Día: junio 9, 2016

De por qué el malecón es mucho más que un muro

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El microwave

A la blogosfera cubana, cuya marea me trajo a Disamis y Alejandro U.

Ayer era uno de esos días en los que se toca fondo. Un día en el que toda la mierda del mundo se confabula con los vientos de tu zona para terminar en tu cara. Un día bueno para ponerse una barba grande, pelarse, hacerse un pasaporte falso e ir a dar con tus huesos a algún puerto de Singapur o cualquier otro lugar que suene terriblemente lejano. Pero nada, estaba aquí, en La Habana, incapacitado para escapar. Y recordé entonces que aún quedaba media botella de vino que debió ser vaciada cierta noche, y que andaban aquellos dos con más penas que las mías y decidí invitarlos a matar la media botella y si teníamos suerte, las penas.

Llegamos a casa pero enseguida nos dimos cuenta que aquello no se quitaba si no era en el…

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El interés de Estados Unidos por el mercado cubano

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El interés de Estados Unidos por el mercado cubano

LA HABANA. Cuba no es China, eso lo sabemos todos. ¿Qué explica entonces el inusitado interés de las empresas norteamericanas en el mercado cubano?

Una respuesta me la dio hace años un productor de trigo estadounidense: “Es el único país del mundo que entrega un pan diario a once millones de personas”. No obstante, con todo lo cierto que encierra esta afirmación, es insuficiente para explicar lo que acontece. El asunto es más complejo.

En un mundo donde el desarrollo del comercio dependía en buena medida del dominio militar de los territorios, durante su primer siglo de existencia, Estados Unidos trató de expandirse dentro de sus fronteras terrestres. Intentarlo más allá de los mares, se lo impedía el escaso desarrollo de su fuerza naval.

Cuba era la excepción. Tan temprano como 1802, Thomas Jefferson la incluía dentro del proyecto expansionista, pero, a falta de un poder militar suficiente para lograrlo, afirmaba que la manera era a través del control del comercio.

El mercado cubano era una prioridad para el desarrollo de ese país por tres razones: su potencial económico, su ubicación geográfica y su complementariedad con la economía norteamericana. A pesar del tiempo transcurrido y los enormes cambios que han tenido lugar en el mundo, estas condicionantes mantienen su vigencia.

Buena parte de los propósitos de Estados Unidos se materializaron bajo el colonialismo español y se concretaron a plenitud con el establecimiento del régimen neocolonial en Cuba en 1902. La Revolución Cubana alteró bruscamente este estado de dependencia, pero la recuperación del mercado cubano continuó siendo uno de los pilares de la política norteamericana hacia Cuba. Trató de hacerse de la peor manera, hasta que Obama reconoció el fracaso y cambió los métodos para lograrlo.

La importancia relativa del potencial económico de Cuba para los inversionistas norteamericanos ha disminuido sensiblemente en comparación con el siglo XIX, cuando Cuba era la principal productora de azúcar del mundo. Pero este fenómeno ya era apreciable a mediados de la primera mitad del siglo XX, cuando el mercado azucarero disminuía su importancia mundial y el capital norteamericano buscaba inversiones más rentables dentro y fuera de Cuba.

Aun así, no se trataba de un mercado despreciable para ciertos sectores empresariales estadounidenses y lo mismo ocurre en la actualidad, debido a que la “accesibilidad” determina altos niveles de competitividad y un mejor rendimiento de las inversiones. Por otro lado, Cuba continúa siendo el mayor mercado potencial de las Antillas.

Para muchas empresas norteamericanas el comercio con Cuba forma parte de su mercado natural, lo que implica que prácticamente la infraestructura existente sirve igual para vender o comprar a Cuba, que en cualquier otro lugar dentro de los propios Estados Unidos.

Como la Isla sigue estando donde siempre, su importancia geográfica para Estados Unidos continúa vigente. Ya no se trata de su importancia militar, como ocurría en el pasado. Aunque algunos insisten en la necesidad de mantener la Base Naval de Guantánamo con estos fines, la realidad es que la guerra moderna no requiere de “carboneras”.

Sin embargo, Cuba mantiene una importancia estratégica para el comercio de Estados Unidos en el Atlántico y la posibilidad de utilizar instalaciones, como el puerto del Mariel, pudiera aportar al rendimiento de las cadenas de valor que hoy día caracterizan el mercado mundial, como han enfatizado algunos economistas.

A ello se suma el potencial del turismo, con sus implicaciones para otras ramas de la economía estadounidense; la exploración petrolera en mares adyacentes; las necesidades de Cuba para modernizar su parque tecnológico y su infraestructura, así como el gran volumen de importaciones que requiere el consumo nacional y las redes de servicio social. Está claro que para todo esto hace falta dinero, pero en condiciones normales ello se resuelve mediante inversiones directas y créditos, como ocurre en todo el mundo.

Estas oportunidades justifican el criterio de que persiste la “complementariedad” de la economía cubana respecto a la norteamericana, pero existen otros componentes quizás aún más importantes.

Entre las líneas estratégicas de Estados Unidos está el desarrollo de la llamada “industria del conocimiento”, con el fin de mantener la supremacía de las empresas norteamericanas en esta esfera, lo que constituye una de las bases de su hegemonía mundial.

El límite a este desarrollo lo impone el capital humano disponible. De ahí la insistencia de ciertos sectores, incluyendo el presidente Obama, de la necesidad de mejorar los niveles de educación del país. En estos momentos, este déficit se resuelve, en parte, mediante el llamado “robo de cerebros” y la política inmigratoria de Estados Unidos es sumamente amplia para facilitarlo, ahorrándose el costo que implica su formación.

No obstante, una vez radicado en ese país, un científico extranjero vale lo mismo que un norteamericano, lo que explica que el 20 % de las inversiones de las transnacionales estadounidenses destinadas a la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías se realizan en el exterior, incluso en países competidores como China y la India.

Desde mi punto de vista, el mayor interés de las empresas norteamericanas en Cuba radica en poder aprovechar el capital humano existente en el país, para su encadenamiento a menor costo con producciones de alto valor agregado, en un clima de estabilidad política y social que difícilmente se encuentra en otros lugares.

Las áreas de oportunidades en este sentido son muy amplias, debido a la formación de cubanos en renglones estratégicos como las tecnologías de la información y las comunicaciones, la biotecnología, la farmacéutica y el desarrollo de energías renovables, entre otras.

Esta lógica se enfrenta a la tesis del promover el cambio de régimen en Cuba. No por las virtudes éticas de las transnacionales norteamericanas, muchas veces promotoras de guerras devastadoras en función de sus intereses, sino porque simplemente no les conviene subvertir un régimen que produce por sí mismo el capital humano que necesitan y pudieran utilizarlo en las mejores condiciones. Al menos, este debiera ser el criterio de los más inteligentes.

También se contradice con la actual política migratoria de Estados Unidos hacia Cuba. Toda vez que lo que conviene a estas empresas no es que los profesionales cubanos emigren, sino utilizarlos en el país, para bajar sus costos de producción. Por otra parte, pudiera ser beneficioso para Cuba, en la medida en que aumentaría las posibilidades de trabajo para estas personas y mejoraría sus condiciones de vida, disminuyendo las tensiones migratorias que hoy enfrenta la sociedad cubana.

Entonces, lo que ha cambiado respecto al pasado no son las condicionantes que explican el interés por el mercado cubano, sino las reglas bajo las cuales estas condicionantes históricas pueden materializarse.

En primer lugar, porque debido al bloqueo aún persiste la prohibición de que empresas norteamericanas inviertan o comercien con Cuba. Las escasas autorizaciones recientemente adoptadas, están viciadas de procedimientos y limitantes que impiden que puedan ejecutarse de manera normal, como ocurre en otros países. A lo que se suma la incertidumbre que genera la estabilidad de esta política, en medio de la polarización y disfuncionalidad existente en el cuerpo político norteamericano.

En segundo lugar, porque el mercado cubano tampoco es “normal” para la práctica acostumbrada de las empresas norteamericanas en el mundo. El gobierno norteamericano no está en la posición de imponer preferencias y condiciones, como ocurre en otras partes, sino que tendrá que consensuar sus intereses con los del país y funcionar en condiciones de igualdad con sus competidores.

A las normas que rigen la inversión extranjera en general -que algunos critican por excesivamente lentas y burocráticas-, especialmente en el caso de las empresas norteamericanas, se agrega el interés de no generar nuevas formas de dependencia, que limiten la soberanía del país. A ello se le suma la desconfianza originada en el conflicto histórico entre los dos países y la que provoca las intenciones declaradas de los objetivos de la nueva política hacia Cuba.

Estamos, por tanto, en una fase de estudios y tanteos, donde existen muchos escollos que salvar, lo que explica las dificultades existentes para concretar negocios, a pesar del interés manifiesto de ambas partes.

 

Fuente: Progreso Semanal.

La conflictiva relación entre periodismo y política en #Cuba

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Acostumbro a escribir desde la seguridad de la tercera persona, pero sería hipócrita entrar en el debate del periodismo y la política en Cuba sin aclarar desde un inicio que habla una parte implicada.

Desde hace varios años me levanto todos los días con ganas de hacer periodismo, aunque no pocas veces me acueste pensando si no habría sido más saludable estudiar una ingeniería. Kapuscinski desterró a los cínicos de este oficio, pero no dijo nada de los masoquistas.

En un acto de homenaje al diario Revolución en 1961, Fidel hizo un llamado a asumir posiciones ante el inminente enfrentamiento contra el imperialismo.

“Hay que tener siempre presente que antes que el periódico están los intereses de la Revolución. Primero la Revolución y después el periódico”. Luego aclara que no está pidiendo un sacrificio en “la variedad, el estilo y las características de los periódicos”.

Leí estas palabras por primera vez en la biblioteca de Granma, como contraportada de un libro de los ochenta sobre la profesión. Más tarde busqué el lugar y el contexto en que habían sido dichas, a solo unos días de la invasión por Playa Girón.

Creo que defender el proyecto colectivo de soberanía y justicia iniciado en 1959, y al mismo tiempo abordar con honestidad y de la forma más abarcadora posible los problemas de la sociedad, siguen siendo los principales objetivos de una prensa revolucionaria.

El conflicto surge cuando entran en aparente contradicción. La forma en que se ha zanjado el debate durante las últimas décadas, es quizás la causa principal de los tantos problemas con que carga la prensa cubana, criticada por igual en las calles que en el Consejo de Estado.

La visión que podríamos llamar “dogmática” asume la relación entre el espacio de lo político y el periodismo como de subordinación directa, sin margen para la dialéctica ni la negociación inteligente. Así, los intereses políticos (o peor aún, los intereses de los políticos) siempre estarían por encima del ejercicio consecuente del oficio, e incluso de la lógica. De ahí surgen los silencios, las verdades a medias y las preguntas que todo el mundo se hace, pero nunca se ven reflejadas en los medios.

Creo que, con contadas excepciones, esta es la posición dominante en el escenario actual, no solo de la prensa, sino de la comunicación en Cuba.

Algunos justifican que precisamente gracias a muchos de esos silencios y omisiones la Revolución ha llegado hasta aquí, en medio de una historia de adversidad difícil de resumir. Sin embargo, cada día estoy más convencido de lo contrario: la Revolución ha llegado hasta este punto “a pesar” de esos errores, porque tiene otras fortalezas, la primera de ellas el genio de Fidel Castro.

Pero las distorsiones acumuladas generan monstruos en uno y otro lado que pueden terminar por repetir el mito de Saturno, que devoraba a sus propios hijos.

Hay cada vez más periodistas que no saben preguntar y políticos incapaces de responder, las habilidades básicas de cada uno. Las situaciones llegan al punto de la comedia, como el ya mítico cuento del presidente que se bajó del avión y se acercó a un grupo de periodistas cubanos dispuesto a dar una entrevista, pero ninguno tenía una pregunta que hacerle.

Del otro lado, tratando de abolir los vicios de la politiquería, está tomando fuerza la figura de un tecnócrata de las sombras que es incapaz de rendir cuenta de su trabajo y, en verdad, no le importa hacerlo. Solo se preocupa de sus superiores y es incapaz de comunicarse con una persona normal. Cuando lo intenta utiliza la misma jerga que en una reunión de especialistas.

La reciente reducción de los precios de algunos productos terminó en confusión ante la incapacidad de los ministerios implicados para explicar la forma en que las personas se iban a beneficiar.

Si la atrofia es tal que cuesta trabajo dar buenas noticias, quizás se entienda mejor por qué ningún dirigente cubano ha salido a dar la cara por el precio astronómico de la venta liberada de carros.

Y lo peor es cuando se confunden los papeles. Se les pide a los medios que hagan el trabajo que no hacen los políticos mientras los políticos se dedican a hacer el trabajo de los periodistas.

La separación entre la agenda política, lo que dicen los medios, y lo que vive y piensa el ciudadano común, está pasando una cara factura a la prensa cubana, y por consiguiente a la Revolución.

Aunque es un tema recurrente en privado, resulta una y otra vez minimizado en el debate público. Contradictoriamente, somos la plataforma para la discusión de muchos problemas de la sociedad — no siempre con éxito y tino — , pero resulta casi imposible encontrar una reflexión sobre el ejercicio propio.

Las actas de los Congresos de la UPEC recogen nuestro profundo descontento con la forma en que se hace el trabajo, pero cuando el cónclave cierra las puertas, regresamos a las redacciones a hacer el noticiero o el periódico del día siguiente de la misma forma que ayer.

No creo sinceramente que el miedo a las consecuencias del debate sea la explicación, sino la fidelidad de un gremio que siempre ha estado convencido de que la solución llegará “desde arriba”, cuando alguien por fin escuche nuestros sólidos e incuestionables argumentos.

¿Cómo va ir en contra de la Revolución desenmascarar a un político corrupto? ¿Cómo va a ser contraproducente saber cuál fue la sentencia del que ya ha sido juzgado? ¿Por qué no tenemos derecho a conocer nuestra deuda externa y cuánto estamos pagando cada año por los préstamos anteriores? ¿Cómo puede un ciudadano valorar la gestión de un ministro si su presupuesto anual no está disponible de forma clara? ¿Quién puso la regulación que prohíbe tirar fotos dentro de una tienda, que en última instancia podría ayudar a quienes cometen delitos? La lista es dolorosamente larga.

La situación, lejos de mejorar, empeora cada día. Al igual que en “Palabras a los intelectuales”, tras lo dicho por Fidel queda algo flotando en el aire: quién o cómo se deciden los márgenes de lo revolucionario; qué queda dentro y qué queda fuera.

La respuesta no puede ser otra que una fórmula participativa, democrática, pues la Revolución somos todos, incluidos los periodistas.

Es necesario empoderar la visión “antidogmática”, que parte de asumir que entre lo político y el periodismo hay una relación indisoluble pero sujeta en cada caso a negociación y búsqueda de consensos; que entiende la información como un derecho ciudadano y no como un mero instrumento en función de determinados objetivos, por más altruistas que estos sean. La que surge tras interiorizar la revolución ocurrida en los últimos años en las formas de consumir información por parte de los públicos.

El televisor se puede apagar y el periódico terminar en la basura. Hace mucho tiempo está superada la idea de que tener los medios garantiza las audiencias. Además, las personas siempre tienen la opción de no creer. Y no hay nada más peligroso para un sistema que perder su credibilidad.

Tampoco se puede ser ingenuo. El mero acto del periodismo es una actividad política. Nadie habla por hablar. Pero intentar hacer política, por y para la política misma, en los medios de comunicación, termina matando la esencia de nuestra profesión.

El periodismo tiene primero que ser, para luego encauzar su intencionalidad, con mucha sagacidad e inteligencia, siempre bajo la lupa de los principios.

Y esta reflexión es más imperiosa ante la evidente emergencia de medios de comunicación privados que utilizan el periodismo — en la mayoría de los casos con calidad — a favor de sus intereses políticos.

No pretendo ser ambiguo al respecto. Creo en el derecho que cada cubano tiene de proponer un proyecto de país distinto al actual, siempre que actúen de manera ética y no al servicio de potencias extranjeras.

Lo que me preocupa es el derecho a defender el mío.

Fuente: Medium/@sergioalejandrogmezgallo.