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Rebajas pírricas

Ya he sacado la cuenta: suponiendo que en pagar el alquiler del apartamento donde vivo no gastara yo el 91.74 por ciento de mi sueldo —para subirme a la carroza de los porcentajes—, un pomo de aceite es, a todo reventar, lo que puedo comprar de más gracias a las recientes rebajas que han prometido aumentar la capacidad de compra del salario.

Aunque, para ser justa, las rebajas por sí mismas no obrarán el milagro, ni el tope de los precios de los productos agropecuarios, ni la apertura del mercado mayorista para el sector no estatal que se ve allá, en el horizonte. Para que el salario llegue a fin de mes no hay medida unilateral que valga.

Y no es que me esté poniendo como el hombre del gato. Aplaudo “la voluntad política del Partido y el Gobierno de beneficiar a la población, en especial a niños y adultos mayores y brindar particular atención a la implementación de estrategias en la sociedad para enfrentar los efectos de la dinámica demográfica actual”; aplaudo todo eso, pero me cuestiono hasta qué punto una rebaja de quilos en CUC puede aliviar los bolsillos más menguados. En casos como este, no puede decirse que únicamente la intención es lo que vale.

Valen, y mucho más de lo que debieran, la leche en polvo, aun después de rebajada; las sardinas en conservas, sobre todo si vivimos como dijo Virgilio, con la maldita circunstancia del agua por todas partes; el refresco de lata, al que según la vox populi le pusieron el precio los custodios de La Habana. Valen, y demasiado, los rollos de papel sanitario que desaparecen de un día para otro y que los especialistas del Ministerio de Finanzas y Precios todavía no han considerado dignos de rebajas.

Como principio —por algo había que empezar— me entusiasma que el país reconozca lo que la gente viene diciendo desde hace décadas: que a fuerza de disminuir una y otra vez su capacidad de compra, el salario está lejos, a años-luz, de satisfacer las necesidad más perentorias de los trabajadores cubanos, al menos, de los trabajadores como yo, que ni gestiono un negocio particular, ni formo parte de cooperativa alguna, ni me incluyo entre los favorecidos con la Resolución 6 (otrora 17), ni brindo un servicio que pueda ser vendido fuera de fronteras. Ubicada orgullosamente en el pelotón de los que ganan al mes poco más de 500 pesos, no me queda sino esperar por medidas que se salten la fase de curitas y enderecen de una vez la ya célebre pirámide invertida de los ingresos en Cuba.

De la ambigüedad de las notas de prensa emitidas y la desinformación que cuelga de los anaqueles en las tiendas, mejor ni hablar. No es tampoco que sorprenda tratándose de las llamadas shoppings, donde los precios de las mercancías no se multiplican por el índice de valor agregado que medio mundo conoce como IVA, sino que se colocan a discreción, sin que nadie sepa si es cierta o no la leyenda urbana de que los productos llegan a costar el doble y hasta el triple de su valor. Es lo que pasa cuando no se tienen las cuentas claras y el chocolate espeso, que la gente habla.

Confío —a riesgo de parecer naif— en que la estrategia diseñada para aumentar la capacidad de compra del salario incluya en alguno de sus acápites aumentar, a secas, el salario; y derive en la tan anunciada unificación monetaria, esa talanquera que gravita sobre la economía doméstica y me pone a multiplicar o dividir por 25, según sea el caso.

Con todo y lo mala que me reconozco en matemáticas, calculo lo suficiente como para saber que no es un descuento del 6 por ciento a la ropa y los zapatos de niños lo que va a convencer de parir a las mujeres cubanas.

Tomado del Blog Cuba Profunda.

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