MIS VERDADES TIENEN QUE IR MÁS ALLÁ

Posted on

Camilo Santiesteban Torres, ingeniero químico.

Camilo Santiesteban Torres, ingeniero químico.

Por Yohana Lezcano y Rodolfo Romero

Con una mezcla confusa de desconcierto y libertad en su rostro, tras haber solicitado oficialmente la baja laboral de su centro de trabajo, donde se desempeña desde que se graduó de la CUJAE hace cinco años, Camilo habló con nosotros a camisa quitada. Agobiado por la situación económica actual, sus responsabilidades con sus padres y con la familia que quiere o pretende formar, con una visión romántica, casi en peligro de extinción, del proceso revolucionario en Cuba, este joven –que lleva su nombre en honor a Camilo Cienfuegos por haber nacido un 29 de octubre– nos habla acerca de cómo siente a Cuba hoy y cómo la pretende mañana.

El paso de la adolescencia a la juventud yo apenas lo percibí. Salí del preuniversitario directo para la universidad. En primer año de Ingeniería Química, con diecisiete años, me sentía todavía un adolescente. Creo que fue a finales de segundo cuando empecé a tener conciencia de que yo era joven y que estaba adquiriendo cierta adultez. Hasta ese entonces era como cualquier adolescente. Por tanto, casi nunca hacía reflexiones profundas acerca de nada.

Mi inteligencia emocional tampoco había crecido lo suficiente. Mi familia no tenía muchos recursos, vivíamos en una situación económica media tirando para mala. Mi «día cero» era graduarme, no tenía planes de futuro. Mi único objetivo era culminar la carrera. No fui ni un santurrón ni tampoco un parrandero. Por suerte, académicamente siempre me comporté bastante bien.

La vida universitaria, la beca y el hecho de convivir con personas de diferentes provincias, con distintas costumbres y modos de tratar a los demás, para mí fue una gran escuela. Yo nací en La Habana, y mi familia, que vive aquí desde los años ochentas, me dio una educación tradicional, al estilo oriental, pero a la vez, correcta, educada, profesando un gran respeto hacia la mujer. Entonces la universidad me hizo incorporar una visión distinta.

No creo que tenga que ver exclusivamente con una pérdida de valores, sino con las costumbres y las normas de comportamiento de diferentes provincias. Los pinareños eran de una forma, los habaneros de otra, los matanceros… Igual, todo aquello me era indiferente, mi plan era graduarme, incluso mis noviazgos no los veía como algo de larga duración.

Después que me gradué llegué a la vida laboral con un nivel de realismo enorme, con sueños, ideas, y estaba dispuesto sobre todo a escuchar. Me di cuenta que tenía que aprender, tanto en lo personal–emocional como en lo laboral–académico. Ahí surgió otra cosa. Uno de los problemas de los métodos de educación en Cuba es que los alumnos no llegan a visualizar el contenido y no le ven la aplicación práctica a lo que están haciendo.

Entonces, cuando empecé a trabajar, me di cuenta de que estaba perdido. No sabía llevar a la práctica mis conocimientos. Ese es uno de los problemas que tenemos los jóvenes una vez que nos graduamos.

Otro es la situación económica. Uno, como cualquier profesional que desea tener éxito, se propone por un lado la superación, pero la remuneración de aquellos que estudiamos no es buena a veces. Entonces algunos piensan: «¿Para qué voy a estudiar si de todas maneras no lograré ser exitoso?».

Ahora la entrada de información no es tan poca como solía ser antes. El acceso a diferentes materiales de factura extranjera, te permite ver lo mejor de cada industria y de cada rama. Así, es normal que las personas empiecen a hacer comparaciones. Y cuando uno se compara, pocas veces lo hace con la visión de que somos un país tercermundista.

Los jóvenes de nuestra generación tenemos padres con edades que oscilan entre los cuarenta y nueve y los cincuenta y cinco años. Personas adultas que a veces tienen achaques y problemas de salud. Hay algunos que se complican con los padres enfermos y tienen que mantener su casa económicamente. Entonces se ven obligados a postergar sus planes de formación profesional.

Existe también otra problemática muy seria: el fondo habitacional de la población está muy deteriorado. Entonces el poco dinero que uno se busca es para reparar la vivienda o para retribuir el sacrificio que hicieron nuestros padres.

En estas circunstancias resulta muy difícil, cuando se habla de planes futuros, pensar en crear una familia. El matrimonio es complicado, hasta las bodas son caras. Luego, te casas, y no tienes una vivienda para ti y tu pareja. El idilio juvenil que marcha muy rápido hasta los veintidós años, desaparece cuando tienes veinticinco o veintiséis, y estás insertado en el mundo del trabajador estatal.

Gracias precisamente a los logros que tenemos en Cuba, en materia de educación, en condiciones promedio, cualquiera que nazca en Cuba avanza muy rápido hasta los veintidós años: primaria, secundaria, pre y universidad. Tal es así que uno piensa que puede seguir avanzando de la misma manera. Entonces, cuando empiezas a trabajar, te das cuenta que eso no va a ser así.

Ante este escenario, ¿cuáles son las alternativas que hemos encontrado para forjar nuestro futuro?

Un grupo importante ha decidido irse del país y eso es muy triste. Actualmente ya no es que exista «robo de cerebro» sino una fuga voluntaria, lo cual es mucho peor. La mayoría son profesionales que tienen familia en el exterior, y otros se van a probar suerte o mediante contratos de trabajo. Salen, como se dice en la calle, «a lucharla». Generalmente, los profesionales buscan contratarse en lo que se formaron, aunque tengan que hacer algo temporal como trabajar en un bar o en determinado servicio público.

Con todas las nuevas leyes y aperturas, otros argumentan que ya no es factible irse definitivo del país. Lo mejor es trabajar fuera del país y hacer cierto capital para luego retornar. La idea es hacer un negocio o mantener un contrato de trabajo, estar fuera la mayor parte del tiempo posible, pero venir a Cuba de vacaciones y ayudar a la familia.
En los más jóvenes hay más ímpetu, por tanto, el impacto lo ven menos fuerte. Tienen tiempo para asimilar los contratiempos, y el espíritu para adaptarse. Es una pena que el Estado no sea más inteligente para aprovechar todo ese potencial en el desarrollo de lo que llamamos la empresa estatal socialista.

Si queremos socialismo tenemos que fortalecer la empresa socialista, pero es una pena que sea el sector privado el que utilice esa fuerza calificada de forma más eficaz y eficiente, y es increíble que tengan recursos para pagarle mejor que el Estado. Por eso, la motivación laboral para muchos está en el sector privado.

Ahora mismo acabo de pedir la baja de mi centro laboral. Aunque suene irrealizable, yo realmente creo en el proceso socialista y quisiera volverme un profesional exitoso, y más que eso, una persona exitosa. Tener una familia, tener una casa propia –no la de tus padres–. No tiene que ser una mansión, pero que te permita tener una familia funcional, con independencia y estabilidad económica. Es difícil ver cómo en una casa los problemas económicos se hacen tan acuciantes que hacen que se desestabilicen emocionalmente los que en ella viven. Es muy doloroso ver que no puedes darle a un hijo lo que él necesita desde el punto de vista material. Obviamente, quisiera ser competente, pero dentro de mi país.

Ahora, para eso estaría dispuesto a buscar ese éxito afuera y después volver. Como dice Nancy Morejón, «…la Patria no se lleva en la suela de los zapatos». A nuestra generación nos formaron como personas que debemos retribuir todo lo aprendido en la sociedad. Sin embargo, si en Cuba no puedo triunfar, me iré a buscar fortuna, pero para siempre volver.

Yo estoy con una muchacha con la que quiero formar una familia. Nuestras familias son normales, cada cual en su casa, cuatro personas en cada una, todos trabajan con un salario promedio y no se dan casi ningún lujo. Con lo que tenemos hoy no podemos ni siquiera arreglar nuestro cuarto, mucho menos soñar con casa propia. Así que si tuviera que escoger entre ejercer mi profesión y otro trabajo que me genere dividendos, escogería un trabajo que me remunere y me permita resolver al menos más del cincuenta por ciento de mis necesidades actuales. Lo haría por un espacio de tiempo determinado, y luego volvería a ejercer mi profesión, porque lo que no podría ser nunca es un profesional frustrado.

Tampoco quisiera frustrarme políticamente. Hace un tiempo atrás yo no tenía muy claro lo que era ser militante de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), mucho menos le metía cabeza al hecho de ser de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM) o la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). Simplemente yo hacía y cumplía con lo que me habían dicho que estaba bien y era lo correcto. Yo reproducía determinada conducta, y no indagaba en el porqué de la militancia. Un día alguien me increpó: «¿Por qué tú defiendes la Revolución? ¿Por qué dices que eres un joven comunista?». Esa conversación fue en la CUJAE. No olvido sus dos últimas preguntas: «¿Tú sabes lo que es el comunismo? ¿Te has leído siquiera el Manifiesto Comunista?». Las dos respuestas fueron «No» y «No».

Yo tenía naturalizado que eso era lo que estaba bien, ser militante. Pero a partir de ese momento empecé a buscar otros argumentos más allá de la educación y la salud gratuitas, o la comparación «antes del 59 y después del 59». Me di cuenta que aquellos, aunque eran argumentos reales –que hay que tenerlos presentes y no se deben olvidar–, no eran mis verdades.

Hoy entiendo que esta sociedad, que se ha formado con el tiempo, es la mejor. Es cierto que fuimos malísimos aplicando estrategias económicas, pero en cambio hemos alcanzado un alto índice de instrucción y de justicia social. La voluntad política del gobierno siempre ha sido buena. Sí, porque un gobierno que te pone una computadora para tres niños en la punta de una loma, no puede ser un gobierno malo. Existen los errores y todo el mundo los conoce, pero hay que mirar un poco más allá. Uno habla sobre estos temas y mucha gente piensa que es «muela» o que uno está vacío y no tiene estos compromisos. Pero son realidades que nadie te puede negar.

Mis verdades, tienen que ir como las de mi generación, un poquito más allá. Un socialismo que se traduzca en oportunidades para todos. Yo quiero un país donde las personas puedan caminar con el orgullo de haber nacido en Cuba. Cubanos que se sientan identificados con sus valores, que vean la continuidad histórica de la Revolución en su día a día, que se les ericen los pelos cuando hablen y reconozcan el sacrificio de nuestros padres y abuelos. Yo quiero formar parte de un país que prospere, dentro de un sistema mucho más justo y donde la gente sea feliz.

Esta entrevista se publicó por vez primera en el libro «Narrar Cuba. Sueño joven de un país», que pertenece a la colección Juventudes en Cuba, de la editorial Ocean Sur.

Fuente: Juventudes en Cuba.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s