantasía se mancha de sangre y rima con política

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Por: Javier Ortiz, estudiante de Periodismo de la Universidad de La Habana

Otra serie de televisión pasa de memoria en memoria o se encuentra en los puestos de venta de DVD. Causa sensación y duda. Y es que, a simple vista,  Juegos de Tronos (Game of Thrones) puede parecer otra  copia de El Señor de los Anillos. Pero entre ambas, hay una diferencia abismal: Frodo, el hobbit protagonista de Tolkien, representa al bien luchando contra el mal, mientras que, en las guerras por el trono de Poniente, se combate por el poder político y por orgullo, y hay demasiados reyes y familias intentando matarse entre sí como para que defina un lado bueno y otro malo.

Y es que el concepto de mal queda pequeño dentro de esa serie: hay crueldad, sadismo, ambiciones, traiciones en formas inimaginables, así como personajes con traumas y miedos tan profundos que resulta difícil catalogarlos como negativos o villanos. Como en la vida real, no todo es en blanco y negro. Quienes vieron Perdidos (Lost) pueden hacerse una idea de lo significa llevar esto a televisión, donde siempre los buenos son demasiados buenos y los malos, terribles.

En Juego de Tronos no hay elfos ni duendes ni varitas mágicas. Hay un enano, pero no de raza sino por deformación, que se mete en prostíbulos, contrata mercenarios y piensa tácticas militares para salvarle el pellejo a los parientes que lo desprecien. Hay dragones y los lobos gigantescos, pero que están domesticados para servir como armas de guerra y parecen piezas en una partida de ajedrez, no animales fantásticos. Repito: no se trata de otra historia sobre la lucha del bien contra el mal en un mundo de fantasía con nombres rimbombantes: es el combate a muerte por el poder en cualquiera de sus formas, por la sobrevivencia a todo precio y por el amor a jugar el sangriento juego que termina con un hombre sentado en un trono.

El escritor estadounidense George Martin quiso romper el molde que El Señor de los Anillos dejó establecido dentro la literatura fantástica, y lo consiguió escribiendon su heptalogía Canción de Hielo y Fuego, cuyo primer libro, Juego de Tronos, da nombre a la producción televisiva de la HBO. La segunda temporada, que recién finalizó, es una adaptación de la segunda novela, titulada Choque de Reyes. En los próximos dos años, se estrenarán la tercera y cuarta temporada, ambas se basarán en la siguiente entrega literaria, Tormenta de Espadas.

La saga se inspira en la historia medieval europea, principalmente en las invasiones y las guerras civiles ocurridas en Inglaterra y Francia. Cualquier persona que hojee un libro de historia podría encontrar las referencias y personajes que se basa la serie, pero solo es el relleno. Lo importante es lo que ocurre con esas recreaciones del mundo medieval.

La trama es impredecible. Martin juega con sus personajes y los lleva a las situaciones más improbables. El lector no puede siquiera imaginarse que ocurrirá a continuación. El nivel de detalle es asombroso y puede aturdir si no presta atención. En lugar de crear un continente para ambientar sus narraciones, el autor concibió un planeta completo, con ríos,  ciudades, diferentes religiones e idiomas. La serie no explota lo suficiente ese elemento y quienes no se lean el libro dejan de disfrutar el contenido de muchas escenas, pues no pueden explicarse lo que ven.

Uno de los defectos de la versión televisiva, en comparación con el libro, es que no muestra las complejidades de algunos personajes y hasta los minimiza, como ocurrió con el estricto e intransigente Stannis Baratheon o el camaleónico Lord Varys, la Araña, que no resulta tan impresionante en la pantalla. Pero eso son errores menores.

Los libros de “Canción de Hielo y Fuego” y su adaptación a la pequeña pantalla son un derroche creativo y presupuestario. Los guionistas y productores de la serie no pueden darse el lujo de fracasar o perderían su trabajo inmediatamente: producir cada capítulo cuesta un promedio de 6 millones de dólares, a pesar de que se cambió parcialmente la historia contada en los libros, para así reducir gastos (lo que llevó a obviar la mayoría de las batallas y combates).

Pero lo más llamativo de Juego de Tronos no es la guerra y las intrigas políticas entre las familias, sino los seres humanos que las viven, la fuerza de esos personajes, lo desarrollado que están sus individualidades y sus conflictos internos. Los actores que los encarnan en televisión han podido dar vida a esas peculiaridades y hasta le han dado nuevos matices. Se destacan Peter Dinklage,  como el astuto e irónico enano Tyrion Lannister, Jack Gleeson, en la piel el sádico niño rey Joffrey Baratheon y Lena Headey como la explosiva y maternal reina Cersei Lannister.

Los que están “enganchados” con la guerra entre los Starks de Invernalia y los Lannister de Roca Casterly pondrán seguir impresionándose durante mucho tiempo. George R. R. Martin dijo en una entrevista que quizás haya once temporadas de Juego de Tronos, si la popularidad de la serie se mantiene en los niveles actuales. Ojala sea así.

 

(Tomado de Cubadebate)