Banderas y marines #US #KerryEnCuba

Posted on

Banderas y marinesA mí me dicen la palabra “marine” y lo primero que me viene a la cabeza, para ser sincera, es la imagen de los efectivos norteamericanos borrachos, vestidos de blanco, trepando la estatua de José Martí en el Parque Central. Un pie en el pedestal de mármol, una mano en el hombro, otro pie impulsándole el cuerpo hacia arriba hasta quedar sentado sobre la cabeza de piedra. Lo que se dice una profanación de libro.

A mí me dicen “marine” y no puedo evitar el hipervínculo, la verdad. Por eso me ha costado sacudir la escena del subconsciente desde que leí en The New York Times la historia de los tres marines que arriaron la bandera norteamericana de su embajada en Cuba cuando esta isla y Estados Unidos rompieron relaciones diplomáticas en 1961.

Casi los linchan, recordó el Secretario de Estado John Kerry el pasado 14 de agosto; casi los linchan, pensé yo, como casi matan a pedradas a los marines que escalaron impúdicamente al Apóstol en pleno corazón de La Habana. Kerry hablaba y yo, comiéndome las uñas, intentaba no asociarlo con aquella noche de 1949 en el Parque Central.

Ni John Kerry, ni los marines que bajaron su bandera en medio de la turba dando muestras —eso sí— de tremendísimo valor tienen culpa de que sus coterráneos hayan paseado su insolencia por la capital de un país que suponían inferior. Tanto les dicen que Estados Unidos es la nación más grande del mundo, que ellos, confiados del discurso mesiánico, terminan por creerlo y, lo que es peor, actúan como si los demás no importaran. En 1949 y ahora, por supuesto.

Pero a cada cual, las cuentas que deben. No pienso ponerme fundamentalista ni dar lecciones sobre la verdadera naturaleza del Tío Sam, que ya para eso bastan y sobran ciertos comentaristas de la televisión cubana. No voy a condenar a unos por lo que hicieron otros, pero en principio habría que convenir en algo: el marine es un símbolo.

Una bandera también, es cierto, la bandera que bajó un nieto del Mayor General Vicente García de su asta en Washington y que nosotros volvimos a izar, 54 años después, en un gesto que tiene más de advertencia que de curiosidad bucólica: “Es la misma insignia, fíjense bien —decimos entre líneas—, hemos traído de vuelta la misma bandera, los mismos principios”.

Los norteamericanos no parecen haber guardado la suya. De lo contrario, no habría perdido oportunidad de elevarla, expertos como son en manipulaciones sutiles. Pero se trajeron a los tres marines: Larry Morris, Mike East y Jim Tracy, tres muchachos que enfrentaron a la muchedumbre en las afueras de la embajada y que más de cinco décadas después siguen allí para hacer el cuento, milagrosamente vivos.

Si se hicieron la promesa, demasiado profunda para tres jóvenes en la flor de los 20 años, de regresar a Cuba para izar de nuevo la bandera o si, por el contrario, el supuesto juramento fue apenas un ardid diseñado para conmover, no resulta en el fondo tan relevante como lo que el propio Kerry sugirió en su discurso: que Estados Unidos a la larga consigue lo que busca, demore un año, medio siglo o la vida entera.

Es lo que siempre digo: el marine es un símbolo. Y de peligro.

Tomado del Blog Cuba Profunda.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s