Sin Respuesta

Otra demanda a #ETECSA…. no escampa! (+Carta)

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Asunto: Hola ETECSA, conversemos sobre Nauta

 
Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

To: atencion.usuarios@etecsa.cu

CC: cachivachemedia@gmail.com

From: Rachel D. Rojas

Por esta ocasión, aunque tengo muchas otras quejas (y confieso que alguna vez he incitado a una demanda colectiva en su contra), solo quiero conversar sobre uno de sus más pequeños hijos. Y no, no son los puntos públicos de wifi, ETECSA, porque no vengo a hablar de antropología. Le escriboprecisamente por esa misma vía sobre el acceso a su servicio del correo Nauta desde celulares. Como usuaria…

Unable to connect.

Ok, volvamos a empezar, calmada. Mejor, así me ahorro la parte de la demanda, que el diablo son las cosas.

Mire, ETECSA, ya sé que me pidió asegurarme de estar conectada a la red. Claro que encendí los datos móviles en el teléfono, no me subestime. De hecho, cada vez que miro las flechitas iluminadas asumo que mi saldo se está intentando conectar con un servidor que le cobra la propina antes de ofrecer servicio alguno, no importa si el mensaje se envía o se recibe.

Y debo decir, ETECSA, que no veo por ninguna parte el consejo contrario, el de apagar esos mismos datos que recomienda encender. Conozco a quien ha perdido más de 10 CUC en un día por olvidarlo, mayormente en dispositivos diseñados para mantenerse enviando y recibiendo “paquetes” de información todo el tiempo. En mi caso, todo hay que decirlo, no ha llegado a ese extremo. Pero no hablo solo por mí…

Ah, ya, la red no está funcionando. Qué pena, justo en el momento en que iba a decirle que muchas de las aplicaciones para sistema operativo Android están configuradas para actualizarse automáticamente una vez puedan acceder a alguna red.

En el caso de Nauta, que solo ofrece servicio de correo mediante datos, estas aplicaciones “ven” la red, y le están diciendo todo el tiempo “compañero servidor, búscame esta actualización ahí”. Iba a comentarle, aunque seguro lo sabe, que justo ese “psss, servidor, atiende pa’ acá” y su consecutivo “yo no entender que tú decir, aplicación ingenua”, nos cuesta dinero a los usuarios.

Técnicamente hay paquetes de datos de un lado para otro, solo que se trata de una serie de “permisos” y “negaciones” que a nosotros no nos resuelven nada. También configuré, por cierto, el modo de decirle a las aplicaciones que, por favor, no se conecten hasta que yo les diga. Pero algunas de ellas se hacen las suecas, aunque seguramente son gringas. Debe ser por eso.

Igual, no debiera ser tan dura con ETECSA y su servicio. En definitiva, este solo lleva dos años funcionando y el pasado abril contaba con más de 1,3 millones de usuarios. Además, debo reconocer que me alegró mucho la idea de poder enviar y recibir correos, vital para mi trabajo, desde cualquier lugar y en cualquier momento. ¡Podría trabajar a mi ritmo! Podría decirle a cualquier amigo conectado que mande información sobre cualquier tema en el cuerpo de correo y como texto. Podría… ¡podría hacer tantas cosas! Dadme un correo y moveré el mundo, aun cuando desde nauta solamente pueda enviar un mismo mensaje a 20 destinatarios.

Todo comenzó cuando a finales de mayo de 2013 ETECSA, a través de la jefa de su Dirección Central Comercial y Mercadotecnia, Tania Velázquez,anunció en conferencia de prensa la ampliación de los servicios de Internet en Cuba, los cuales se comercializaron bajo la marca Nauta y ofrecieron diferentes modalidades, entre ellas el correo nauta.cu. Por aquel entonces, solo se podía acceder al correo desde aquellas primeras 118 salas de navegación, que por demás tenían bastantes restricciones. Recuerdo que una vez me senté en una computadora en la que no se podía copiar ni pegar.

Luego, en marzo de 2014, la empresa anunció la posibilidad de acceder a los correos nauta.cu desde cualquier móvil que tuviera como requisito permitir la transmisión de datos y alguna aplicación de correo electrónico.

Pero me voy distrayendo.

Mire, le comentaba sobre el correo. Desde el comienzo, como usted conoce, hubo fallos técnicos que la condujeron a la primera de las suspensiones temporales. Eran los tiempos en que los futuros clientes hacían cola por horas en las oficinas de la empresa para activar (y pagar) la cuenta, sin si quiera estar seguros de que su teléfono era compatible. Los que poseen dispositivos BlackBerry, por ejemplo, nunca pudieron acceder a esta red. Yo no tuve de esos, pero sí quería un mejor teléfono, ETECSA, y los que usted comercializa son muy caros y de poca calidad, por eso le pedí a un amigo en Estados Unidos que me comprara uno (que para mi fortuna funcionó).

¿Recuerda esos días en que algunos “usuarios avanzados” cobraban entre dos y seis CUC por la configuración de los celulares en las puertas de sus oficinas? Es el segundo paso necesario después de la activación de la cuenta, y perdone que le insista en el proceso, ya sé que debe haber sido difícil que sus propios trabajadores no supieran cómo hacerlo. Claro, entiendo que todo era nuevo y que no se habían preparado con tiempo para la gran demanda que les cayó encima. Cosa buena esta, por cierto, porque usted debe haber comenzado a ingresar mucho más efectivo y eso le permitiría mejorar su infraestructura tecnológica, a pesar del bloqueo.

Ups, esto se bloqueó de nuevo. Qué casualidad. Y eso que estaba a punto de explicar que conozco bien los esfuerzos de la empresa, de cómo trabaja incansablemente para mejorar la infraestructura de la red, de los servidores, etc. Sí, porque este es un tema muy serio.

Pensaba ponerle que así y todo, en siete días de funcionamiento se registraron 1. 900 clientes, lo cual propició que la empresa aumentara a 65 las unidades comerciales en las que los usuarios podían activar ese servicio. Estábamos avanzando, ¿no?

Tengo que recordar nunca más hacer uso de esa preguntica al final de una afirmación. A ver, sí, guardar en borradores… Sigo.

Meses después, circuló un documento desde su sitio web que explicaba cómo hacer la configuración según los modelos y marcas de algunos teléfonos. Lo malo es que no todos tienen internet para acceder a él, pero no se preocupe, que cumplí con el deber de copiarlo a todo el que lo necesitó a mi alrededor.

El problema, ETECSA, es que al menos al principio, para muchos de nosotros aquello parecía estar escrito en chino. En lo personal (búrlense, ingenieros, no me importa), aprendí a fuerza de golpetazos que el “Simple Mail Transfer Protocol” POP3 (Protocolo de Oficina de Correo o “Protocolo de Oficina Postal”) más primitivo, unidireccional es mejor con el nauta en Cuba que el IMAP (Internet Message Access Protocol), porque este es más dinámico y está sincronizando información todo el tiempo. Y eso gasta dinero, mucho dinero, ETECSA. Sé que hará el esfuerzo para que esto se resuelva.

También comprendí, déjeme contarle, que los servicios en internet que un niño de cinco años podría configurar, los intuitivos, los de excéntricos índices de usabilidad, los de “una cuenta en cinco clicks” o “a prueba de bobos” tienen un precio sobre la privacidad de las comunicaciones. Pero le confieso que no me importa en lo absoluto siempre que no tenga que aprender sánscrito para enviar y recibir correos sin que expire injustamente mi saldo.

Pensándolo mejor, este último párrafo a ETECSA no debe interesarle mucho. Al contrario, no quiero que piense que la estoy comparando con Google ni otro servicio parecido, en caso de que encuentren algo parecido.

No lo digo por nada malo, sino porque son muchas las especificaciones que una debe seguir para usar el correo nauta. A veces aturden: que si el saldo consumido no es el de la cuenta, es el de la línea telefónica, que si los correos no deben pesar más que 100 Kb o tener adjuntos, porque si no es mejor ir a una sala de navegación (¿cómo me voy a poner a “pesar” cada correo que recibo o mando? ¿Alguien tiene idea de cómo hago eso?), que si los horarios para conectarse mejor, que si no debo usar colores, subrayar o marcar en negritas, que si hay fallas en el servicio y no me entero…

¡Las fallas! Este es otro tema.

En un foro online realizado en junio de 2014, su ya mencionada Directora Central de Comercial y Mercadotecnia, Tania Velázquez, respondió a una forista que si la cuenta nauta bloquea los teléfonos y es tan lenta, se “deberá revisar el equipo con el que cuenta para conectarse, ya que no es una queja generalizada. La rapidez del acceso se debe a las condiciones de la red móvil en el momento de la conexión”.

He revisado mi equipo 100 veces, de verdad, pero si hay alguna falla en la red, que no sea culpa de mi dispositivo ni de alguna mala configuración de mi cuenta, debería enterarme rápido, para no gastar (más) dinero en vano. Perdone que me ponga reiterativa con el dinero, sé que hay cosas más importantes. Y lo siento, pero no estoy segura de que no sea una queja generalizada. No piense que desconfío, seguro que los canales de comunicación han estado fallando también.

A propósito, déjeme felicitar a la empresa por la valentía de responder preguntas en internet, en tiempo real, desde alguna redacción periodística. Y no estoy siendo sarcástica; ojalá otras hicieran lo mismo, quizás mediante alguna estrategia offline, para que podamos participar más. También fue muy generoso de su parte cuando me compensó por las pérdidas ocasionadas en noviembre pasado…

Pero es que el servicio, de hecho, siguió fallando. Ese mismo mes, la función de la empresa fue analizada en el parlamento cubano y… bueno, nada nuevo salió a relucir en los reportes. Y a comienzos de este año se reestablecieron las fallas, aunque ETECSA se mantuvo trabajando… Para ser justa, esa aventura solo duró un día. Claro, ya que estamos en esto de la justicia, debo mencionar que ese día también fue el cumpleaños de una amiga que vive en otro país y no pude escribirle. Tremenda puntería la de… mi amiga.

No sería mala idea ofrecerle un pequeño timeline de las últimas fallas:

Primero fue noviembre de 2015; luego enero de este año (al otro díaquedaron resueltas); en enero también respondieron por las fallas de noviembre del pasado año; en marzo anunciaron otra interrupción del servicio; para abril fortalecieron la plataforma, pero en julio estuvo nuevamente cerrada por mantenimiento. Aunque esto suena un poco pedante, y no quiero que ETECSA se lleve esa impresión. Además, casi termina el mes y no ha habido ningún otro fallo. Lo que sí debo salir de este apartamento al final de un pasillo interior si quiero que mi teléfono se conecte a la red de una buena vez.

Le informo de las pérdidas de saldo porque usted lo pone como un derecho en el contrato que firmamos. Ahí también dice que usted debe responder en un término de 30 días cualquier reclamación. Y no es que le esté reclamando nada. Abogo por el diálogo respetuoso entre usted y sus clientes, que únicamente contamos con sus servicios para comunicarnos. Solo que, en mi humilde opinión, en ese documento deberían incluirse otras cláusulas.

Fraternalmente suya.

Qué gracioso, dice que mi mensaje no pudo ser enviado. Ya, ni me digan, sé que sienten las molestias ocasionadas.

Fuente: Cachivache.

PROHIBIR: Malas costumbres de funcionarios estatales en #Cuba

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La manía de prohibir que tenemos los cubanos sin saberse las leyes o las normas, es un mal a erradicar urgente, pero tiene un camino largo, bien largo.

Julio C. M. editor del blog.

Públicamente privado

fotografiar

“¿Qué van a hacer ustedes?”, fue la pregunta al presentar nuestra credencial de prensa e intentar acceder al Cementerio de Reina, en Cienfuegos, para tomar unas fotografías. “Deben venir con una carta de Comunales; aquí nos prohibieron que las personas del Periódico, televisión y todo tiraran fotos”. Evidentemente, la regulación solo limitaba a nuestro gremio, pues ya dentro, y cámara en mano, una pareja de turistas lograba instantáneas del lugar. “Sí, porque sus fotos no son para hacer propaganda, nos explican en la entrada. Lo de ustedes es periodismo y en la empresa de nosotros eso lo ‘articulan’ como chisme, brete…”. Divertidas, más que ofendidas, asumimos el absurdo: ¿y si no nos hubiésemos presentado?

Una experiencia similar, un tanto más extrema, vivió hace unas semanas el colega Boris García Cuartero, de Perlavisión, cuando intentaba reportar desde la Feria agropecuaria en la Calzada. “Llegamos a grabar el desorden en la cola del quiosco de Cartoqui. Mi propósito era hablar de la falta de civismo, además de nuestro desordenado y desabastecido mercado interno (…) y llegó un miembro de la Brigada Especial diciéndome que le entregara el carné del camarógrafo y el mío y lo acompañara al carro de la patrulla. Yo no tenía por qué grabar eso, me dijo, y tampoco podía publicar las imágenes; él así lo consideraba. Mi respuesta siempre fue que él carecía de autoridad para decidir qué podía o no grabar. Por suerte, me reconoció otro policía, de lo contrario me hubieran detenido. El lunes me llamaron del MININT para ofrecerme disculpas”.

Y si un periodista, con un respaldo institucional y la reconocida función de informar, denunciar o exponer, encuentra en su ejercicio tamañas arbitrariedades, ¿qué defensa le queda al ciudadano común cuando, en espacios públicos o de uso colectivo, enfrenta situaciones como estas?

“Quedé sorprendido hace unos días en el Bazar Guanaroca (perteneciente a la cadena TRD) cuando una empleada casi me fue arriba, pues ‘no podía hacer fotos dentro de la tienda’, relataba en una carta al Periódico un lector. Yo retrataba unos adornos para que mi suegra, en cama, escogiera el de su preferencia y adquirirlo. Le pregunté a la empleada dónde decía eso, lo de no poder fotografiar y por qué. ‘No se puede’, insistió ella y gritando a voz de cuello, con gesto desafiante, llamó a la gerente. Esta, muy correctamente, repitió el ‘está prohibido’ y entonces la llevé al cartel con los derechos y deberes de los consumidores, demostrándole que allí no decía nada al respecto. ‘Es una orientación interna porque algunos extranjeros filmaban para publicarlo en Internet y desprestigiar al país’, concluyó. ¿Será secreto militar lo de esa unidad? ¿Estaría yo filtrando al ‘enemigo’ los productos de las TRD?”.

Prohibiciones como la anterior se repiten en los establecimientos de Cimex y Caracol, espacios de obligada visita para los usuarios en la búsqueda de los artículos indispensables en su cotidianidad. Las respuestas coinciden: no se puede y, en el mejor de los casos, precisa el burocrático trámite de los permisos.

Ahora, en cada uno de los ejemplos antes mencionados ¿no es de dominio público todo lo referente a precios, imágenes e información sobre el objeto a fotografiar?

Defensa, sí, ¿permitida?

Para empezar, en ninguno de los casos antes referidos aparece una indicación gráfica anunciando tales restricciones; como sí las tienen las instituciones bancarias, por ejemplo. En la actualidad, cuando el obturador de un teléfono celular es prácticamente imperceptible, violar “lo establecido” constituye casi un juego de niños. Prohibidas o no, las imágenes publicadas en las redes sociales sobre los más disímiles espacios hablan, en bien y en mal, de nuestro país.

Sin embargo, algunos pujan por mantener su feudo. Según Benito Rangel Beltrán, director municipal de Servicios Comunales, la normativa con el Cementerio de Reina era una indicación de “arriba” aunque, al avanzar el diálogo, terminó reconociendo lo contrario: fue su decisión personal. Tiene un carácter general, no atañe exclusivamente a los periodistas, dijo, si bien en la práctica solo nosotros estamos obligados a cumplirla.

A su criterio, “la prensa hoy en día para construir no está, está para destruir”, y ellos “no prohíben ni esconden nada, solo necesitan conocer los intereses detrás de la fotografía”, aclaró. En cambio, nadie conoce ni pregunta los “intereses detrás de la fotografía” de los visitantes extranjeros o cualquier personal no periodístico de visita en el lugar. ¿Quién asegura que sus instantáneas no se utilicen como propaganda? Por cierto, ahora hablamos de un cementerio; pero bajo la administración de Comunales están también los parques, prados, calles, avenidas… ¿También en ellos requerirán autorizaciones las fotografías si otro funcionario así lo decidiera?

A la espera de las respuestas de TRD y Caracol, a cuyas divisiones provinciales enviamos cartas solicitando explicaciones desde el martes 13 del presente mes y aún no recibimos noticias, apelamos a la réplica de Cimex. Jorge Luis Álvarez Álvarez, al frente de dicha sucursal en Cienfuegos, expone el punto de vista institucional.

En el caso de dichas Tiendas Recaudadoras de Divisa, la prohibición la sustentan instrucciones ministeriales. De acuerdo con Álvarez Álvarez, “tenemos regulaciones internas que, independientemente de tratarse de espacios públicos, incluye este particular sobre la toma de fotografías y filmaciones de videos al azar, pues en un momento determinado pueden debilitar la seguridad o el control interno”.

Ante la gravedad de las razones por él enunciadas, encuestamos sobre cómo afectaría una foto la seguridad y el control interno. “Puede aparecer algún nivel de brecha o vulnerabilidad que en algún momento determinado alguien pueda utilizar o se pueda modelar, esa es la palabra científica y por ahí ocurrir algún hecho extraordinario o alguna indisciplina. Para los clientes quizá sea un poco molesto; pero les queda la opción de coordinar con la dirección de la entidad, al menos te da la posibilidad de hacerlo”. Similar acontece con las cafeterías, espacios más abiertos y varias de ellas con servicio de WiFi.

Más allá de cuanto dificultan tales regulaciones a la gestión comercial y atentan contra la satisfacción del cliente, aparece otro sin sentido: si la intención es no divulgar fuera de Cuba cuestiones en apariencia privada o íntima, ¿cómo se justifican las tiendas en Internet de Cimex y TRD donde publican fotografías, precios e información de los artículos en venta?

Ni coherentes ni convincentes son los argumentos que sostienen hoy dichas restricciones, en cualquiera de las esferas mencionadas. Quizá al decretarse respondían a un contexto; pero si los detalles están a la vista de todos, y literalmente hasta se pueden tocar, ¿qué diferencia hace una fotografía? ¿Dónde está el secreto a proteger?

En cuanto al tratamiento con la prensa, los obstáculos resultan más desconcertantes, máxime al violar derechos establecidos por el Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de Cuba: “garantizar el rápido acceso de los periodistas a las fuentes de información, con las únicas limitantes de lo establecido por la ley del control del secreto estatal y las orientaciones específicas de la dirección superior del Partido”.

Si mañana alguien demuestra que los productos de una tienda, feria o las esculturas de un cementerio atentan de forma directa contra la seguridad del país, ofreceremos disculpas. Hasta entonces, todo parece tratarse de un mal intento de restringir lo que, por derecho y lógica, es público.

Contradictoriamente, datos económicos de carácter interno aparecen a la vista del público. Foto: 5 de septiembre.

Contradictoriamente, datos económicos de carácter interno aparecen a la vista del público. Foto: 5 de Septiembre.

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¿Por qué prohibir las fotos dentro de las tiendas, si en Internet aparece la información detallada de cada artículo?

Fuente: Cubadebate.

Perdidos en la diana

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Ilustración de Carralero

 Apenas se tiene un pie dentro de la Universidad, la incertidumbre sobre el futuro laboral persiste casi hasta la fecha misma de graduación. Lo digo por experiencia propia. A mí llegaron a dibujarme la posibilidad (real) de trabajar como maestro en algún centro educativo, incluso fuera de la enseñanza superior. «Será donde el país los necesite», nos decían de forma lapidaria.

Con tales relámpagos, imaginen el desconcierto. El destino de quienes apostamos por estudiar Periodismo no lo determinaban las decisiones ni el desempeño docente del alumno. Las aspiraciones personales carecían de valor ante la estrechez arbitraria de las opciones.

Por suerte, mi generación no acabó tan mal. El éxodo de profesionales de los medios de comunicación dejó espacio para todos, aunque algunos fueron ubicados a kilómetros de distancia de su casa, desprovistos de transporte para el viaje diario de un municipio a otro. Sí, en estos términos operó la garantía de empleo.

Todavía recuerdo aquella comiquísima reunión de quinto año, después de los «machetazos» por concretar los lugares del escalafón. De pronto, apareció ante nosotros el principio de «territorialidad», que le impedía al mejor estudiante del grupo optar por su sueño dorado, y lo obligaba a conformarse con una plaza en la pequeña emisora de su pueblo. No les cuento todos los detalles, pero a punto estuvo el muchacho de devolverle los relámpagos a la decana.

Historias similares perturban la esperanza de los graduados universitarios a lo largo del archipiélago, al chocar con la verdadera circunstancia de su perfil laboral, muchas veces distante de los conocimientos adquiridos durante la carrera, y de la vocación adolescente que los llevó a elegirla.

Lo peor es que tales desafueros tienen un amparo legal en el Código de Trabajo, sometido a debate en las agrupaciones sindicales, sin tomar siquiera como referente los criterios del sector estudiantil (específicamente de las enseñanzas técnica y superior), inmediata fuerza productiva en cuya formación se invierten millones de pesos.

El artículo 89 de su Reglamento precisa que la ubicación laboral debe corresponderse, primero, con las necesidades de la producción y los servicios, y segundo, con los estudios cursados, siempre que no resulte «imprescindible» situar al recién egresado en un cargo distinto a su especialidad, acorde o no con las particularidades de su profesión. Ya lo afirma un viejo dicho: «en la ley está la trampa».

Bajo esta norma, la mayoría de las ofertas de trabajo lucen poco llamativas frente a las lógicas ambiciones de un joven que inicia su vida proletaria, para colmo consciente de que el salario a cobrar no le alcanzará para comprar la ropa de moda, mantener el celular o darle un gustico a su pareja. Si acaso, aportar algo a la economía familiar.

Conozco varios casos que deberían suscitar una discusión seria sobre la política de empleo existente: agrónomos dedicados a la

compra-venta de CD, cibernéticos en el negocio de las bisuterías, filólogos en la cría de cerdos, arquitectos en función de fotógrafos, ingenieros automáticos en la reparación de celulares, licenciados en Lengua Inglesa en el comercio de artesanías…

Honestamente, tampoco creo que constituya un propósito del Estado cubano desvirtuar el gasto en la educación universitaria, sobre todo cuando tanto se habla de fortalecer la empresa socialista. Sin embargo, en la base de la pirámide las disposiciones no andan por buen camino.

Al margen de las condiciones objetivas (la escasa remuneración), al adiestrado le toca padecer el mal del último que llega, o sea: trabajar en las tareas menos atractivas de cualquier entidad, situación que afronta en rol de cordero para no ver perjudicada su evaluación.

Otro elemento cuestionable es el proceso de demanda, supuestamente elaborado a partir de la necesidad de fuerza calificada, según las exigencias del desarrollo socioeconómico. Lo regula la Resolución 8 de 2013, del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, mecanismo que en ocasiones se trastoca, pues las políticas del país van por un rumbo, y las «necesidades» por otro.

El descontento o la frustración resulta el pago final a un grupo nada despreciable de graduados universitarios. Podrán decir que miles de jóvenes trabajan en el sector estatal, y otros tantos en las nuevas formas de gestión. Pero en la frialdad de esos números jamás hallaremos el desajuste de la diana en el entorno laboral cubano.

Mientras se acoteja (si lo hace), habrá quienes resistan o esperen el cambio, y habrá quienes continúen apostando por encontrar la felicidad en un empleo para el que nunca estudiaron.

Fuente: Revista Alma Mater.

De nuevo el periodismo ¿La última carta de la baraja?

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Lo confieso. Soy una lectora fiel de Cartas desde Cuba. Lo leo para enterarme de lo que se mueve en Cuba, de lo que pasa en el mundo y nos puede afectar. A veces, para buscar una segunda voz, otro prisma de un asunto que siempre me resulta interesante, aunque no lo comparta.
Lo leo porque es balanceado, y además de los materiales de Fernando Ravsberg, se hacen excelentes selecciones de la prensa oficial de Cuba y de los blogs, de modo que de muchas maneras me hace más fácil el hecho de estar o por lo menos sentirme informada. Y como yo, muchísimos otros.
Ahora mismo hay olas contra ese blog, no sé si campaña o personas unidas por algún tipo de concatenación universal -para no ser tan paranoica-, pero en la práctica la gente, los cubanos de adentro con conectividad y de afuera, incluidos muchos periodistas, lo leen y lo siguen, y se dan por enterados en esa página de temas que deberían haber sido publicadas en los medios oficiales, y hablo ahora de Fernando, pero lo anterior se vale para Oncuba, Progreso Semanal, El Toque…., sino miren y verán.
En Cartas desde Cuba he leído el alcance de la vacuna cubana contra el cáncer de pulmón y lo de los indios importados como obreros en una obra de la construcción en la Isla. He encontrado lo bueno, lo malo y lo regular.
Ahora se le demoniza como si tuviéramos tiempo suficiente como para perderlo criticando el periodismo que hacen otros, cuando sería mucho más productivo -para adeptos y opositores- trabajar para hacer nosotros uno mejor, mejor que el que hacemos y mejor que el de Fernando, si es que la idea es “darle en la cabeza”.
La prensa cubana, la prensa oficial cubana, no está en desventaja con los medios digitales, o por lo menos no es una desventaja en principio.Ellos no son los reyes todopoderosos y nosotros los pobres vasallos a sus expensas. Estamos, en todo caso, al mismo nivel, con las mismas armas, si no es que las nuestras son mejores.
Los medios oficiales tienen periodistas trabajando exclusivamente o casi exclusivamente para ellos, y tienen los canales para que sus contenidos tengan un largo y fácil alcance. Los medios alternativos solo pueden ser vistos en internet, quizás en el paquete semanal, o sea que su alcance, al menos dentro de Cuba, es mínimo.
La existencia de unos no implica el descrédito obligado de los otros. El buen periodismo de unos, no implica el mal periodismo en los otros, y que conste que para mí el buen periodismo no es necesariamente el que se hace en los medios alternativos, como tampoco el malo se hace exclusivamente en los oficiales.
Pero digamos que, a pesar de todo, nos sintamos irremediablemente en guerra. Entonces, es lícito defenderse, esquivar, atacar…, pero con ética, con medida, con sentido de lo necesario y lo justo.
Yo, por ejemplo, no estuve de acuerdo con la expulsión del colega de Holguín, primero por simple solidaridad con alguien que comparte mi profesión, y segundo porque noté muchas cosas fuera de lugar, mucho de escarmiento…, pero incluso si la hubiera apoyado, no podría compartir, por ejemplo, lo que publicó en su perfil en facebook -un perfil que, acorde a su cargo, se considera institucional-la vicepresidenta primera de la UPEC, cuando acusó a Pantoja de querer buscarse un puesto en la prensa de Miami y, por si no fuera poco, insinuó que se debería expulsar a Ravsberg del país.
Nunca es buena la fórmula que para elevarnos requiere de hundir al otro. Si tenemos algo que decir, digámoslo y hagámoslo bien. Tenemos los medios, tenemos las fuentes, tenemos el tiempo, las computadoras, la internet que no es solo para colgar fotos de los nietos o replicar lo que escribe otro.
Yo creo en la libertad. Creo, por ejemplo, en la libertad de Cuba de querer ser libre, aunque sea a la sombra de la potencia militar y económica más grande del mundo, y que la ansía desde hace décadas.
Creo en la libertad del periodista o del cubano que vive en Cuba de creer y decir que vive en un país en el, a pesar de las carencias, hay educación gratuita, y salud gratuita, y que tiene muchas otras cosas buenas, y crece o eso intenta…, como también creo en la libertad de quien ve una Cuba diferente o con otros matices.
Y por tanto, me abstengo de buscar fantasmas y potencias malévolas detrás de cada palabra, aunque cada vez son menos los que tienen esa deferencia con los demás. Lo he vivido en carne propia: Si digo que creo en el socialismo, los de la esquina azul me dicen que soy una perra comunista obediente que escribe solo lo que le mandan. Si me atrevo a criticar demasiado, los de la esquina roja empiezan a cuestionar mis afectos. Masoquista que soy, al seguir insistiendo. Masoquistas que somos muchos, por suerte.
Dicho todo lo anterior, lo repito. Soy y seguiré siendo una lectora fiel de Cartas desde Cuba, creo en su derecho a ser, aunque le cambien el membrete.
PD. No quiero un puesto de nada en ninguna parte.

ETECSA: Una banda de lobos #Cuba

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Para rematar los 20 años de internet en Cuba hoy me leo este muy buen articulo donde una vez más se manifiesta el comportamiento de la empresa MONOPOLIO de Cuba (ETECSA), dejando de cumplir su parte LEGAL en los contratos con cada cliente y eludiendo de responsabilidades. Es triste ver como una empresa socialista pierde su carácter porque es la único en su tipo en el país.
Como decía Pedro Urra ayer en el marco de la Sesión Abierta en la ACNU dedicada a los 20 años de nuestra conexión a Internet, en una de las charlas (que no me canso de escucharlo) hacia alusión a un filosofo donde manifestaba que cada hombre tiene su lobo por dentro y que estos como empresa de comunicación no dejan de serlo pero olvidan lo esencial: el ciudadano. “Todas las empresas de telecomunicación se manifiestan de igual manera” P.U.
Yo me quedo con lo ultimo porque es lo único que percibo de ellos (ETECSA), “son una banda de lobos”.
Julio C.M. editor de Kokacuba
Les dejo con algunas reflexiones del entrevistado antes de leerse el interesante articulo de Progreso Semanal.
“No hay que ‘acabar con los estafadores’: ellos surgen porque no se cubren las necesidades”, sentencia Camilo. A su juicio, la solución implica necesariamente firmar un Certificado de Seguridad correcto. Y se atreve a soñar: “Quizás parece un poco surrealista, pero #Cuba no lo pensó dos veces para implementar un montón de cosas gratuitas ¿Por qué la #wifi no puede ser una de ellas?”.
 Mario (el cazador cazado) comparte una opinión parecida: “Para mí la única salida está en bajar el precio de la conexión. En definitiva, Internet no es un lujo; es para aprender, comunicarse, resolver problemas… Es para mejorar la calidad de vida de la gente”.

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Hackers cubanos recorren la wifi

Hackers cubanos recorren la wifi

LA HABANA. El rumor –ese noticiero extraoficial- esta vez tiene razón: las cuentas Nauta de Internet están siendo atacadas en los puntos de acceso wifi. Para los usuarios es difícil percibirlo, y para los “piratas” resulta fácil robar tiempo de conexión. Muy fácil.

Una forma común de ataque radica en generar una señal falsa, que puede llamarse igual o parecido a la red de Etecsa. “El phishing consiste en simular algo con el objetivo de obtener información –explica Andy Velázquez (*), cibernético-.  Por ejemplo: cuando alguien se conecta al Nauta, tiene que pasar por una página de registro, en la cual pone su nombre de usuario y contraseña. Lo que la persona ve es puro diseño. Quiere decir que, con un poco de conocimiento de diseño web, se puede montar una página idéntica a la de Nauta, y engañar al usuario común”.

gráfico 1

Así, el malhechor conserva los datos de registro del cliente. Ante el fallo, este pensaría que el servicio está saturado, como suele ocurrir. La próxima ocasión que esa persona se conecte pueden suceder dos cosas: el temporizador muestra un número menor que el dejado por la persona la vez anterior; o el sistema responde que hay otro usuario conectado –con la misma identidad-, por lo tanto no se puede acceder.

En la segunda variante, si el usuario no se fijó cuánto tiempo le quedaba, apenas se da por enterado, hasta que simplemente no tiene saldo. “Tan sencillo como abrir una computadora en medio de un parque”, reafirma el informático Camilo Díaz (*).

Otra posibilidad, algo más elaborada, es el llamado Man in the middle, cuando el atacante se coloca como intermediario entre el portal de entrada y el usuario. En este caso también ocurre una suplantación de identidad: el “hacker” dice ser ETECSA y todo el tráfico del cliente pasa a través de él.

“De hecho, puedes llegar a navegar –describe Camilo-, porque tú me estás dando tu nombre de usuario y contraseña, y yo me voy a conectar con eso; y cuando lo haga voy a proporcionarte servicio a ti. Entonces te permito unos minutos de navegación, para que no sospeches, después te desconecto, y a ti te parece que hay dificultades en la red; lo normal. O puedo quedarme conectado, termino lo que necesito, y si pasa algo malo es culpa tuya, porque se conectaron desde esa dirección IP”.

gráfico 2Ante tal situación los usuarios permanecen vulnerables en extremo; apenas existen maneras individuales de protegerse contra un ataque. De todos modos, Andy recomienda evaluar siempre el saldo, antes y después de cada conexión, y si hubiera problemas, reportarlo a ETECSA, y cambiar el  nombre de usuario y contraseña.

Mario Carreras (*) no sabe cuándo ni dónde usurparon su identidad, solo que cuando volvía a navegar, tenía menos tiempo del que dejaba. Como quien llega a casa y nota que le falta algo. “No puede ser que se pierdan cinco horas”, anota. Sin embargo tampoco ha ido a reclamar a ninguna oficina de ETECSA. “Cuando me conecto gasto todo el saldo, así ya no pueden utilizar mi cuenta”.

En este ambiente donde unos devienen presas y otros cazadores, Mario ha sido las dos cosas. Sí, él también le ha quitado Internet al prójimo, y aunque reconoce esa contradicción “difícil de explicar”, no le remuerde demasiado la conciencia. “Yo estoy cogiendo la conexión de alguien, pero quizás esa persona se la puede estar robando a otro. Porque al final, lo que a mí me estafaron, ¿quién me lo repone?”.

Navegar… a la deriva

A nivel mundial resultan frecuentes los Brute Force attacks: un programa empieza a probar combinaciones de usuarios y contraseñas, hasta que logre entrar. “En realidad, a veces el hackeo a un cliente no es culpa del proveedor de servicio –señala Andy-. Si tú te llamas Fefa, y el password es 1234, un ataque de fuerza bruta tomaría poco en acceder a tu cuenta”. Aun así, la Empresa de Telecomunicaciones no debería cruzarse de brazos.

“¿Te has leído el contrato de Nauta?”, pregunta Camilo. La verdad, no. Pero, ¿quién lo lee? El documento tiene una letra diminuta, se obtiene después de esperar en una cola, y la ejecutiva de ventas observa (des)esperando por que uno acabe de firmar. Además, si la persona estuviera en desacuerdo, tampoco tiene otras opciones: firma o no firma; lo toma o lo deja.

Bueno, pues precisamente el contrato de cuenta Nauta establece entre las Obligaciones del usuario: “Informar a ETECSA de cualquier sospecha de acceso fraudulento al servicio mediante el uso de sus códigos personales y contraseñas. El costo por el tiempo utilizado de esta forma, será asumido por el usuario.”

Y más adelante: “ETECSA queda exonerada de responsabilidad civil por las limitaciones de acceso a los contenidos (…), así como por pérdida de datos por el actuar de terceros”. En suma, para estos ladrones no hay policía. “El texto es muy ambiguo –señala Camilo-, pero básicamente exime a ETECSA de toda responsabilidad, y te la transfiere a ti”.

En días recientes, la empresa desarrolla una campaña de Protección al Consumidor, que incluye su sitio web y sus cuentas de redes sociales. El correo atencion.usuarios@etecsa.cu está disponible para quejas, reclamos e información (el contrato también lo dice). Sin embargo, al escribirle como usuario averiguando por este fenómeno, ETECSA no responde. En Twitter tampoco.

tweets Etecsa_recorteSi preguntamos lo mismo en el 118, número de Información Comercial yProtección al Consumidor, atiende Daniela: “¿En la wifi? ¿Están robando las contraseñas?… No tenemos ninguna información de eso”. Volvemos a intentar y Deysi asegura: “No tenemos ninguna información de que eso esté pasando”.

Una vez más, y Anabel repite: “Nosotros como empresa no contamos con información alguna”. Insisto un poco, y la voz de mujer comienza a impacientarse: “A ver, señorita, usted sabe que en todo hay quien se dedica estafar”, y agrega que si me conecto “normal” con mi teléfono no pasa nada; la cuenta “se queda enganchada” cuando alguien se conecta a través de otra gente, y a lo mejor por ahí les estafan. “Pero la  señal de ETECSA no tiene problema ninguno”, remata, convencida de sus palabras.

No obstante, la empresa conoce lo que ocurre. En el programa Mesa Redonda del 30 de marzo, el ingeniero Eliécer Samada, alertaba sobre “personas inescrupulosas que están robando las credenciales de algunos usuarios”, y luego agotan la cuenta o la revenden. “Ese cliente, cuando logra darse cuenta de lo que pasó, no sabe a quién reclamarle, y el sistema no detecta ese proceder porque no hay anomalía en el acceso”.

El cliente –medio diezmado en su “tiene siempre la razón”- sí sabe a quién reclamar. En la unidad comercial del Edificio Focsa (en el Vedado), un custodio afirma que cada día muchas personas llegan con el mismo problema, y el procedimiento radica en modificar su nombre de usuario y contraseña. Solo eso. Y si les roban de nuevo, les vuelven a cambiar los datos. “No te sientes cercar de las laptops”, aconseja el hombre, en tono subrepticio.

mapa wifi CubaCamilo opina que la cuestión de fondo reside en el Certificado de Seguridad que utiliza ETECSA, el cual no está avalado por ninguna entidad pertinente a nivel internacional. Eso explica la advertencia que aparece cuando los usuarios se registran. “El navegador no puede comprobar matemáticamente que está conectado a ETECSA, porque no tiene ese certificado válido”. Por demás, las wifis constituyen ambientes colaborativos, no concebidos para resistir ataques.

La Resolución 127 / 2007, del Ministerio de Informática y Comunicaciones, establece el Reglamento de Seguridad para las Tecnologías de la Información. Esa normativa se centra principalmente en las instituciones, en detrimento de los usuarios individuales, y no hace referencia a la conexión wifi.

Claro, en aquel momento la penetración de Internet era menor y no existían puntos públicos de acceso. En materia de tecnología de la información y las comunicaciones, una normativa en vigor hace casi 10 años equivale a regirse por leyes del siglo pasado.

“No hay que ‘acabar con los estafadores’: ellos surgen porque no se cubren las necesidades”, sentencia Camilo. A su juicio, la solución implica necesariamente firmar un Certificado de Seguridad correcto. Y se atreve a soñar: “Quizás parece un poco surrealista, pero Cuba no lo pensó dos veces para implementar un montón de cosas gratuitas ¿Por qué la wifi no puede ser una de ellas?”.

Mario (el cazador cazado) comparte una opinión parecida: “Para mí la única salida está en bajar el precio de la conexión. En definitiva, Internet no es un lujo; es para aprender, comunicarse, resolver problemas… Es para mejorar la calidad de vida de la gente”.

(*) Los nombres han sido cambiados a solicitud de los entrevistados.

Ilustración de portada: J. Longo. Tomada de The Kernel Magazine.

Progreso Semanal

La sinfonía inconclusa de las sobras III

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Foto: Lisandra de la Paz
Foto: Lisandra de la Paz

Después de aquel terrible suceso. Después de haber encontrado la bota; y haber halado y gritado. Después de ver el cuerpo abierto e inerte del joven… Dalia juró que no volvería nunca más a El Bote en la noche.

“Al operador del buldócer lo sancionaron uno o dos años –dice Dalia–. Pero él en realidad no tuvo la culpa. Está prohibido subir allí, y hacer lo que nosotros hacemos. Y a veces nos descuidamos, y nos desesperamos, y por eso pasan esos accidentes. Al andar como locos, y más de noche, nos podemos resbalar y caer. Y nadie se entera. Y cuando te mueres no pasa nada; vienen tus familiares, les dicen que te moriste en El Bote, y punto. Todo el mundo en Los Pocitos sabe lo que puede ocurrir buceando allá arriba”.

Los Pocitos

Todos en Marianao saben dónde queda el barrio insalubre Los Pocitos. Insalubre y de ilegales, donde la gente roba electricidad y agua de los sistemas públicos, aunque les cobran precios simbólicos por esos servicios; y donde hay un CDR, con su presidente, y un delegado a la Asamblea Municipal del Poder Popular; y donde se vota por ese delegado, aunque no se tenga dirección en La Habana.

Desde la Avenida 51 se comienza a descender. La calle se va estrechando hasta que desaparece y deja de ser de asfalto; y los microvertederos aparecen en cada esquina porque escasean los contenedores de basura. Se sigue descendiendo, y bajan, con el camino mismo, las clases sociales, hasta llegar a lo último de ambas: de la calle y de la sociedad.

Arriba, el ruido de la avenida era abrumador. Pero ahora, al final, abruma el silencio. El tránsito de vehículos es prácticamente nulo. El camión de la basura pasa cada quince días o un mes. Ese es el único ruido diferente al de las broncas de abakuá o pandillas. La gente de Los Pocitos está acostumbrada al mal olor de la basura cuando el camión pasa, porque la mayoría vive de eso, de la basura. O si no,  del contrabando, del juego o del “negocio”.

En Los Pocitos conviven muchos inmigrantes ilegales del Oriente del país. No portan dirección de La Habana y, por tanto, no tienen un trabajo en el sector estatal o en el privado , no están registrados en la planilla de ningún centro laboral. Los niños asisten a la escuela hasta que se gradúan de algún técnico medio o de obrero calificado –porque el pre universitario también se otorga según la dirección del estudiante–; y más tarde, a la hora de ejercer, no pueden hacerlo en La Habana porque no residen oficialmente en ningún lugar de la ciudad, aunque nacieron allí.

Todos tienen derecho a la atención médica. Sobre todo las mujeres embarazadas; incluso cuando dan a luz. Pero a las madres, al nacer el niño o la niña, se les obliga a inscribirlos en su provincia de origen, donde su carné de identidad dice que reside. “Yo parí los míos en Maternidad Obrera y tuve que ir a registrarlos a Granma, recién nacidos –alega Dalia casi indignada, y continúa– Y mira, ¿tú ves a ese de ahí? –me increpa señalando a un muchacho que retozaba en el suelo gris con los niños de Dalia–, tiene dieciocho años y también nació aquí, pero la madre lo llevó a Bayamo a inscribirse cuando lo tuvo”. Dayron, el joven, se graduó el pasado año de panadero, pero no puede ejercer el oficio.

La salud es para todos, infiere Tití, primo del esposo de Dalia; no obstante, “sí, tú vas a un consultorio o a un policlínico y te atienden, pero por ejemplo, para sacarte una muela, tienes que presentar tu carné… ¿entonces nosotros no tenemos derecho a arreglarnos la boca? ¡Ah!, sin embargo, no falla si le das al estomatólogo cincuenta pesos. ¡Ahí sí te saca la muela que quieras, y no está viendo que soy oriental!”.

Vivir debajo del puente

Una gran parte de Los Pocitos –y de Hindaya, otro barrio contiguo–, que se extienden en un terreno bastante amplio, no cuentan con servicio sanitario. Descargan los residuales líquidos al río Quibú, y apilan los sólidos hasta que el camión de la basura pase, y deje parte de las inmundicias por tratarse ya de un microvertedero.

Existen casas en las mismas márgenes del río, a las que se llega cruzando un puente de hierro oxidado que no se ha caído por puro milagro, y luego, bajando por una loma de tierra y ladrillos que a veces deja ver los peldaños ahuecados de las antiguas escaleras del puente. A esas casas del primer piso no baja el camión de la basura. Entonces no les queda otra que hacer una pila, un microvertedero bastante grande y extenso, y de vez en cuando, prenderle fuego.

La suciedad, poco a poco, no solo se vuelve contra el medio ambiente, sino también contra ellos mismos. Cuentan algunos vecinos que el cólera y el dengue cayeron como “bomba” ahí, y que las intoxicaciones son frecuentes. Los vectores y roedores, como era de esperar, abundan. “Aquí una vez se murió uno porque comió azúcar embarrada de orine de ratón, que es el animal que más hay aquí en Los Pocitos –revela Tití–. Imagínate que cuando nosotros vivíamos allá –indicando la parte baja del barrio, debajo del puente–, nos sentábamos y si yo tenía un pedazo de pan en la mano, le decía a Dalia: `dale, sube los pies que vamos a contar los ratones`. Ponía el pan en el piso y calculábamos más de sesenta, la familia entera” –y ríe, como reconociendo que exageró un poco, pero que su cuenta no está muy distante de la realidad.

Frente al sumidero viven desde hace alrededor de quince años –en iguales condiciones que el resto de los habitantes del lugar: casa de madera y cartón, piso de tierra o de cemento pulido, un par de muebles donde sentarse–, dos pastores católicos extranjeros: uno mexicano, el otro, francés. Pero a la gente de Los Pocitos les gusta más Francia que México; entonces resumen y les dicen, a ambos, los pastores franceses. En Los Pocitos no hacen labor proselitista, “digamos que somos misioneros, porque no hacemos trabajo pastoral, aquí no tenemos una iglesia. Tratamos de fomentar la amistad, los lazos fraternos, el apoyo… para que la comunidad supere sus divisiones y pueda sobrevivir. Es trabajo comunitario, no nos metemos en la cuestión religiosa, respetamos las demás religiones. Intentamos infiltrarnos, adaptarnos, no que la gente cambie sus costumbres, sino que trabajamos para hacer reconocer los valores de las personas”, explica Cid el pastor mexicano.

“Gracias a ellos –sostiene Tití–, no han destruido este barrio y no han deportado a todo el mundo, como hicieron en El Husillo, donde vivía un tío mío. Ellos dicen que no se van de aquí hasta que esta situación se resuelva. Y mira, para que veas, no solo por los pastores, porque el Estado se ve que está haciendo cosas para aliviar la situación, ya han dado veinte viviendas un poco más arriba. Al darte las llaves de la casa nueva, estás forzado a destruir la tuya aquí abajo. Y ahí velan porque no se levante más nada”. O sea, los que viven ahora son ilegales legales, pero nuevos moradores serían ilegales ilegales.

Cid está consciente de que el problema de la basura afecta al medio ambiente. “No sabemos qué es más contaminante, si quemarla o echarla al río. Hemos hecho saneamiento aquí, estamos en contra, pero mientras no haya una solución concreta no se puede hacer más”.

“Si te percatas, de ahí para adelante –y Tití señala desde donde empieza el caserío hasta más allá del puente que está sobre el Quibú–, es donde está negro el río, y limpio más para atrás. Fíjate si está limpio, que la gente se baña y todo”.

Puede que el bajo Quibú en tiempos de sequía “resuelva” los apuros albañales de Los Pocitos, y de Hindaya. Pero el Quibú se venga, tarde o temprano se venga: cuando llueve mucho el río crece y arrastra con todo. Y pueden verse los televisores y los puercos, juntos, nadando allí.

“Crece tanto –cuentan Dalia y Tití–, que la gente se tira de cabeza desde el puente; y para cruzar tiene que hacerlo con sogas desde los extremos, porque puede llevarte encantado de la vida. Los pastores tiraron fotos a su casa, que queda frente al río, y hasta casi dos metros puede subir el agua. Imagínate que hay que evacuar a la gente para la escuela primaria que queda por aquí cerca”.

Dalia

Dalia tiene veintiséis años, parece mucho mayor, y es maestra. Se graduó de técnico medio en Bibliotecología y Maestra General Integral en la Ciudad Escolar Libertad, localizada en Marianao. Dalia también vive en Marianao, pero su carné de identidad dice que es natural y residente de Manzanillo, en la provincia de Granma. Un trabalenguas que los inmigrantes orientales en La Habana conocen muy bien.

Desde los quince años Dalia vino para La Habana, y desde esa edad se puso a “luchar”. Al no poder trabajar, ni siquiera en una escuela, donde tanto bien haría, va al vertedero y recoge y vende, o deja para sí y su familia.

Con veintiséis años, Dalia, a quien se le escapa una voz de niña y una mirada triste que enternece por ojos tan negros, tiene dos hijos: Abraham, de cinco, y Ruth Esther, de tres. Su segundo marido, El Coco, mayor que ella –pero no tanto como hace creer–, un día la llevó a vivir sobre un microvertedero de Los Pocitos que pertenecía a un hombre –solo en los términos en los que pertenecer significa “este pedazo de aquí es mío, y a ver quién me lo quita”; en los términos “yo llegué primero” –. En Los Pocitos las cosas funcionan así; la legalidad es un concepto ambiguo.

“Y aquí hay que tener cuidado con la gente, porque mira, cuando estaba embarazada de la niña pasé tremendo susto porque vinieron vendiéndome un colchón de cuna, de espuma, nuevecito que estaba… Yo no lo compré porque todavía tenía el del niño, que ya dormía en una camita. Y esa fue la suerte, porque después me hicieron el cuento de que era recogido del vertedero, y que tenía un cartel grande que decía: «Infectado. No tocar». Pero lo recogieron y se lo vendieron a otra mujer que estaba embarazada, como yo. ¡De verdad que la gente no tiene compasión cuando se trata de dinero!”–condena Dalia.

El terreno  le costó mil quinientos pesos cubanos a El Coco, y sobre ese pedazo de tierra construyeron su hogar con cartones, tablas y tanques plásticos abiertos que encontraron en el Vertedero de la Calle 100, lugar que, relativamente, les queda cerca.

La casa tiene una salita y una cocina el doble de chica. Y dos cuartos laterales. El piso, de cemento pulido, lo vuelve todo más gris. Una silla y un sofá de maderas enclenques son los únicos muebles; un San Lázaro en el suelo con un vaso con flores, y algún que otro búcaro vacío, constituyen el decorado. Aunque un equipo de música, de los pequeños, pero muy moderno, muy nuevo, es lo primero que recibe al visitante desde un entrepaño.

El equipo de música no encaja con el resto. Como si ese resto no pudiera seguirle el ritmo; como si fuera a derrumbarse todo por las vibraciones de las ondas sonoras de una canción a mucho volumen, y se mantuviera al margen de lo que pudiera significar un lujo.

La silla y el sofá de madera también los hallaron en el vertedero. Los muebles y los equipos electrodomésticos que se utilizan en las casas de Los Pocitos, se sacan del vertedero: “camas, televisores, ollas, cocinas, batidoras… cuando cambiaron los refrigeradores por la Revolución Energética, los tiraban y la gente los recogía. Hasta computadoras ha ido armando la gente. Este barrio se mantiene de El Bote. Todo el mundo trabaja ahí –asegura Dalia–. Bien para vender, o bien para comer, porque hasta el sancocho de los puercos se saca del vertedero. Esto aquí es la “mismitica” novela Avenida Brasil, la del tiradero”.

– ¿Y por qué vinieron para La Habana?

– Aquello está muy malo, mi vida… –manifiesta Dalia refiriéndose al Oriente del país– Hay que venir para acá a luchar, porque todo eso que se vende aquí, allá no se puede, porque no hay negocios ni fábricas privadas como en La Habana, y te sale mejor negociar con los particulares que con el Estado, porque ellos te pagan casi el doble de lo que las Casas de Cambio te dan. Los trescientos pesos que me gano allá de maestra en una escuela, me los busco aquí en cuatro horas. En una noche puedes hacer mil pesos, porque del vertedero se vende todo. Y gracias que no tenemos mente mala y luchamos para ganarnos la vida, y no hacemos como otra gente que se va por mal camino. Nosotros le enseñamos a nuestros hijos buenos valores.

Dalia, aunque ha tenido la necesidad, nunca ha querido llevar a sus hijos a El Bote, “porque hay mujeres que no tienen quien se los cuide y no pueden hacer otra cosa que llevarlos. E imagínate, mientras ellas recogen, los niños están en el suelo, cogiendo y comiendo cosas”. Por sus hijos dejó de ir al vertedero, “porque cuando llegaba toda sucia ellos me saltaban arriba y eso podía enfermarlos. Después me tenía que raspar la piel para quitarme el olor a podrido de arriba”. La camisa, los pantalones, y las botas o tenis viejos que usan para trabajar en El Bote, no los protegen contra nada.

Ahora Dalia, El Coco y Tití, se dedican a comprar por todo el país pomos vacíos de perfume para después reenvasarlos con fragancias elaboradas a través de extractos, que un contacto trae de “afuera”. “Cogemos tremendo sol, y caminamos como locos durante doce horas al día, pero al menos ahora olemos riquísimo”.

Al vertedero no han ido nunca los niños, pero a la madre no le ha quedado más remedio que llevarlos consigo, todavía siendo muy pequeños, a vender cloro, salfumán y ambientador. Y estando embarazada, “hasta el día en que parí”, estaba en la calle vendiendo de manera ilegal la pesada carga de productos de limpieza, y huyendo de la policía.

Pero no solo de varias detenciones Dalia ha salido indemne. Una vez se pasó una semana entera comiendo solamente boniatos recogidos del vertedero. Sin sal o azúcar, sin aceite… solo pasados por agua. El Coco había subido a buscar sancocho para los puercos y se encontró todo un saco de boniatos.

– La cosa estaba tan mala que no tenía ni para comprarle una bolsa de leche al niño que estaba más chiquito, porque tú sabes que nosotros no tenemos libreta y no nos dan nada por la bodega… Bueno, por leche tenía que darle agua con azúcar o hervir una mata que le dicen mentis, y hacer que tomara eso.

– Eso debe ser lo más difícil: no tener qué darle a tus hijos de comer– le digo. Dalia me mira a los ojos con sus ojos brillantes y me siento casi cínica. Yo, con aquella grabadora que bien pudiera venderse para comprar veinte bolsas de leche.

Tití

Gilberto es el nombre de pila de Tití. Pero Gilberto no es nombre para Tití, no le pega en absoluto a su complexión física ni a sus maneras. Tití le dicen porque es homosexual; quisieron quitarle el Gilberto porque es demasiado masculino, demasiado convencional. Y Tití, que duerme sobre una almohada recogida del vertedero, prefiere el apodo.

Nació en Santiago, y aún vive en Santiago, pero se pasa en La Habana temporadas en busca de dinero. A los trece años Tití vino a la capital a vender cosas en la calle porque “no tenía ni un short que ponerme. Al principio me daba pena, pero después uno se acostumbra; como también se acostumbra la nariz a la peste de El Bote. Al principio todo es insoportable, pero a todo uno se adapta –afirma–. Estaba estudiando en un politécnico en Santiago, pero qué va, lo tuve que dejar”.

Tití se va a la misma cocina la mitad de pequeña que la sala, y se pone a preparar un té.

– ¿Quieres un té? –me invita–. Recogí este paquete de El Bote, llevo un mes tomándolo y no me ha pasado nada. Yo no había probado nunca este sabor.

Sonrío y hago un gesto de negación con la cabeza.

– ¿Has encontrado otras cosas en el vertedero que no habías comido?

– ¡Ay, hija! Todo lo exótico que se come en este barrio es de El Bote. A ver, para ponerte un ejemplo: una vez se encontraron un pavo congelado, que aquí nadie había comido nunca eso… vaya, sabíamos que era pavo porque estaba grande y se parecía a un pollo, y alguien dijo: ¡ “eso” es pavo! Estuvimos comiendo el “eso” tres días. Otro día se encontraron tres sacos de helado. ¡Uy!, ¡qué rico, por tu madre! A ver… qué más… ¡Ah!, una botella de vino blanco, pasitas, el “wake” ese que se ve en las películas….

– ¿Cereal?

– Sí, eso mismo. Una noche botaron un frigorífico lleno de carne de res, de pescado, de jabas con camarones congelados… Y cuando se encuentran latas de cerveza y de refresco eso es una fiesta aquí.

– ¿Y en este barrio se comparte todo lo que se encuentra?

– Nada más entre parientes. Nosotros somos bastantes, la verdad, y todos hemos ido al vertedero.

– ¿Sí? ¿Desde hace cuánto tiempo?

– ¡Ay, niña! ¿Quién se acuerda de eso? Imagínate que mi tía, la mamá de El Coco, lleva en eso veintidós años; y cuando ella llegó la cosa funcionaba así desde hacía siglos, con los mismos negocios. Y cada día El Bote crece un poquito más. Ahorita se puede poner allá arriba un mirador –Se burla de su propio chiste–. Y en los tres vertederos de La Habana pasa lo mismo, pero el de Campo Florido y el de la Ocho Vía no resuelven igual porque en este de 100 es donde termina la basura de la ciudad, que es la mejor.

“Eso es lo que nos duele a nosotros, porque ahí hacen decomiso de cosas nuevas, que en lugar de botar pudieran donárselas a barrios como este. Ropa, juguetes, adornos de porcelana… balsas, piscinas y pelotas inflables, que nada más por tener un pinchacito, las desechaban”.

– ¿Y pasan muchas cosas malas en el vertedero? –les pregunto a Tití y a Dalia, que están sentados juntos en el sofá de madera.

– Si empezamos a contarte, esto se va a alargar un buen rato.

– Yo tengo todo el día.

Fuente: Juventud Técnica.

Transparencia de cara al VII Congreso del Partido

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No hay nada como una sociedad civil comprometida y colaborativa con su futuro. Comparto plenamente la opinión de mi amigo y militante Francisco (Paquito).

Julio César M. editor de Kokacuba

 

Carta abierta a Raúl Castro o Aplazar hasta julio el VII Congreso del Partido

La Habana, 27 de marzo de 2016
Año 58 de la Revolución

 

A: Compañero Raúl Castro Ruz,
Primer Secretario del Comité Central
del Partido Comunista de Cuba

 

Desde hace ya dos meses comencé a trasmitir mi preocupación, principalmente en el espacio de participación que me corresponde como militante, a propósito de la organización previa del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, cuyas sesiones están previstas del 16 al 19 de abril próximo.

En lo esencial, mi insatisfacción radica en la falta de discusión de sus documentos centrales —hasta hoy secretos—, tanto en las organizaciones de base del Partido, como con el resto de la ciudadanía, lo cual califiqué también públicamente como un retroceso en relación con anteriores procesos políticos.

Hasta el momento, no solo nunca obtuve ninguna respuesta directa o convincente a mi inquietud, sino que recibí por las más diversas vías las opiniones y el respaldo de otras personas, militantes y no militantes, que tienen la misma apreciación negativa sobre este procedimiento.

Además, conozco al menos de un municipio en esta capital donde el tema fue objeto de una seria discusión de sus secretarios generales. No obstante, mi intención no es asumir la representación de nadie, porque no domino en realidad en qué medida este pueda ser o no un planteamiento colectivo.

De cualquier forma, el Partido y usted nos enseñaron que una preocupación ciudadana, aunque sea la de una sola persona, puede, debe y tiene que recibir toda la atención y análisis que merezca.

Por tal motivo, en fecha reciente hice —donde me correspondía— una propuesta concreta: aplazar la realización del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba para el 24, 25, 26 y 27 de julio del 2016.

Esta postergación de solo tres meses podría permitir dedicar los meses de abril y mayo a discutir los documentos centrales del Congreso con toda la militancia del Partido, y también con el resto de la población cubana. Quedaría todavía el mes de junio para procesar, estudiar, mejorar e incorporar planteamientos.

Como ventaja estratégica, ya conocen los documentos las mil personas que son delegadas y delegados, además de las diputadas y los diputados a nuestro Parlamento, así como cientos de dirigentes del Partido en sus diferentes estructuras intermedias de dirección, quienes podrían preparar y conducir con rapidez y profundidad este análisis en la base.

Sin dudas, un debate como este, amplio y participativo, permitiría perfeccionar tales documentos programáticos y les conferiría más legitimidad aún al próximo Congreso y sus acuerdos, a partir de un mayor consenso social.

Entiendo que esto podría resultar complicado desde el punto de vista práctico, pero usted mismo nos insiste con frecuencia en que debemos ir “sin prisa, pero sin pausa”.  Es cierto que no poseo toda la información que la dirección de la Revolución maneja, pero ahora mismo no veo motivo para apresurar un proceso político tan decisivo para el futuro de nuestra patria, si todavía sus preparativos no maduraron lo suficiente.

Por último les pido a usted y a la dirección del Partido que disculpen si hay alguna incorrección de método en el modo que ahora empleo para también hacer pública esta sugerencia. Si lo consideran una indisciplina imperdonable, estoy dispuesto a responder por ella.

Mi humilde intención es tratar que esta inquietud les llegue sin intermediarios, y tal vez contribuir a motivar un debate al respecto entre el resto de la militancia y de la sociedad cubana, cuando resta tan poco tiempo —menos de un mes— para la fecha en principio prevista para la realización del Congreso.

Cumplo así, además, con mi palabra de hacer todo lo que esté a mi alcance para trasmitirles esta grave preocupación, compromiso que asumí ante un colega militante de larga data y hermosa trayectoria, quien con sentidas palabras y golpes de puño sobre su pecho, hace poco echaba de menos un Congreso más cercano, de su Partido de toda la vida.

Revolucionariamente,

Francisco Rodríguez Cruz
Militante

Tomado del Blog Paquito el de Cuba.