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El debate equivocado. Por @HaroldC4rdenas

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Por: Harold Cárdenas Lema

Los últimos días han sido una vergüenza. Tanto hemos luchado por alcanzar espacios de pensamiento en el mundo físico y virtual que nos ayuden a construir un país mejor. Ahora que los vamos logrando, lo empleamos en rencillas y ajustes de cuentas ante un público que se polariza o divierte como en el Coliseo romano.

Si el mejor tema de conversación que tenemos los cubanos es la bandera que abraza un deportista o el derecho a publicar una opinión que de por sí es compartida por la mayoría, muy mal andamos. Podemos convertir las redes sociales, la blogosfera y los medios de prensa en una universidad colectiva donde se coincida y discrepe a fuerza de pensamiento. O podemos promover linchamientos mediáticos que no tardarán en llegar al mundo físico.

En lo personal me parece sana una esfera pública donde se discutan abiertamente asuntos de relevancia nacional, mucho mejor que dejarlo a desconocidos que lo hagan tras puertas cerradas. Pero el actual es el debate equivocado. Y lo que estamos viendo ahora es una radiografía de lo que vendrá en los próximos tiempos. Dicho esto, voy a dar mi opinión sobre varios de estos debates descarriados. De una sola vez y sin ganas de seguir en ello:

Tenemos el mismo derecho que cualquiera de irnos a vivir a otra parte y jurar lealtad a otra bandera. Lo que nos hace cubanos va más allá de las leyes y lo que nos hace buenas personas va más allá de las nacionalidades. Conozco compatriotas deleznables y extranjeros sublimes, y por supuesto que viceversa. Nadie deja de ser cubano al competir por otro país, siempre que se siga sintiendo así.

Ahora, cuando un cubano deja por el piso mi bandera y pide otra por encima de ella, el mambí que llevo por dentro se rebela. Y no diría que deja de ser de la isla pero ciertamente no lo es tanto como Mijaín López o cualquiera que bajo otra bandera, siga llevando la nuestra en el corazón.

karina marron
Karina Marrón es de las mejores periodistas de nuestra generación

Karina Marrón habló por muchos en el pleno de la UPEC que nos sentimos orgullosos al leerla. Nunca debieron ser secretas sus palabras porque están respaldadas por el sentido común, ese que todavía es impublicable en ningún periódico o noticiero. La contradicción era de raíz, empezaba por ahí y se extendió como un cáncer de efecto dominó.

No debemos seguir poniendo a nuestros profesionales en la disyuntiva de publicar o silenciar hechos de interés público por secretismos que hasta el presidente ha criticado.

Agradezco que hayan transcrito sus palabras porque sin ellas nunca hubiera comprobado cuán bien Karina representa a los revolucionarios de nuestra generación. Yo hubiera consultado con ella antes de publicarlas, no sé si la ética profesional lo exige o no, pero cuando se habla a camisa quitada a veces omitimos matices y esto puede ser usado por quienes están a la caza de cualquier desliz con potencial de escándalo.

El periodista que distribuyó la información en Holguín cometió ese error inicial de lanzarse aventuradamente a una acción que pronto escapó de su control. Y podemos suponerle mil defectos o virtudes pero no los sabemos así que debemos concentrarnos solo en hacer justicia. ¿La sanción impuesta sobre él es acorde al hecho? En realidad parece más ejemplarizante que justa y debería revisarse seriamente. Pero el mayor perdedor en este asunto es la Unión de Periodistas de Cuba.

Su imagen se ve enturbiada cuando en pleno proceso de reclamación de la medida, uno de sus principales funcionarios se expresa contra el periodista holguinero. Puede ser criticable el hecho de divulgar las palabras de Karina sin su consentimiento pero también son lamentables las palabras de Aixa Hevia, precisamente por su larga trayectoria profesional. La UPEC es una organización no gubernamental que tiene como primer objetivodefender a los periodistas en el ejercicio legal y ético de su profesión, así como su derecho de acceso a las fuentes“. Y ciertamente dio la impresión de que la UPEC se lanzó con entusiasmo a la expulsión.

ravsberg
Conocí a Ravsverg hace años, desde entonces hemos coincidido y discrepado juntos, pero siempre buscando lo primero y respetando lo segundo

Quizás esto ocurrió al calor de otro debate alrededor del periodista uruguayo Fernando Ravsberg. Lo conozco desde hace 5 años, lo he visitado en su casa y viceversa, lo he entrevistado y viceversa. Hemos discrepado tanto como un periodista extranjero y un militante de la juventud comunista cubana pueden hacerlo. Cuando veo la polémica alrededor de su persona y su trabajo, me parece también que es la discusión equivocada.

Desde que conocí a Fernando lo veo dar informaciones que deberían estar en nuestros periódicos y no las veo. Análisis que deberían salir en televisión con una mirada de izquierda y están ausentes. Iniciativas que deberían venir de nuestras organizaciones y nunca nacieron. Críticas que deberían ser nuestras para mejorarnos, y nunca llegan.

A diferencia de sus detractores no le pido un periodismo militante con nuestra causa porque esa es nuestra función, si no la hacemos bien es culpa nuestra, no suya. Le pido que sea responsable con sus lectores, que no se sume a sembrar el desaliento y la incertidumbre que generan otros medios, que sea profesional con sus colegas, incluso en momentos de tensión.

Si el tiempo que se emplea en criticar a otros se utilizara en mejorar la UPEC y terminar las mediaciones que aquejan a nuestra prensa, estaríamos mucho mejor.

iroel-sanchezSe puede coincidir o discrepar con Iroel Sánchez pero marginarlo o silenciarlo sería injusto. Es callar la voz de un sector que él representa.

Para nadie es un secreto el debate que desde hace un tiempo viene teniendo lugar entre Iroel Sánchez y Fernando Ravsberg, desde sus respectivas plataformas. Que en ocasiones es productivo porque genera pensamiento y alternativas, en otras solo provoca ofensas y ataques personales. Iroel representa a un sector de Cuba que respeto y me recuerda a mis tíos, que quiero un montón pero discutimos cantidad, porque teniendo los mismos objetivos vemos caminos distintos. Quizás sea la diferencia generacional.

Ravsberg me parece un profesional que escribe lo que piensa con honestidad, no convertirá a nadie en algo que no sea ni mucho menos lo convertiremos a él. Como diría Diego en Fresa y Chocolate, este país sin Iroel y Ravsberg, quizás le faltaría un pedazo. Intentar deslegitimar a uno u otro resulta un intento vano e injusto, es atacar el mensajero cuando esto es un debate en el campo del pensamiento. Más que polemizar sobre proyectos o personas, discutamos sobre las ideas que cada uno propone.

Ojalá el efecto final de todo esto no sea botar el sofá una vez más. Con reuniones de la UPEC a puertas cerradas donde pidan juramento de sangre a los miembros de no comentar lo que ocurre en el recinto. Con una mayor polarización del debate en Internet centrado en las personas que lo sostienen y no en sus ideas concretas. Ojalá esta incipiente Internet cubana no siga tomando la costumbre de generar escaramuzas y crear grupos polarizados que se linchen unos a otros, sino que exista una noción de construcción común utilizando el pensamiento.

Todavía puede imponerse el sentido común y aplicarse una sanción menor al periodista holguinero, Aixa Hevia puede hacer buen periodismo sin que este episodio empañe su carrera profesional, Ravsberg puede seguir informando en su blog y los cubanos pueden ganar medallas que nos enorgullezcan sin importar la bandera que lleve al podio. Podemos dedicarle entonces el tiempo a discutir cuál será el país que viviremos y dejaremos a nuestros hijos. Porque reconozcámoslo, somos mejores que esto.

Para contactar al autor: haroldcardenaslema@gmail.com

Tomado del Blog La Joven Cuba

Arenas para Dota 2

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Durante dos días ocho equipos compitieron en un torneo de Dota 2 en los Estudios Romerillo. (Fernando Medina / Cachivache Media)

La arena reabrió sus puertas: el primer torneo de Dota 2 con visibilidad internacional fue disputado por ocho equipos en la sala Google+Kcho.MOR en los Estudios Romerillo, en La Habana.

Vía internet, y a través de la plataforma Steam, los gamers de todo el mundo observaron las habilidades de los jugadores cubanos, forjadas en las redesoffline, como SNET, que conectan a cientos de miles de personas en todo el país. Las partidas también fueron transmitidas por Twitch, plataforma que ofrece servicio de streaming de video en vivo.

Durante el 25 y 26 de agosto compitieron en largas batallas los representantes de los equipos Etern1ty, Infinity Gaming, DK Reborn, Planeteers, Team Bross, Crazy Gaming, Frog Hunters y Galaxy.

En el mismo marco, los organizadores de los torneos de Starcraft II aprovecharon para celebrar la final de la Copa de Verano (Summer Cup), el cual se proyectaba en una pantalla en las áreas de Kcho Estudio con un narrador que le agregaba emoción al evento.

El DK Reborn de La Habana se coronó en la pelea final del torneo Dota 2, una competición donde prima el trabajo en equipo y donde todos terminaron ganando gracias a la visibilidad mundial que tuvieron.

Desde Ciego de Ávila, Matanzas y Pinar del Río llegaron algunos de los equipos que participaron en el torneo. (Fernando Medina / Cachivache Media)
En Twitch, una plataforma social y comunidad de gamers fueron transmitidas en streaming algunas de las batallas del Dota 2. (Fernando Medina / Cachivache Media)
Dentro de las redes offline creadas en todo el país, el Dota 2 es uno de los juegos más populares debido a una de sus características: los jugadores tienen que desarrollar una estrategia de acción en tiempo real. (Fernando Medina / Cachivache Media)
El torneo se desarrolló a puertas cerradas. Para facilitar la visualización de las partidas fueron habilitadas pantallas en el exterior de la sala para que los interesados en el torneo pudieran seguir en tiempo real el trabajo de los equipos. (Fernando Medina / Cachivache Media)
La copa de verano (Summer Cup) de Starcraft II también aprovechó el espacio para celebrar su final. (Fernando Medina / Cachivache Media)
El trabajo en equipo es fundamental para derrotar la estrategia del rival durante una partida. (Fernando Medina / Cachivache Media)
Largas jornadas vivieron los gamers durante los dos días de competencias. El primer día estuvieron jugando hasta las cuatro de la madrugada. (Fernando Medina / Cachivache Media)
El proyecto Habana Cosplay aprovechó la oportunidad para hacer una presentación durante la jornada final del Dota 2 Cuba. (Fernando Medina / Cachivache Media)
En las pantallas ubicadas fuera de la sala de competencias fueron trasmitidas en tiempo real las batallas con un extra: la narración de algunos expertos en el arte de contar el desarrollo de un videojuego. (Fernando Medina / Cachivache Media)
Algunos jugadores después de ser derrotados se mantenían en la sala para seguir de primera mano el avance del torneo. (Fernando Medina / Cachivache Media)
El público presente en la sala de juego también “calentaba” el enfrentamiento entre los equipos. (Fernando Medina / Cachivache Media)
Una merienda para recargar energías no viene mal durante un torneo como el Dota 2. (Fernando Medina / Cachivache Media)
Los integrantes del DK Reborn obtuvieron la victoria en el primer torneo de Dota 2 realizado en Steam desde La Habana. (Fernando Medina / Cachivache Media)

Tomado de Cachivache Media.

MIS VERDADES TIENEN QUE IR MÁS ALLÁ

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Camilo Santiesteban Torres, ingeniero químico.

Camilo Santiesteban Torres, ingeniero químico.

Por Yohana Lezcano y Rodolfo Romero

Con una mezcla confusa de desconcierto y libertad en su rostro, tras haber solicitado oficialmente la baja laboral de su centro de trabajo, donde se desempeña desde que se graduó de la CUJAE hace cinco años, Camilo habló con nosotros a camisa quitada. Agobiado por la situación económica actual, sus responsabilidades con sus padres y con la familia que quiere o pretende formar, con una visión romántica, casi en peligro de extinción, del proceso revolucionario en Cuba, este joven –que lleva su nombre en honor a Camilo Cienfuegos por haber nacido un 29 de octubre– nos habla acerca de cómo siente a Cuba hoy y cómo la pretende mañana.

El paso de la adolescencia a la juventud yo apenas lo percibí. Salí del preuniversitario directo para la universidad. En primer año de Ingeniería Química, con diecisiete años, me sentía todavía un adolescente. Creo que fue a finales de segundo cuando empecé a tener conciencia de que yo era joven y que estaba adquiriendo cierta adultez. Hasta ese entonces era como cualquier adolescente. Por tanto, casi nunca hacía reflexiones profundas acerca de nada.

Mi inteligencia emocional tampoco había crecido lo suficiente. Mi familia no tenía muchos recursos, vivíamos en una situación económica media tirando para mala. Mi «día cero» era graduarme, no tenía planes de futuro. Mi único objetivo era culminar la carrera. No fui ni un santurrón ni tampoco un parrandero. Por suerte, académicamente siempre me comporté bastante bien.

La vida universitaria, la beca y el hecho de convivir con personas de diferentes provincias, con distintas costumbres y modos de tratar a los demás, para mí fue una gran escuela. Yo nací en La Habana, y mi familia, que vive aquí desde los años ochentas, me dio una educación tradicional, al estilo oriental, pero a la vez, correcta, educada, profesando un gran respeto hacia la mujer. Entonces la universidad me hizo incorporar una visión distinta.

No creo que tenga que ver exclusivamente con una pérdida de valores, sino con las costumbres y las normas de comportamiento de diferentes provincias. Los pinareños eran de una forma, los habaneros de otra, los matanceros… Igual, todo aquello me era indiferente, mi plan era graduarme, incluso mis noviazgos no los veía como algo de larga duración.

Después que me gradué llegué a la vida laboral con un nivel de realismo enorme, con sueños, ideas, y estaba dispuesto sobre todo a escuchar. Me di cuenta que tenía que aprender, tanto en lo personal–emocional como en lo laboral–académico. Ahí surgió otra cosa. Uno de los problemas de los métodos de educación en Cuba es que los alumnos no llegan a visualizar el contenido y no le ven la aplicación práctica a lo que están haciendo.

Entonces, cuando empecé a trabajar, me di cuenta de que estaba perdido. No sabía llevar a la práctica mis conocimientos. Ese es uno de los problemas que tenemos los jóvenes una vez que nos graduamos.

Otro es la situación económica. Uno, como cualquier profesional que desea tener éxito, se propone por un lado la superación, pero la remuneración de aquellos que estudiamos no es buena a veces. Entonces algunos piensan: «¿Para qué voy a estudiar si de todas maneras no lograré ser exitoso?».

Ahora la entrada de información no es tan poca como solía ser antes. El acceso a diferentes materiales de factura extranjera, te permite ver lo mejor de cada industria y de cada rama. Así, es normal que las personas empiecen a hacer comparaciones. Y cuando uno se compara, pocas veces lo hace con la visión de que somos un país tercermundista.

Los jóvenes de nuestra generación tenemos padres con edades que oscilan entre los cuarenta y nueve y los cincuenta y cinco años. Personas adultas que a veces tienen achaques y problemas de salud. Hay algunos que se complican con los padres enfermos y tienen que mantener su casa económicamente. Entonces se ven obligados a postergar sus planes de formación profesional.

Existe también otra problemática muy seria: el fondo habitacional de la población está muy deteriorado. Entonces el poco dinero que uno se busca es para reparar la vivienda o para retribuir el sacrificio que hicieron nuestros padres.

En estas circunstancias resulta muy difícil, cuando se habla de planes futuros, pensar en crear una familia. El matrimonio es complicado, hasta las bodas son caras. Luego, te casas, y no tienes una vivienda para ti y tu pareja. El idilio juvenil que marcha muy rápido hasta los veintidós años, desaparece cuando tienes veinticinco o veintiséis, y estás insertado en el mundo del trabajador estatal.

Gracias precisamente a los logros que tenemos en Cuba, en materia de educación, en condiciones promedio, cualquiera que nazca en Cuba avanza muy rápido hasta los veintidós años: primaria, secundaria, pre y universidad. Tal es así que uno piensa que puede seguir avanzando de la misma manera. Entonces, cuando empiezas a trabajar, te das cuenta que eso no va a ser así.

Ante este escenario, ¿cuáles son las alternativas que hemos encontrado para forjar nuestro futuro?

Un grupo importante ha decidido irse del país y eso es muy triste. Actualmente ya no es que exista «robo de cerebro» sino una fuga voluntaria, lo cual es mucho peor. La mayoría son profesionales que tienen familia en el exterior, y otros se van a probar suerte o mediante contratos de trabajo. Salen, como se dice en la calle, «a lucharla». Generalmente, los profesionales buscan contratarse en lo que se formaron, aunque tengan que hacer algo temporal como trabajar en un bar o en determinado servicio público.

Con todas las nuevas leyes y aperturas, otros argumentan que ya no es factible irse definitivo del país. Lo mejor es trabajar fuera del país y hacer cierto capital para luego retornar. La idea es hacer un negocio o mantener un contrato de trabajo, estar fuera la mayor parte del tiempo posible, pero venir a Cuba de vacaciones y ayudar a la familia.
En los más jóvenes hay más ímpetu, por tanto, el impacto lo ven menos fuerte. Tienen tiempo para asimilar los contratiempos, y el espíritu para adaptarse. Es una pena que el Estado no sea más inteligente para aprovechar todo ese potencial en el desarrollo de lo que llamamos la empresa estatal socialista.

Si queremos socialismo tenemos que fortalecer la empresa socialista, pero es una pena que sea el sector privado el que utilice esa fuerza calificada de forma más eficaz y eficiente, y es increíble que tengan recursos para pagarle mejor que el Estado. Por eso, la motivación laboral para muchos está en el sector privado.

Ahora mismo acabo de pedir la baja de mi centro laboral. Aunque suene irrealizable, yo realmente creo en el proceso socialista y quisiera volverme un profesional exitoso, y más que eso, una persona exitosa. Tener una familia, tener una casa propia –no la de tus padres–. No tiene que ser una mansión, pero que te permita tener una familia funcional, con independencia y estabilidad económica. Es difícil ver cómo en una casa los problemas económicos se hacen tan acuciantes que hacen que se desestabilicen emocionalmente los que en ella viven. Es muy doloroso ver que no puedes darle a un hijo lo que él necesita desde el punto de vista material. Obviamente, quisiera ser competente, pero dentro de mi país.

Ahora, para eso estaría dispuesto a buscar ese éxito afuera y después volver. Como dice Nancy Morejón, «…la Patria no se lleva en la suela de los zapatos». A nuestra generación nos formaron como personas que debemos retribuir todo lo aprendido en la sociedad. Sin embargo, si en Cuba no puedo triunfar, me iré a buscar fortuna, pero para siempre volver.

Yo estoy con una muchacha con la que quiero formar una familia. Nuestras familias son normales, cada cual en su casa, cuatro personas en cada una, todos trabajan con un salario promedio y no se dan casi ningún lujo. Con lo que tenemos hoy no podemos ni siquiera arreglar nuestro cuarto, mucho menos soñar con casa propia. Así que si tuviera que escoger entre ejercer mi profesión y otro trabajo que me genere dividendos, escogería un trabajo que me remunere y me permita resolver al menos más del cincuenta por ciento de mis necesidades actuales. Lo haría por un espacio de tiempo determinado, y luego volvería a ejercer mi profesión, porque lo que no podría ser nunca es un profesional frustrado.

Tampoco quisiera frustrarme políticamente. Hace un tiempo atrás yo no tenía muy claro lo que era ser militante de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), mucho menos le metía cabeza al hecho de ser de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM) o la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). Simplemente yo hacía y cumplía con lo que me habían dicho que estaba bien y era lo correcto. Yo reproducía determinada conducta, y no indagaba en el porqué de la militancia. Un día alguien me increpó: «¿Por qué tú defiendes la Revolución? ¿Por qué dices que eres un joven comunista?». Esa conversación fue en la CUJAE. No olvido sus dos últimas preguntas: «¿Tú sabes lo que es el comunismo? ¿Te has leído siquiera el Manifiesto Comunista?». Las dos respuestas fueron «No» y «No».

Yo tenía naturalizado que eso era lo que estaba bien, ser militante. Pero a partir de ese momento empecé a buscar otros argumentos más allá de la educación y la salud gratuitas, o la comparación «antes del 59 y después del 59». Me di cuenta que aquellos, aunque eran argumentos reales –que hay que tenerlos presentes y no se deben olvidar–, no eran mis verdades.

Hoy entiendo que esta sociedad, que se ha formado con el tiempo, es la mejor. Es cierto que fuimos malísimos aplicando estrategias económicas, pero en cambio hemos alcanzado un alto índice de instrucción y de justicia social. La voluntad política del gobierno siempre ha sido buena. Sí, porque un gobierno que te pone una computadora para tres niños en la punta de una loma, no puede ser un gobierno malo. Existen los errores y todo el mundo los conoce, pero hay que mirar un poco más allá. Uno habla sobre estos temas y mucha gente piensa que es «muela» o que uno está vacío y no tiene estos compromisos. Pero son realidades que nadie te puede negar.

Mis verdades, tienen que ir como las de mi generación, un poquito más allá. Un socialismo que se traduzca en oportunidades para todos. Yo quiero un país donde las personas puedan caminar con el orgullo de haber nacido en Cuba. Cubanos que se sientan identificados con sus valores, que vean la continuidad histórica de la Revolución en su día a día, que se les ericen los pelos cuando hablen y reconozcan el sacrificio de nuestros padres y abuelos. Yo quiero formar parte de un país que prospere, dentro de un sistema mucho más justo y donde la gente sea feliz.

Esta entrevista se publicó por vez primera en el libro «Narrar Cuba. Sueño joven de un país», que pertenece a la colección Juventudes en Cuba, de la editorial Ocean Sur.

Fuente: Juventudes en Cuba.

El adicto virtual

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Acostumbrados a asociar las adicciones con el consumo de sustancias nocivas para el organismo, la sociedad cubana comienza a enfrentar, sin antídotos eficaces, una nueva «enfermedad»: el juego patológico o ludopatía. El desboque obsesivo y compulsivo del deseo de consumir emociones

Sus manos, veloces, recorren el teclado y la derecha domina el ratón. Sus ojos no se apartan de la pantalla porque debe romper el récord, no puede fallar, tiene que superarse. Una barra de pan cortada en tres trozos y un vaso de agua ocupan una parte de la mesa, y en el resto se amontonan los apuntes de los niveles vencidos, los puntos acumulados, los errores cometidos.

Tocan a la puerta y le llaman desde afuera. No desvía la vista del monitor ni contesta.

—Juan Carlos, mijito, ¿no vas a comer?

La respuesta es el silencio y los clicks ininterrumpidos que le arranca al ratón. Se escucha el sonido de los autos… Está a punto de ganar la carrera.

—Mira, te traje el plato para que no tengas que levantarte.

La madre lo coloca con cuidado en la mesita y Juan Carlos no se distrae. Si lo logra, por quinta vez ganaría el juego y los demás, al otro día, volverían a aplaudirle sus triunfos. Arroz, frijoles colorados, plátanos fritos y hamburguesa. No le interesa perder el tiempo en comer. Prefiere seguir, y seguir, y seguir. No importa la hora. Lo importante es ganar.

La madre de Juan Carlos no encuentra peligro alguno en el apego de su hijo a la computadora. «Es muy bueno en eso, y está tranquilo, sin buscarse problemas en la calle como los hijos de algunas de mis amigas. Lo que no me gusta es que apenas hablamos».

Mientras, Juan Carlos sigue siendo uno de los más exitosos en los juegos de Dota, Call of Duty, League of Legends, Counter Strike y FIFA y entre sus conocidos «no hay quien le pase por arriba». Como él, otros adolescentes y jóvenes solo viven felices en ese mundo virtual.

Resultados preliminares de un estudio de caracterización del adolescente cubano actual muestran que el 78 por ciento de los casi 3 000 sujetos encuestados posee algún medio asociado a las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, tales como computadoras, móviles, acceso a Internet, reproductores de música y video. Son, entre todos, los de 12 y 13 años de edad quienes tienen más acceso a este tipo de medios.

Según la investigación del Centro de Estudios sobre Juventud, aplicada a partir de noviembre último en toda Cuba, ello evidencia que los adolescentes integran el grupo poblacional más familiarizado con este mundo. Así lo confirma Desde las ciencias sociales fiel reflejo del adolescente cubano, un reporte de la Agencia Cubana de Noticias.

¿Qué tiene de malo «jugar»?

Las adicciones reflejan comportamientos o conductas incontrolables de una persona dependiente física y sicológicamente de una sustancia o de la realización de una práctica determinada. Desde el punto de vista teórico y científico, ha sido más fácil definir la adicción a sustancias tales como el alcohol, la marihuana y la cocaína, entre otras, que aquellas que se refieren a una práctica específica como puede ser el juego.

Así explica a Juventud Rebelde el licenciado en Sicología de la Salud Carlos Javier Lavin Verdecia, terapeuta del Centro Provincial de Deshabituación de Adolescentes, en la capital, lo que ha sido hasta la fecha el principal problema para diagnosticar y tratar adicciones como las que se registran en el campo de la ludopatía, no comprendidas como tales a nivel familiar y social.

El juego patológico o ludopatía se incluye en esas prácticas adictivas que conllevan una dependencia sicológica, más que física, del individuo. «No hay un consumo de una sustancia nociva para el organismo en el caso de una persona adicta al juego, por lo que no existe una conciencia en la sociedad de que, en efecto, el deseo obsesivo y compulsivo por hacer esta actividad se traduce en una adicción que conlleva el consumo de emociones».

Según la Organización Mundial de la Salud, el juego patológico se define como un trastorno caracterizado por la presencia de reiterados episodios de participación en juegos de apuestas, los cuales dominan la vida de la persona enferma en perjuicio de sus valores y obligaciones sociales, laborales y familiares. Fue reconocido oficialmente en 1980 cuando la Sociedad Americana de Psicología lo incluyó por vez primera como trastorno en la tercera edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales.

Lavin Verdecia explica que, por lo general, la ludopatía se asocia de manera tradicional con los juegos de azar como las cartas, aunque los apostadores se vinculan a otras actividades también como las carreras de autos y las peleas entre animales. «No es común entonces que se asocie a otras áreas del juego como pueden ser los videojuegos, aunque ya existe cierta preocupación al respecto, en tanto se le considera una adicción emergente en el campo de las prácticas adictivas, a partir del auge y el incremento de la accesibilidad a las nuevas tecnologías.

«Querer estar todo el tiempo conectado a Internet para chatear o hacer cualquier otra cosa, no despegarse del teléfono móvil, la computadora, el televisor o cualquier otro aparato que permite el disfrute de un videojuego, son actitudes que alertan sobre posibles adicciones. Aunque es necesario el uso de las tecnologías en la sociedad, debe hacerse de ellas un uso razonable, con control y sanidad».

Agrega que con estas se potencian también actividades motivacionales y disfrutables como pueden ser los videojuegos, por lo que es necesario, sobre todo en niños y adolescentes, velar por su uso limitado y controlado para que no deje de ser un simple entretenimiento y no se convierta en el centro de su vida. Además, insiste en que en muchas ocasiones los padres prefieren que sus hijos jueguen en casa y que no estén en la calle fuera de su supervisión.

«Los muchachos que hacen del videojuego el centro de su vida disfrutan sentirse buenos en eso, ganar, imponerse retos, desarrollar sus habilidades, y su autoestima se eleva en la medida en la que se emocionan y disfrutan con cada uno de sus logros.

«Pierden el interés por realizar cualquier otra actividad y el funcionamiento sano de su vida se deteriora. Son muchachos que prefieren estar todo el tiempo frente a su computadora o televisor y su interrelación con los demás se debilita, no quieren hacer las tareas, rehúyen de la escuela, no se insertan en la dinámica familiar para comer juntos en la mesa, ver una película o salir una tarde.

«Estos individuos llegan a sufrir cuando no pueden jugar por tener que estudiar, salir con la familia o hacer determinadas actividades en la casa. No quieren perder el tiempo de jugar ni siquiera para bañarse, comer, arreglarse y dormir. El deterioro de sus hábitos de vida se comprueba fácilmente en el desorden de su tiempo de sueño», aclara Lavin Verdecia, quien comenta que al igual que sucede con otras adicciones, estos muchachos no toman en cuenta la importancia del descanso para su organismo.

«Es común que en la noche coincidan en el juego a través de la red con otros muchachos y el amanecer los sorprende inmersos en ese mundo, por lo que debido a un agotamiento físico y sicológico comprensible, duermen toda la mañana y se alejan del cumplimiento de actividades normales de su rutina como estudiantes y miembros de una familia», afirma.

Baja percepción de riesgo

Un sondeo realizado por este equipo de reporteros en La Habana y Artemisa con la participación de 35 padres y sus hijos, de entre siete y 18 años de edad, mostró la baja percepción de riesgo que tienen unos y otros en relación con el impacto negativo de los videojuegos en la vida de niños y adolescentes, si de ellos se hace una única opción de entretenimiento.

Gisela Montero, madre de un adolescente de 13 años, refirió que la compra de la computadora fue de las mejores ideas que ella y su esposo han tenido para el bienestar de su hijo. «En ella él hace todos los trabajos de la escuela, estudia los textos que le pasan sus profesores y compañeros de aula y cuando tiene una exposición, elabora unos Power Point muy dinámicos. También echa mano de unos videojuegos que copió en su memoria, pero cuando ya terminó con las tareas escolares, y eso me parece bien».

—¿Ha pensado que su hijo puede querer jugar todo el tiempo en la computadora?

—No creo que suceda, porque a él le interesa salir bien en las evaluaciones de la escuela, pero si en algún momento solo le interesa jugar, no creo que pase nada malo porque con todo lo que se haga en una computadora se puede aprender mucho.

Los padres de Álvaro, de nueve años, confesaron que están contentos cuando el niño juega con sus amigos en la computadora. «Antes quería salir a jugar en la calle todo el tiempo, pero desde que su hermano le trajo unos juegos de carros y de fútbol, los fines de semana dedica todo su tiempo a eso, y nos alegramos porque en la calle hay muchos peligros», comenta Álvaro Miguel, su padre.

Preguntarle a Mónica, de 12 años, si le gusta jugar en la computadora fue como apretarle un botón, con el que no paraba de hablar. «Tengo juegos de las Bratz, para vestirlas y peinarlas; juegos de cafeterías y restaurantes y algunos para construir casas y peluquerías. Me gusta jugar por las tardes, y siempre quiero llegar a otro nivel más avanzado para ver cómo lucirá todo. A veces me maquillo y me visto como en los juegos; me creo que estoy dentro».

La madre de Julio Alberto, de 17 años, sí reconoce que se le ha ido la mano a su hijo en el juego de la computadora. «Pasa las vacaciones enteras jugando ahí, como un robot, y apenas sale a jugar pelota como antes. Sé que está contento con eso y para mí es importante, pero a veces quisiera que tuviera novia y saliera con sus amigos, o que hablara más con su abuela y conmigo. La verdad es que a los muchachos de hoy les interesan más los equipos que cualquier otra cosa».

—¿Julio Alberto trabaja o estudia?

—Estudia para técnico de nivel medio, pero dice que no le gusta mucho. Estamos esperando que el tío le consiga trabajo en una fregadora de carros, aunque no sé si querrá, porque tendría que estar muchas horas allí y no podría ser campeón de no sé qué; eso que él juega todo el tiempo, según me dice».

No tiene nada de malo jugar en la computadora porque si no, no se inventaran tantos juegos para los muchachos, nos dice Estela Gutiérrez. «Me maravillo cuando veo que mi hijo con ocho años sabe andar en la máquina, y mueve el ratón y las teclas con agilidad. Es él quien me ayuda cuando quiero hacer algo en la computadora. Imagínate, estoy orgullosa».

El simple gusto por jugar videojuegos no tiene que conllevar a la ludopatía, pero los menores deben ser supervisados por los adultos.

Señales de alarma

La sintomatología de un paciente adicto a los videojuegos como los que han recibido tratamiento en el Centro Provincial de Deshabituación de Adolescentes por parte de Lavin Verdecia y su directora, la doctora Elizabeth Céspedes Lantigua, especialista de primer grado en Medicina General Integral y de primer grado en Siquiatría, se evidencia de manera particular en el aislamiento.

«Tomar agua, comer un pan, miccionar… son las necesidades básicas que pueden sacar del asiento al muchacho, y solo son capaces de relacionarse con otros que como él juegan los mismos juegos, pues es el único tema que les interesa. Por lo general son personas perezosas que tienden a la obesidad por el sedentarismo, aunque también podemos encontrarlos muy delgados, pues someten a su organismo a una inadecuada alimentación con tal de no separarse de la computadora o el televisor», explica Lavin Verdecia.

—¿Por qué y cómo llegan estos pacientes al centro? ¿Cómo es su tratamiento?

—A este Centro Provincial de Deshabituación de Adolescentes llegan los pacientes remitidos desde los centros comunitarios de Salud Mental, y es precisamente la familia la que visualiza el problema en un inicio, aunque en el caso de la adicción a los videojuegos no la identifique como una posible adicción.

«Con ellos al igual que con los que son remitidos en su condición de adictos a determinadas sustancias, establecemos un tratamiento terapéutico no basado en la prescripción de medicamentos. Mantenemos además las mismas modalidades de trabajo, en dependencia de las características del caso, sobre la base de un ingreso total, parcial o ambulatorio.

«El hecho de que no se contemple el descontrolado apego a los videojuegos como una adicción nos dificulta mucho el tratamiento, pues ni el muchacho ni la familia lo asumen como tal, y la resistencia de este es mayor. Es importante visualizar que estos pacientes sufren abstinencia como los adictos a las drogas, manifiestan los mismos síntomas y con intensidades similares. Son propensos a recaídas y más vulnerables a estas, pues el acceso a las tecnologías es mayor, es legal, y necesita el paciente mucho autocontrol».

Lavin Verdecia enfatiza en la necesidad de que la familia no sea tan permisiva en el «dejar hacer». «A nivel mundial el negocio de los videojuegos le conviene a muchos y se desarrollan campeonatos mundiales, incluso. La ola tecnológica llega a Cuba cada vez con más fuerza y los muchachos quieren sumergirse en ella. Por ello la familia debe velar por el control en frecuencia y horarios del consumo de videojuegos de sus niños y adolescentes.

«Como toda adicción, la ludopatía es crónica, progresiva y mortal, porque lleva al individuo a estados sicológicos y físicos que lo destruyen como ser humano, desentendido de todo aquello que se salga del mundo de su juego. Cuando la persona juega por dinero puede incurrir, incluso, en la comisión de delitos con tal de obtener lo que necesita para seguir jugando, y aunque el adicto al videojuego no llegue a ese punto, sí se autodestruye en la medida en la que su vida está al servicio total de un mundo virtual».

Juego sano y con control

El juego se define como una actividad libre de cualquier persona, socialmente condicionada, desprovista de interés material, abierta a la heterogeneidad de interrelaciones. Es campo de alegrías, de reafirmación de conocimientos y de obtención de otros nuevos, que está íntimamente ligado al desarrollo integral de la personalidad.

Keyla Estévez García, investigadora del Centro de Estudios sobre Juventud, apunta que a pesar de que se reconoce esa significación del juego desde el punto de vista educativo, terapéutico, recreativo y como elemento de socialización y de transmisión y apropiación de cultura, costumbres y tradiciones, se vulnera con frecuencia este derecho de los niños, ya que para la mayoría de las personas es algo secundario y sin importancia, lo que hace que quede relegado a segundas y terceras posiciones.

«El derecho al juego crea un estímulo para el desarrollo afectivo, físico, intelectual y social de la niñez y la adolescencia, además de ser un factor de equilibrio y autorrealización. Si los niños y niñas pudieran crecer en la alegría del juego devendrían adultos con mayor salud física y mental y la actitud lúdica les acompañaría siempre. Resulta una valiosa herramienta para generar una sociedad mejor, fomentando la comunicación entre las personas, profundizando en las relaciones de los individuos de una comunidad y reconciliando posturas antagónicas».

La también Presidenta de la Sección Juego y Sociedad, de la Asociación de Pedagogos de Cuba, refiere que el juego influye además en el desarrollo de la inteligencia emocional, en la capacidad de controlar las emociones, de motivarse uno mismo, en el reconocimiento de las emociones ajenas y en el control de las relaciones.

«Mediante el juego los educadores proporcionan los medios y actúan para favorecer el desarrollo del niño, y al mismo tiempo generan diversos sentimientos de afecto, amistad, compañerismo y ternura que, en general, contribuyen a una mayor sensibilidad hacia los otros y los facultan para otra serie de actividades, como la observación y comprensión de estímulos, lo que crea en ellos independencia y autonomía».

—Estudios realizados desde los años 90 destacaron los efectos negativos de los videojuegos, sobre todo en el comportamiento violento… Otros más recientes arrojan que estos tienen también efectos beneficiosos para nuestro organismo. ¿Frenamos o estimulamos los videojuegos?

—La sociedad actual está enmarcada en una época de transformaciones y en un período de adaptación a las nuevas tecnologías. Internet, móviles y videojuegos ocupan un espacio importante en el proceso de socialización, influyendo en comportamientos y actitudes.

«Hoy los juegos varían, pues los juegos tradicionales en calles y plazuelas con niños reunidos en grupos están siendo desplazados y afectados por los modernos juegos de vídeo, Internet y la televisión. Es por ello que los padres y la sociedad deben priorizar espacios y mejores condiciones para el juego de los niños, sin olvidar que el mejor escenario para jugar es el hogar mismo.

«Lo ideal es alcanzar un equilibrio entre sus prácticas y el desarrollo de otras actividades o dentro de la propia actividad de juego. Investigaciones muy recientes en nuestro país revelan que a través de los videojuegos se establecen patrones de camaradería, socialización, respeto a los compañeros e interacciones de aprendizajes. Sin embargo, es necesario supervisar esta práctica.

«El simple gusto por jugar no tiene que conllevar a la ludopatía o el juego patológico. Los más propensos a esto son los que presentan mucho gusto por jugar un tipo de juego muy específico y no alternan con otras actividades típicas de la edad. Los niños cuyos padres prefieren tenerlos frente a la computadora o el televisor para evitar que salgan a la calle o se reúnan con otros son los que se encuentran en una situación más vulnerable».

Según Estévez García, la vida moderna cada vez nos aleja más de los momentos de disfrute que podemos pasar jugando. «El ritmo de trabajo de los padres, la dedicación hacia actividades escolares o aquellos videojuegos que son considerados muchas veces por los alumnos como “más productivos”, hacen que se dificulte el espontáneo desarrollo de la actividad lúdica en la infancia. Un niño que juega es un niño que ama la vida, que entiende y tolera situaciones difíciles, que ama a quienes les rodean. Es un niño que sonríe y es feliz porque goza de un derecho».

¿Videojuegos cubanos?

Cuba también ha fomentado el desarrollo de videojuegos. Y no con contenidos vacíos sino que se puede apreciar mucho software cargado de fines educativos, aunque todavía la existencia de una industria en el país para estos propósitos es una quimera. Para los especialistas es esencial que prevalezca el concepto del videojuego como industria y arte para la comercialización y entretenimiento, pero no pierden de vista que son, además, vía para inculcar valores.

El camino recorrido no hubiese sido posible, desde sus comienzos en 2009, sin instituciones como los Joven Club de Computación, la Universidad de las Ciencias Informáticas (UCI), los Estudios de Animación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos y otras, las cuales siguen sorteando enormes retos. Tampoco sin el personal calificado comprometido con este tipo de proyecto, aun cuando no existen muchos especialistas. En ello coincidieron expertos participantes en la Mesa RedondaLa producción de videojuegos en Cuba, el pasado 28 de junio.

Bojeo a Cuba, Energía para aprender, Rápido y curioso o La Familia son algunos de los ejemplos más destacados en los inicios de este mundo de los videojuegos en el país. A estos les siguieron otros como Pinta conmigo, La gata Mimi, Gesta final, Comando Pintura, Los Bumbots, El capitán Plin, Fernanda, Beisbolito, Sagua, la aldea embrujada,Chivichana, Cuatro rollos y una película, Especies invasoras y Aventuras en la manigua.

Estos videojuegos —algunos destinados a las computadoras y otros a sistemas operativos Android— obedecen a las categorías de juegos de aventuras, disparo, inteligencia, habilidad y para red… Mediante la interactividad, todos tienen el fin de estimular la curiosidad y motivación por el aprendizaje y la inteligencia. Los centros cubanos nunca harían un videojuego de acción, sangre o muerte, sino uno que deje una enseñanza y que sea a la vez entretenido.

Según los especialistas, aunque es un hecho que los videojuegos pueden causar adicción, entre otros males, si se les utiliza de forma adecuada sus beneficios son altos, pues se han convertido en un vehículo de comunicación efectivo hacia niños y jóvenes. Por ello es importante crear una cultura del videojuego, especialmente entre los adultos, para que sean capaces de discernir si los niños, adolescentes y jóvenes consumen productos adecuados, pues muchos de quienes disfrutan de videojuegos lo hacen sin una guía de los padres, y consumen cualquier título, aunque no sea apto para su edad.

Y es que como alertó Roberto Elías, arquitecto del Grupo de videojuegos de la UCI, todo tiene un límite y cada videojuego tiene una clasificación y un público meta. «No debe un niño de ocho años jugar un juego que está diseñado para mayores de 18, por ejemplo, y la frecuencia del juego y el tiempo que dedique a él tampoco puede ignorarse. Si son beneficiosos o no los videojuegos, eso depende del uso razonable que de ellos se haga como productos de entretenimiento interactivo que son».

Fuente: Juventud Rebelde.

Rebajas pírricas #Cuba

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Rebajas pírricas

Ya he sacado la cuenta: suponiendo que en pagar el alquiler del apartamento donde vivo no gastara yo el 91.74 por ciento de mi sueldo —para subirme a la carroza de los porcentajes—, un pomo de aceite es, a todo reventar, lo que puedo comprar de más gracias a las recientes rebajas que han prometido aumentar la capacidad de compra del salario.

Aunque, para ser justa, las rebajas por sí mismas no obrarán el milagro, ni el tope de los precios de los productos agropecuarios, ni la apertura del mercado mayorista para el sector no estatal que se ve allá, en el horizonte. Para que el salario llegue a fin de mes no hay medida unilateral que valga.

Y no es que me esté poniendo como el hombre del gato. Aplaudo “la voluntad política del Partido y el Gobierno de beneficiar a la población, en especial a niños y adultos mayores y brindar particular atención a la implementación de estrategias en la sociedad para enfrentar los efectos de la dinámica demográfica actual”; aplaudo todo eso, pero me cuestiono hasta qué punto una rebaja de quilos en CUC puede aliviar los bolsillos más menguados. En casos como este, no puede decirse que únicamente la intención es lo que vale.

Valen, y mucho más de lo que debieran, la leche en polvo, aun después de rebajada; las sardinas en conservas, sobre todo si vivimos como dijo Virgilio, con la maldita circunstancia del agua por todas partes; el refresco de lata, al que según la vox populi le pusieron el precio los custodios de La Habana. Valen, y demasiado, los rollos de papel sanitario que desaparecen de un día para otro y que los especialistas del Ministerio de Finanzas y Precios todavía no han considerado dignos de rebajas.

Como principio —por algo había que empezar— me entusiasma que el país reconozca lo que la gente viene diciendo desde hace décadas: que a fuerza de disminuir una y otra vez su capacidad de compra, el salario está lejos, a años-luz, de satisfacer las necesidad más perentorias de los trabajadores cubanos, al menos, de los trabajadores como yo, que ni gestiono un negocio particular, ni formo parte de cooperativa alguna, ni me incluyo entre los favorecidos con la Resolución 6 (otrora 17), ni brindo un servicio que pueda ser vendido fuera de fronteras. Ubicada orgullosamente en el pelotón de los que ganan al mes poco más de 500 pesos, no me queda sino esperar por medidas que se salten la fase de curitas y enderecen de una vez la ya célebre pirámide invertida de los ingresos en Cuba.

De la ambigüedad de las notas de prensa emitidas y la desinformación que cuelga de los anaqueles en las tiendas, mejor ni hablar. No es tampoco que sorprenda tratándose de las llamadas shoppings, donde los precios de las mercancías no se multiplican por el índice de valor agregado que medio mundo conoce como IVA, sino que se colocan a discreción, sin que nadie sepa si es cierta o no la leyenda urbana de que los productos llegan a costar el doble y hasta el triple de su valor. Es lo que pasa cuando no se tienen las cuentas claras y el chocolate espeso, que la gente habla.

Confío —a riesgo de parecer naif— en que la estrategia diseñada para aumentar la capacidad de compra del salario incluya en alguno de sus acápites aumentar, a secas, el salario; y derive en la tan anunciada unificación monetaria, esa talanquera que gravita sobre la economía doméstica y me pone a multiplicar o dividir por 25, según sea el caso.

Con todo y lo mala que me reconozco en matemáticas, calculo lo suficiente como para saber que no es un descuento del 6 por ciento a la ropa y los zapatos de niños lo que va a convencer de parir a las mujeres cubanas.

Tomado del Blog Cuba Profunda.

La sinfonía inconclusa de las sobras III

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Foto: Lisandra de la Paz
Foto: Lisandra de la Paz

Después de aquel terrible suceso. Después de haber encontrado la bota; y haber halado y gritado. Después de ver el cuerpo abierto e inerte del joven… Dalia juró que no volvería nunca más a El Bote en la noche.

“Al operador del buldócer lo sancionaron uno o dos años –dice Dalia–. Pero él en realidad no tuvo la culpa. Está prohibido subir allí, y hacer lo que nosotros hacemos. Y a veces nos descuidamos, y nos desesperamos, y por eso pasan esos accidentes. Al andar como locos, y más de noche, nos podemos resbalar y caer. Y nadie se entera. Y cuando te mueres no pasa nada; vienen tus familiares, les dicen que te moriste en El Bote, y punto. Todo el mundo en Los Pocitos sabe lo que puede ocurrir buceando allá arriba”.

Los Pocitos

Todos en Marianao saben dónde queda el barrio insalubre Los Pocitos. Insalubre y de ilegales, donde la gente roba electricidad y agua de los sistemas públicos, aunque les cobran precios simbólicos por esos servicios; y donde hay un CDR, con su presidente, y un delegado a la Asamblea Municipal del Poder Popular; y donde se vota por ese delegado, aunque no se tenga dirección en La Habana.

Desde la Avenida 51 se comienza a descender. La calle se va estrechando hasta que desaparece y deja de ser de asfalto; y los microvertederos aparecen en cada esquina porque escasean los contenedores de basura. Se sigue descendiendo, y bajan, con el camino mismo, las clases sociales, hasta llegar a lo último de ambas: de la calle y de la sociedad.

Arriba, el ruido de la avenida era abrumador. Pero ahora, al final, abruma el silencio. El tránsito de vehículos es prácticamente nulo. El camión de la basura pasa cada quince días o un mes. Ese es el único ruido diferente al de las broncas de abakuá o pandillas. La gente de Los Pocitos está acostumbrada al mal olor de la basura cuando el camión pasa, porque la mayoría vive de eso, de la basura. O si no,  del contrabando, del juego o del “negocio”.

En Los Pocitos conviven muchos inmigrantes ilegales del Oriente del país. No portan dirección de La Habana y, por tanto, no tienen un trabajo en el sector estatal o en el privado , no están registrados en la planilla de ningún centro laboral. Los niños asisten a la escuela hasta que se gradúan de algún técnico medio o de obrero calificado –porque el pre universitario también se otorga según la dirección del estudiante–; y más tarde, a la hora de ejercer, no pueden hacerlo en La Habana porque no residen oficialmente en ningún lugar de la ciudad, aunque nacieron allí.

Todos tienen derecho a la atención médica. Sobre todo las mujeres embarazadas; incluso cuando dan a luz. Pero a las madres, al nacer el niño o la niña, se les obliga a inscribirlos en su provincia de origen, donde su carné de identidad dice que reside. “Yo parí los míos en Maternidad Obrera y tuve que ir a registrarlos a Granma, recién nacidos –alega Dalia casi indignada, y continúa– Y mira, ¿tú ves a ese de ahí? –me increpa señalando a un muchacho que retozaba en el suelo gris con los niños de Dalia–, tiene dieciocho años y también nació aquí, pero la madre lo llevó a Bayamo a inscribirse cuando lo tuvo”. Dayron, el joven, se graduó el pasado año de panadero, pero no puede ejercer el oficio.

La salud es para todos, infiere Tití, primo del esposo de Dalia; no obstante, “sí, tú vas a un consultorio o a un policlínico y te atienden, pero por ejemplo, para sacarte una muela, tienes que presentar tu carné… ¿entonces nosotros no tenemos derecho a arreglarnos la boca? ¡Ah!, sin embargo, no falla si le das al estomatólogo cincuenta pesos. ¡Ahí sí te saca la muela que quieras, y no está viendo que soy oriental!”.

Vivir debajo del puente

Una gran parte de Los Pocitos –y de Hindaya, otro barrio contiguo–, que se extienden en un terreno bastante amplio, no cuentan con servicio sanitario. Descargan los residuales líquidos al río Quibú, y apilan los sólidos hasta que el camión de la basura pase, y deje parte de las inmundicias por tratarse ya de un microvertedero.

Existen casas en las mismas márgenes del río, a las que se llega cruzando un puente de hierro oxidado que no se ha caído por puro milagro, y luego, bajando por una loma de tierra y ladrillos que a veces deja ver los peldaños ahuecados de las antiguas escaleras del puente. A esas casas del primer piso no baja el camión de la basura. Entonces no les queda otra que hacer una pila, un microvertedero bastante grande y extenso, y de vez en cuando, prenderle fuego.

La suciedad, poco a poco, no solo se vuelve contra el medio ambiente, sino también contra ellos mismos. Cuentan algunos vecinos que el cólera y el dengue cayeron como “bomba” ahí, y que las intoxicaciones son frecuentes. Los vectores y roedores, como era de esperar, abundan. “Aquí una vez se murió uno porque comió azúcar embarrada de orine de ratón, que es el animal que más hay aquí en Los Pocitos –revela Tití–. Imagínate que cuando nosotros vivíamos allá –indicando la parte baja del barrio, debajo del puente–, nos sentábamos y si yo tenía un pedazo de pan en la mano, le decía a Dalia: `dale, sube los pies que vamos a contar los ratones`. Ponía el pan en el piso y calculábamos más de sesenta, la familia entera” –y ríe, como reconociendo que exageró un poco, pero que su cuenta no está muy distante de la realidad.

Frente al sumidero viven desde hace alrededor de quince años –en iguales condiciones que el resto de los habitantes del lugar: casa de madera y cartón, piso de tierra o de cemento pulido, un par de muebles donde sentarse–, dos pastores católicos extranjeros: uno mexicano, el otro, francés. Pero a la gente de Los Pocitos les gusta más Francia que México; entonces resumen y les dicen, a ambos, los pastores franceses. En Los Pocitos no hacen labor proselitista, “digamos que somos misioneros, porque no hacemos trabajo pastoral, aquí no tenemos una iglesia. Tratamos de fomentar la amistad, los lazos fraternos, el apoyo… para que la comunidad supere sus divisiones y pueda sobrevivir. Es trabajo comunitario, no nos metemos en la cuestión religiosa, respetamos las demás religiones. Intentamos infiltrarnos, adaptarnos, no que la gente cambie sus costumbres, sino que trabajamos para hacer reconocer los valores de las personas”, explica Cid el pastor mexicano.

“Gracias a ellos –sostiene Tití–, no han destruido este barrio y no han deportado a todo el mundo, como hicieron en El Husillo, donde vivía un tío mío. Ellos dicen que no se van de aquí hasta que esta situación se resuelva. Y mira, para que veas, no solo por los pastores, porque el Estado se ve que está haciendo cosas para aliviar la situación, ya han dado veinte viviendas un poco más arriba. Al darte las llaves de la casa nueva, estás forzado a destruir la tuya aquí abajo. Y ahí velan porque no se levante más nada”. O sea, los que viven ahora son ilegales legales, pero nuevos moradores serían ilegales ilegales.

Cid está consciente de que el problema de la basura afecta al medio ambiente. “No sabemos qué es más contaminante, si quemarla o echarla al río. Hemos hecho saneamiento aquí, estamos en contra, pero mientras no haya una solución concreta no se puede hacer más”.

“Si te percatas, de ahí para adelante –y Tití señala desde donde empieza el caserío hasta más allá del puente que está sobre el Quibú–, es donde está negro el río, y limpio más para atrás. Fíjate si está limpio, que la gente se baña y todo”.

Puede que el bajo Quibú en tiempos de sequía “resuelva” los apuros albañales de Los Pocitos, y de Hindaya. Pero el Quibú se venga, tarde o temprano se venga: cuando llueve mucho el río crece y arrastra con todo. Y pueden verse los televisores y los puercos, juntos, nadando allí.

“Crece tanto –cuentan Dalia y Tití–, que la gente se tira de cabeza desde el puente; y para cruzar tiene que hacerlo con sogas desde los extremos, porque puede llevarte encantado de la vida. Los pastores tiraron fotos a su casa, que queda frente al río, y hasta casi dos metros puede subir el agua. Imagínate que hay que evacuar a la gente para la escuela primaria que queda por aquí cerca”.

Dalia

Dalia tiene veintiséis años, parece mucho mayor, y es maestra. Se graduó de técnico medio en Bibliotecología y Maestra General Integral en la Ciudad Escolar Libertad, localizada en Marianao. Dalia también vive en Marianao, pero su carné de identidad dice que es natural y residente de Manzanillo, en la provincia de Granma. Un trabalenguas que los inmigrantes orientales en La Habana conocen muy bien.

Desde los quince años Dalia vino para La Habana, y desde esa edad se puso a “luchar”. Al no poder trabajar, ni siquiera en una escuela, donde tanto bien haría, va al vertedero y recoge y vende, o deja para sí y su familia.

Con veintiséis años, Dalia, a quien se le escapa una voz de niña y una mirada triste que enternece por ojos tan negros, tiene dos hijos: Abraham, de cinco, y Ruth Esther, de tres. Su segundo marido, El Coco, mayor que ella –pero no tanto como hace creer–, un día la llevó a vivir sobre un microvertedero de Los Pocitos que pertenecía a un hombre –solo en los términos en los que pertenecer significa “este pedazo de aquí es mío, y a ver quién me lo quita”; en los términos “yo llegué primero” –. En Los Pocitos las cosas funcionan así; la legalidad es un concepto ambiguo.

“Y aquí hay que tener cuidado con la gente, porque mira, cuando estaba embarazada de la niña pasé tremendo susto porque vinieron vendiéndome un colchón de cuna, de espuma, nuevecito que estaba… Yo no lo compré porque todavía tenía el del niño, que ya dormía en una camita. Y esa fue la suerte, porque después me hicieron el cuento de que era recogido del vertedero, y que tenía un cartel grande que decía: «Infectado. No tocar». Pero lo recogieron y se lo vendieron a otra mujer que estaba embarazada, como yo. ¡De verdad que la gente no tiene compasión cuando se trata de dinero!”–condena Dalia.

El terreno  le costó mil quinientos pesos cubanos a El Coco, y sobre ese pedazo de tierra construyeron su hogar con cartones, tablas y tanques plásticos abiertos que encontraron en el Vertedero de la Calle 100, lugar que, relativamente, les queda cerca.

La casa tiene una salita y una cocina el doble de chica. Y dos cuartos laterales. El piso, de cemento pulido, lo vuelve todo más gris. Una silla y un sofá de maderas enclenques son los únicos muebles; un San Lázaro en el suelo con un vaso con flores, y algún que otro búcaro vacío, constituyen el decorado. Aunque un equipo de música, de los pequeños, pero muy moderno, muy nuevo, es lo primero que recibe al visitante desde un entrepaño.

El equipo de música no encaja con el resto. Como si ese resto no pudiera seguirle el ritmo; como si fuera a derrumbarse todo por las vibraciones de las ondas sonoras de una canción a mucho volumen, y se mantuviera al margen de lo que pudiera significar un lujo.

La silla y el sofá de madera también los hallaron en el vertedero. Los muebles y los equipos electrodomésticos que se utilizan en las casas de Los Pocitos, se sacan del vertedero: “camas, televisores, ollas, cocinas, batidoras… cuando cambiaron los refrigeradores por la Revolución Energética, los tiraban y la gente los recogía. Hasta computadoras ha ido armando la gente. Este barrio se mantiene de El Bote. Todo el mundo trabaja ahí –asegura Dalia–. Bien para vender, o bien para comer, porque hasta el sancocho de los puercos se saca del vertedero. Esto aquí es la “mismitica” novela Avenida Brasil, la del tiradero”.

– ¿Y por qué vinieron para La Habana?

– Aquello está muy malo, mi vida… –manifiesta Dalia refiriéndose al Oriente del país– Hay que venir para acá a luchar, porque todo eso que se vende aquí, allá no se puede, porque no hay negocios ni fábricas privadas como en La Habana, y te sale mejor negociar con los particulares que con el Estado, porque ellos te pagan casi el doble de lo que las Casas de Cambio te dan. Los trescientos pesos que me gano allá de maestra en una escuela, me los busco aquí en cuatro horas. En una noche puedes hacer mil pesos, porque del vertedero se vende todo. Y gracias que no tenemos mente mala y luchamos para ganarnos la vida, y no hacemos como otra gente que se va por mal camino. Nosotros le enseñamos a nuestros hijos buenos valores.

Dalia, aunque ha tenido la necesidad, nunca ha querido llevar a sus hijos a El Bote, “porque hay mujeres que no tienen quien se los cuide y no pueden hacer otra cosa que llevarlos. E imagínate, mientras ellas recogen, los niños están en el suelo, cogiendo y comiendo cosas”. Por sus hijos dejó de ir al vertedero, “porque cuando llegaba toda sucia ellos me saltaban arriba y eso podía enfermarlos. Después me tenía que raspar la piel para quitarme el olor a podrido de arriba”. La camisa, los pantalones, y las botas o tenis viejos que usan para trabajar en El Bote, no los protegen contra nada.

Ahora Dalia, El Coco y Tití, se dedican a comprar por todo el país pomos vacíos de perfume para después reenvasarlos con fragancias elaboradas a través de extractos, que un contacto trae de “afuera”. “Cogemos tremendo sol, y caminamos como locos durante doce horas al día, pero al menos ahora olemos riquísimo”.

Al vertedero no han ido nunca los niños, pero a la madre no le ha quedado más remedio que llevarlos consigo, todavía siendo muy pequeños, a vender cloro, salfumán y ambientador. Y estando embarazada, “hasta el día en que parí”, estaba en la calle vendiendo de manera ilegal la pesada carga de productos de limpieza, y huyendo de la policía.

Pero no solo de varias detenciones Dalia ha salido indemne. Una vez se pasó una semana entera comiendo solamente boniatos recogidos del vertedero. Sin sal o azúcar, sin aceite… solo pasados por agua. El Coco había subido a buscar sancocho para los puercos y se encontró todo un saco de boniatos.

– La cosa estaba tan mala que no tenía ni para comprarle una bolsa de leche al niño que estaba más chiquito, porque tú sabes que nosotros no tenemos libreta y no nos dan nada por la bodega… Bueno, por leche tenía que darle agua con azúcar o hervir una mata que le dicen mentis, y hacer que tomara eso.

– Eso debe ser lo más difícil: no tener qué darle a tus hijos de comer– le digo. Dalia me mira a los ojos con sus ojos brillantes y me siento casi cínica. Yo, con aquella grabadora que bien pudiera venderse para comprar veinte bolsas de leche.

Tití

Gilberto es el nombre de pila de Tití. Pero Gilberto no es nombre para Tití, no le pega en absoluto a su complexión física ni a sus maneras. Tití le dicen porque es homosexual; quisieron quitarle el Gilberto porque es demasiado masculino, demasiado convencional. Y Tití, que duerme sobre una almohada recogida del vertedero, prefiere el apodo.

Nació en Santiago, y aún vive en Santiago, pero se pasa en La Habana temporadas en busca de dinero. A los trece años Tití vino a la capital a vender cosas en la calle porque “no tenía ni un short que ponerme. Al principio me daba pena, pero después uno se acostumbra; como también se acostumbra la nariz a la peste de El Bote. Al principio todo es insoportable, pero a todo uno se adapta –afirma–. Estaba estudiando en un politécnico en Santiago, pero qué va, lo tuve que dejar”.

Tití se va a la misma cocina la mitad de pequeña que la sala, y se pone a preparar un té.

– ¿Quieres un té? –me invita–. Recogí este paquete de El Bote, llevo un mes tomándolo y no me ha pasado nada. Yo no había probado nunca este sabor.

Sonrío y hago un gesto de negación con la cabeza.

– ¿Has encontrado otras cosas en el vertedero que no habías comido?

– ¡Ay, hija! Todo lo exótico que se come en este barrio es de El Bote. A ver, para ponerte un ejemplo: una vez se encontraron un pavo congelado, que aquí nadie había comido nunca eso… vaya, sabíamos que era pavo porque estaba grande y se parecía a un pollo, y alguien dijo: ¡ “eso” es pavo! Estuvimos comiendo el “eso” tres días. Otro día se encontraron tres sacos de helado. ¡Uy!, ¡qué rico, por tu madre! A ver… qué más… ¡Ah!, una botella de vino blanco, pasitas, el “wake” ese que se ve en las películas….

– ¿Cereal?

– Sí, eso mismo. Una noche botaron un frigorífico lleno de carne de res, de pescado, de jabas con camarones congelados… Y cuando se encuentran latas de cerveza y de refresco eso es una fiesta aquí.

– ¿Y en este barrio se comparte todo lo que se encuentra?

– Nada más entre parientes. Nosotros somos bastantes, la verdad, y todos hemos ido al vertedero.

– ¿Sí? ¿Desde hace cuánto tiempo?

– ¡Ay, niña! ¿Quién se acuerda de eso? Imagínate que mi tía, la mamá de El Coco, lleva en eso veintidós años; y cuando ella llegó la cosa funcionaba así desde hacía siglos, con los mismos negocios. Y cada día El Bote crece un poquito más. Ahorita se puede poner allá arriba un mirador –Se burla de su propio chiste–. Y en los tres vertederos de La Habana pasa lo mismo, pero el de Campo Florido y el de la Ocho Vía no resuelven igual porque en este de 100 es donde termina la basura de la ciudad, que es la mejor.

“Eso es lo que nos duele a nosotros, porque ahí hacen decomiso de cosas nuevas, que en lugar de botar pudieran donárselas a barrios como este. Ropa, juguetes, adornos de porcelana… balsas, piscinas y pelotas inflables, que nada más por tener un pinchacito, las desechaban”.

– ¿Y pasan muchas cosas malas en el vertedero? –les pregunto a Tití y a Dalia, que están sentados juntos en el sofá de madera.

– Si empezamos a contarte, esto se va a alargar un buen rato.

– Yo tengo todo el día.

Fuente: Juventud Técnica.

Cuba potencia estudios y uso de las #tecnologías abiertas.

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Al desarrollar capacidades informáticas en el país, Cuba genera alternativas para superar la obsolescencia programada y sobreconsumo de aparatos electrónicos.

Al desarrollar capacidades informáticas en el país, Cuba genera alternativas para superar la obsolescencia programada y sobreconsumo de aparatos electrónicos.

Foto: Jorge Luis Baños/ IPS

La Habana, 9 feb.- Entre las iniciativas cubanas para promover los estudios y usos de tecnologías abiertas destaca un intercambio entre especialistas cubanos, convocados por el estatal Instituto Cubano de Investigación Cultural (ICIC) “Juan Marinello” y la Universidad Paris 8, de Francia.

El curso “La informática crítica. Informática y sus falsas promesas de modernidad”, a cargo de la investigadora Natalia Calderón, se realiza del 8 al 10 de este mes, en las sede del ICIC, como parte del acercamiento entre las instituciones.

Esta acción educativa se propone que las y los participantes consideren la informática desde un enfoque de economía política de la comunicación, planteado por el teórico francés Armand Mattelart.

Además, invita a reflexionar cómo el lenguaje pro tecnología oculta la existencia de clases sociales, por ejemplo, con términos como los “nativos digitales”, o desde la imagen del “geek”, construida racial y sexualmente desde lógicas dominantes.

Intercambio

Previo al curso, también en el ICIC, tuvo lugar un conversatorio entre especialistas y representantes de grupos y organizaciones, institucionales e independientes, que promueven el desarrollo de la tecnología libre en la isla.

Las intervenciones coincidieron en que Cuba puede aportar al movimiento de software libre desarrollado en naciones avanzadas tecnológicamente, a partir de favorecer el incremento de investigaciones, la articulación de políticas públicas para fomentar la informática nacional y la socialización del empleo de la open source tech.

El investigador Hamlet López, del mencionado centro, consideró que los estudios sobre el software libre en Cuba han permitido conocer las potencialidades, contradicciones y dificultades que atraviesa la sociedad en la actualidad.

No obstante, advirtió la necesidad de ampliar la cultural digital de los ciudadanos y ahondar en la dimensión cultural del acceso y empleo de software libre.

Al respecto, Natalia Calderón destacó que alrededor del software libre se desarrolla “un movimiento social en el cual se apoya la creación de bienes sociales comunes”.

La experta resaltó que “una nueva definición del software libre resulta urgente”, al tiempo que instó a pensarla desde Cuba, a partir de estimular una visión más abarcadora de la cultura digital.

La jurista Yarina Amoroso, presidenta de la Sociedad Cubana de Derecho Informático, recomendó entender con mayor amplitud el término usuario, al tomar en cuenta que el desarrollador construye su código fuente en espacios públicos y privados.

Estimó que “el software libre constituye fuente de libertad y de derechos civiles”.

Lamentó la ausencia en Cuba de articulaciones para discutir estos temas, en tanto exhortó a “generar espacios para conocer, discutir, tomar decisiones y crear políticas públicas alrededor del software libre”.

Insistió en proteger el código fuente, mediante el Derecho Informático, y el modelo de desarrollo de software libre, a fin de evitar la apropiación de este producto o servicio que puede convertirse en privativo.

En tal sentido, Pablo Mestre, coordinador del Grupo de Usuarios de Tecnologías Libres en Cuba, refirió la necesidad de leyes y licencias para legitimar en el país el desarrollo del software libre.

Pendiente

Mientras Pedro Urra, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, valoró que en Cuba no existe una apropiación del software libre, sino que este se encuentra importado en el contexto nacional.

A su juicio, “este fenómeno tendrá sentido cuando se incorpore a los procesos de desarrollo sostenible de la sociedad cubana”.

El constructor de Infomed, la mayor intranet cubana para el sector de la salud, reconoció que resultó una solución tecnológicamente viable el montaje de la red del Ministerio de Salud Pública, utilizando por primera vez en el país el software libre.

Sin embargo, contrapuso como ejemplo la utilización de estos programas con fines comerciales sobre todo en el sector no estatal de la economía, que ha implementado servicios de instalación y actualización de determinados programas, en particular de la tecnología celular.

Para Urra, ello demuestra “las disociaciones entre el discurso político y la práctica social” respecto a la utilización de las tecnologías libres. “Faltan investigaciones empíricas que arrojen conocimientos positivos acerca del fenómeno en Cuba”, señaló.

Asimismo, el experto afirmó que el nivel de participación aquí en la construcción de códigos abiertos es poca. “Si somos capaces de alinear y articular el movimiento de tecnologías abiertas a nuestro proyecto emancipatorio, Cuba hará aportes notables a la comunidad de software libre”, indicó.

La nación caribeña desarrolla una política de fomento de la informática nacional, encaminada a lograr su independencia frente a multinacionales dominantes en este sector. Con el propósito de incentivar el conocimiento y usos de software libre, se han ejecutado iniciativas estatales como la creación de la Universidad de Ciencias Informáticas.

Asimismo, se aplican sistemas operativos de producción nacional como Nova, que permite seguir usando computadoras viejas, y Novadroid, para tabletas y teléfonos.

Sin embargo, el país figura entre los de más baja conexión a Internet en el mundo. (2016)

Fuente: IPS Cuba.