Mes: mayo 2016

Rebajas pírricas #Cuba

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Rebajas pírricas

Ya he sacado la cuenta: suponiendo que en pagar el alquiler del apartamento donde vivo no gastara yo el 91.74 por ciento de mi sueldo —para subirme a la carroza de los porcentajes—, un pomo de aceite es, a todo reventar, lo que puedo comprar de más gracias a las recientes rebajas que han prometido aumentar la capacidad de compra del salario.

Aunque, para ser justa, las rebajas por sí mismas no obrarán el milagro, ni el tope de los precios de los productos agropecuarios, ni la apertura del mercado mayorista para el sector no estatal que se ve allá, en el horizonte. Para que el salario llegue a fin de mes no hay medida unilateral que valga.

Y no es que me esté poniendo como el hombre del gato. Aplaudo “la voluntad política del Partido y el Gobierno de beneficiar a la población, en especial a niños y adultos mayores y brindar particular atención a la implementación de estrategias en la sociedad para enfrentar los efectos de la dinámica demográfica actual”; aplaudo todo eso, pero me cuestiono hasta qué punto una rebaja de quilos en CUC puede aliviar los bolsillos más menguados. En casos como este, no puede decirse que únicamente la intención es lo que vale.

Valen, y mucho más de lo que debieran, la leche en polvo, aun después de rebajada; las sardinas en conservas, sobre todo si vivimos como dijo Virgilio, con la maldita circunstancia del agua por todas partes; el refresco de lata, al que según la vox populi le pusieron el precio los custodios de La Habana. Valen, y demasiado, los rollos de papel sanitario que desaparecen de un día para otro y que los especialistas del Ministerio de Finanzas y Precios todavía no han considerado dignos de rebajas.

Como principio —por algo había que empezar— me entusiasma que el país reconozca lo que la gente viene diciendo desde hace décadas: que a fuerza de disminuir una y otra vez su capacidad de compra, el salario está lejos, a años-luz, de satisfacer las necesidad más perentorias de los trabajadores cubanos, al menos, de los trabajadores como yo, que ni gestiono un negocio particular, ni formo parte de cooperativa alguna, ni me incluyo entre los favorecidos con la Resolución 6 (otrora 17), ni brindo un servicio que pueda ser vendido fuera de fronteras. Ubicada orgullosamente en el pelotón de los que ganan al mes poco más de 500 pesos, no me queda sino esperar por medidas que se salten la fase de curitas y enderecen de una vez la ya célebre pirámide invertida de los ingresos en Cuba.

De la ambigüedad de las notas de prensa emitidas y la desinformación que cuelga de los anaqueles en las tiendas, mejor ni hablar. No es tampoco que sorprenda tratándose de las llamadas shoppings, donde los precios de las mercancías no se multiplican por el índice de valor agregado que medio mundo conoce como IVA, sino que se colocan a discreción, sin que nadie sepa si es cierta o no la leyenda urbana de que los productos llegan a costar el doble y hasta el triple de su valor. Es lo que pasa cuando no se tienen las cuentas claras y el chocolate espeso, que la gente habla.

Confío —a riesgo de parecer naif— en que la estrategia diseñada para aumentar la capacidad de compra del salario incluya en alguno de sus acápites aumentar, a secas, el salario; y derive en la tan anunciada unificación monetaria, esa talanquera que gravita sobre la economía doméstica y me pone a multiplicar o dividir por 25, según sea el caso.

Con todo y lo mala que me reconozco en matemáticas, calculo lo suficiente como para saber que no es un descuento del 6 por ciento a la ropa y los zapatos de niños lo que va a convencer de parir a las mujeres cubanas.

Tomado del Blog Cuba Profunda.

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Una historia de tíos y guerrillas. #GKHolguin2016

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Cumpleaños de Isabella con cake

Un soplo de aire fresco. Eso es la guerrilla de blogueros, no importa quiénes vayan o cuán importantes sean quienes faltaron -Karina, Alba, Kmilo, Kike, Darío, Rodolfo, Carlos, Chely-, uno va y camina, y te pican los mosquitos, y te azota al sol, pero regresas con las pilas recargadas, con un optimismo que te alcanza, por lo menos, hasta los próximos seis meses.

Pero esta guerrilla, además, lleva el nombre de mi hija. Isabella colonizó los espacios, me transformó en cuestion de nada en una guerrillera preocupada, formal y abstemia, solo por la inmensa responsabilidad de cuidarla.

Isabella cumplió cinco años y fue en la guerrilla. Le faltaron, a juzgar por sus otros cumpleaños, muchas cosas. Velas y globos de muchos colores. Servilletas rosadas. Manteles. Poses. Amigos de su edad. Pero nadó en amores, amores de tíos grandes, que suelen ser tiernos y transigentes. Fue la niña del grupo, además de literalmente.

Su nombre en la maleta super pesada en la que faltaron muchas cosas, desde un pulover para la playa hasta el protector solar y el repelente, en las noches tranquilas para velar su sueño, sin escapadas, sin rones, sin enderezar las estrellas de tanto mirar, de tanto soñar desde tierra.

Por ella, vencí en parte mi miedo a los bichos solo para decirle, con toda la seriedad de la que soy capaz, que no hacen nada, ni los cocuyos, ni las lagartijas, ni el resto de los insectos que cada noche, en el campismo de Río Cabonico, acudían a venerar, en una danza de círculos hambrientos, la luz de la cabaña.

Por ella, subí la Loma de la Cruz. De descanso en descanso. Aguantando el resuello y las piernas. Por no dejarla sola, por no defraudarla cuando, varios escalones más arriba, me decía a modo de reproche y de ánimo. !Dale, mami, sube! Yo la miraba desde mi sima con orgullo, y un poquito de envidia. Y por fin, nos tiramos la foto detrás de la cruz, debajo de la bandera, con la ciudad casi anocheciendo a nuestros pies.

Por ella, llegaban hasta mi mesa el helado que Gretchen  no se pudo comer y al que Harold renunció para congratular a la cumpleañera, los dulces comprados por los “tíos” de manigua, Edel, Mayra, el Koka.

Por ella, recibí regaños y cocotazos. Porque no la supe peinar. Porque le corto las uñas al revés. Porque le dije que si no se portaba bien le bajaba un avión, con tripulación y todo. Porque no quise complacerla. Porque no quiso comer. Porque toma mucho refresco. Porque es tarde. Porque es temprano.

Con ella, conocí esa otra Cuba a la que nos invita cada encuentro. La que no sale en los lemas turísticos, y la que sale en los lemas turísticos.

En la ciudad de Holguín me marcó la Casa de Abuelos. Céntrica. Señorial. Limpia. Iluminada. Allí, además de libros y revistas, entregamos dos folletos con una brevísima selección de textos escritos por la Polilla Cubana. Ellos nos retribuyeron en atención y cariño. Una de ellas, hija de uno de los mártires de la provincia, nos pidió una dedicatoria que alguna mano escribió en azul. Otra le regaló a mi hija una jirafa de trapo, que un bloguero se apuró en bautizar como Koka y que mi pequeñuela todavía exige.

Me marcó el paisaje, en las vueltas de Mayarí. Los horizontes sembrados, la gente trabajando. Sacando yuca. Regando abonos. Los tractores. La vida. El Salto del Guayabo, magnífico y noble. Y allí, el cumpleaños con un cake enorme que no sabía por la puerta de aquel camión que nos llevó hasta allí.

Todo lo recuerdo. Todo lo vivo. Deberé contar más. Deberé.

Tomado del Blog La esquina de Lilith.