Gross casi cinco años en una prisión cubana ¿Por qué no actúa la Casa Blanca?

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Gross casi cinco años en una prisión cubana ¿Por qué no actúa la Casa Blanca?“El 2 de mayo cumplo 65 años y será mi último cumpleaños aquí”, anunció Alan Gross la semana pasada desde su celda en Cuba. Desde que fue detenido en La Habana el 3 de diciembre de 2009, por distribuir subrepticiamente equipos de comunicación satelital, como parte del programa de promoción de la democracia de la USAID, Gross ha languidecido en prisión –un símbolo de una política fracasada de la Guerra Fría para un cambio de régimen, y un sacrificio a la ambivalencia política del presidente Obama acerca de establecer una diplomacia con sentido de futuro con Cuba.

Ni siquiera la huelga de hambre de Gross durante nueve días el mes anterior para protestar por “la ausencia de cualquier esfuerzo razonable o válido para solucionar esta vergonzosa y terrible experiencia” parece haber alentado a la Casa Blanca a iniciar conversaciones directas con los cubanos para su liberación.  En su lugar, la administración una vez más, en contra de toda evidencia, ha colocado a Cuba en la lista de terrorismo –una acción que nada ayuda a Gross o a las futuras relaciones EE.UU.-Cuba.

Gross junto a Peter Kornbluh en un visita en el 2012.

Pero la administración Obama no puede darse el lujo de ignorar el ominoso juramento de Gross de regresar a casa “vivo o muerto”. Si se hace daño él mismo, le hacen daño o hace daño a otros –lo cual en su volátil estado mental creo firmemente que es capaz de hacer– no solo sería una tragedia para su familia, sino para los actuales y futuros intereses de política exterior de EE.UU. en Cuba. El destino de Gross tiene el potencial de provocar intensas presiones políticas partidarias para que EE.UU. flexione sus músculos y realice una escalada de las hostilidades con Cuba.

Un distanciamiento adicional en las relaciones con Cuba no solo daña los actuales lazos económicos, de comercio y culturales con la isla, sino que también aísla a Washington de la Unión Europea, la cual esta semana inició un diálogo formal con Cuba acerca del comercio, inversiones y derechos humanos, así como del resto de Latinoamérica, el cual está presionando para integrar a Cuba al sistema interamericano. También debilita los intereses políticos y económicos de EE.UU. en la lenta pero firme transición de Cuba que se aleja del comunismo.

Personalmente para el presidente, el caso del encarcelado subcontratista de la USAID amenaza la capacidad del presidente para cumplir con su propia promesa de campaña de “dar vuelta a la página y comenzar a escribir un nuevo capítulo en la política EE.UU.-Cuba”.

La amenaza de hacerse daño realizada por Alan Gross no sorprende a los que hemos experimentado de primera mano su extrema indignación y frustración –dirigida a su propio gobierno, el cual lo envió a Cuba haciéndose pasar como turista, y que ahora parece prácticamente haberlo abandonado allí.

Como subcontratista privado en las ciberoperaciones “discretas” de la USAID contra Cuba –las mismas operaciones que produjeron el reciente esfuerzo encubierto por crear una red similar a Twitter en la isla bajo el nombre clave de “ZunZuneo”– Gross fue arrestado en su quinto viaje a Cuba mientras intentaba crear en la Isla redes ilocalizables de comunicaciones satelitales; subsiguientemente, un tribunal cubano lo condenó a quince años de prisión por “delitos contra el Estado”.

Además de hacer repetidos llamados para su “inmediata e incondicional liberación”, la administración Obama no ha realizado un esfuerzo concertado para obtener su libertad, ignorando repetidas ofertas del gobierno de Raúl Castro para negociar una solución sobre bases “humanitarias”. “Tengo que pensar que ellos realmente no están haciendo nada”, me dijo Gross.

Durante mis últimas dos visitas a La Habana para impartir conferencias acerca de la solución de conflictos, visité a Alan Gross en el hospital militar donde se encuentra encarcelado. Desde noviembre de 2012, cuando pasé cuatro horas con él, y el fin del año pasado, cuando lo volví a ver, su condición física claramente había mejorado. Había recuperado veintitrés de las 110 libras que perdió. Me mostró con orgullo los músculos que estaba desarrollando con un régimen diario de ejercicios.

Pero su estadio mental se había deteriorado claramente, como se reflejó en unas razones irracionales para hacer ejercicios. Lo cual, admitió, era parte de un estratégico y aparentemente suicida plan de salida. Cuando le pregunté si estaba incrementando sus reservas para hacer una huelga de hambre, me dijo que no. En su lugar, miró hacia una puerta que separaba nuestra sala de reuniones del corredor exterior y señaló que era  endeble. Cuando señalé que había guardias bien armados al otro lado, declaró con una loca bravata: “No temo a nadie y Dios libre a la persona que se enfrente a eso. Soy una bomba de tiempo… tick, tick, tick hace el reloj”.

Su desesperada frustración se enfoca en lo que él percibe como la falta de un interés real por parte del presidente Obama para llevarlo de regreso a casa. “Estoy sufriendo ahora porque él no ha hecho nada”, aseguró.

Discutimos los obstáculos políticos a los que se enfrenta el Presidente. Tanto a nivel nacional como en el decisivo estado de la Florida, las encuestas de opinión pública han cambiado hacia un apoyo mayoritario a las relaciones mejoradas, pero Obama aún confronta una rabiosa resistencia conservadora al diálogo con Cuba.

Gross descartó la posición de los legisladores cubanoamericanos de línea dura, como el poderoso Robert Menéndez, presidente del Comité Senatorial de Relaciones Exteriores, quien objeta cualquier negociación con el gobierno cubano –en particular las conversaciones que pudieran desembocar en la liberación de Gross a cambio de la puesta en libertad de los tres espías cubanos que han estado encarcelados en prisiones norteamericanas desde 1998. “Si son locos irracionales”, sugirió él, “¿por qué no los ignora usted y es decidido, señor Obama?”

El Presidente, señaló, se dedicó a una diplomacia decidida con Irán acerca de las capacidades nucleares de ese país, e incluso realizó una llamada telefónica al presidente iraní Hassan Rouhani a fin de presionar a favor de las conversaciones. ¿Por qué Obama no puede realizar el mismo tipo de diálogo diplomático atrevido con Raúl Castro? “¿Usted quiere solucionar el problema? Levante el teléfono”. Irónicamente, fue Barack Obama el que, como candidato presidencial en 2008, prometió atrevidamente sentarse con Raúl Castro para mejorar las relaciones –como parte de  su filosofía de política exterior de que “es importante para EE.UU. no solo hablar con sus amigos, sino también con sus enemigos”. En aquel momento Obama se comprometió a buscar una “agresiva diplomacia bilateral y de principios” con Cuba.

La amenaza de Gross de una nueva huelga de hambre –o una forma de protesta más peligrosa– crea tanto un incentivo inmediato como una oportunidad urgente para el presidente Obama para implementar ese enfoque diplomático “de principios”. Como presidente en su segundo período con solo su legado en juego, Obama tiene una latitud extraordinaria para cambiar la historia oscura y plena de escándalos de las relaciones de EE.UU. con Cuba.

Al llegar Cuba al final tanto de la era de los Castro como de su fracasado sistema económico socialista, Estados Unidos tiene sustanciosos intereses bilaterales y regionales para terminar con lo que Henry Kissinger una vez llamó “la perpetua hostilidad” de la política de EE.UU. hacia Cuba y unirse al resto del mundo en una postura de relaciones positivas con La Habana.

“EE.UU. y Cuba deben sentarse a hablar y “tachliss” –en Yiddish, ‘ir al grano’– “y acordar un pacto de no beligerancia,” me dijo Gross cuando lo conocí. “Quiero ver conversaciones incondicionales” reiteró en diciembre pasado. Su futuro  y el futuro de las relaciones EE.UU.-Cuba dependen de que el presidente Obama siga este consejo.

Foto: Judy Gross habla en un mitin in West Palm Beach, Florida en pro de la liberación de su ex esposo. (Reuters/Joe Skipper)

 

Fuente: Progreso Semanal.

 

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