Viñales, punto de partida

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Mira que le he dado vueltas a la idea de cómo empezar este post. Dice el profe Luis Sexto que los inicios siempre son los más difíciles, yo creía que no, que eran los finales, pero ahora no sé qué decir o quizás sea todo lo contrario que tengo mucho que decir, lo que no sé es por donde empezar. 


Matanzas- La Habana
De 3:30 p.m. a 4:00 p.m. acordamos vernos en el viaducto de Matanzas. El destino: el valle Viñales con escala en La Habana. Al llegar, ya Yairis y Arnaldo hacía rato estaban allí. Con mochila y bolsos al hombro nos trasladamos hacía el paseo Martí porque ninguna “botella”, como le llamamos al transporte que nos lleva por 20 pesos hasta la capital, ya sea un carro estatal o una guagua, no nos paraba.
En la nueva ubicación estuvimos horas. Hasta que al fin, nos montamos en una de esas guaguas como caídas del cielo, con aire acondicionado y todo. La única que cogió asiento fue Yairis, Arnaldo de pie y yo sentada al fondo, en el piso.
De noche invadimos La Habana. Llamamos a Camilo y él nos dijo que fuéramos para su casa, que nos tenía preparada comida, pero el hambre que llevábamos no nos dejó evitar comernos unas deliciosas galleticas de chocolate que Yairis compartió en un banco del Parque Central.
Luego nos dirigimos al Parque de la Fraternidad a coger un taxi hasta Guanabacoa. Un hombre que hacía de intermediario para conseguirle pasajeros al chofer nos preguntó:
-¿Para dónde van?
-Para Guanabacoa -respondimos los tres a coro-.
-Pero, para que parte de Guanabacoa -insiste-.
-Pues, ummmm, no sabemos y nos miramos las caras.
Espera, espera, y saca Arnaldo un papelito. Aquí dice, por la termoeléctrica…., doblar a la izquierda, coger por un trillito…
-Y eso es una dirección o una carta, se ríe el hombre…
-¿Cuánto nos cuesta?
-Cinco pesos
-No, que va asere, mira que nosotros no somos de aquí, y mañana nos vamos para Pinar del Río y no tenemos tanto dinero.
-Bueno, cuatro, menos no puede ser.
-Está bien, cuatro entonces.


Qué dolor nos dio, pero a esa hora, no nos quedó de otra. Por suerte el chofer conocía la zona y nos dejó en la puerta de la casa de Camilo. Camilo no solo nos ofreció un techo y su propia cama para dormir, sino que tanto él como su familia, especialmente su mamá, nos llenó de atenciones, y esa hospitalidad, se ve bien poco en estos tiempos modernos y se agradece.


La Habana-Pinar-Viñales
Sentí un ruido bien temprano. Afuera oscurecía todavía. Era Camilo haciendo batido para el desayuno, y al despertarnos ya estaba servido a la mesa. Así es Camilo de especial con sus amigos, y no amigos. Yo odio levantarme temprano, pero el lugar adonde me dirigía valdría la pena hasta que dejar de dormir una noche entera, si fuese necesario.
Una nuevo día y un largo viaje nos esperaba. El desandar montes y ciudades, con espíritu guerrillero, se tornaba una opción apetecible.
De Guanabacoa un camión de cinco pesos, otra guagua y otra hasta 100 y Boyeros. No veíamos a nadie, me asusté un poco. Pero al frente se encontraba parte del grupazo que se internaría en los mogotes pinareños.
Otro camión hasta Pinar. El sueño, el cansancio y la gripe que se gestaba en mi interior casi me vencían, pero por suerte duermo casi en cualquier lugar, tengo un sueño de plomo y ya había tomado cogrip. En el camión se sentía el furor, la alegría de quienes hacía tiempo no se veían. Había caras conocidas de la facu, del face, pero allí todos me eran familiares, hablábamos el mismo código, no existían distancias.
Unos leían, otros no paraban de reír, otros no paraban de conversar, muy normal dentro del gremio periodístico, extraño sería que no hablaran. El camino se tornaba agradable, el gris de la ciudad y sus matices se sustituían por el verde, verde de los campos, de las vegas de tabaco.
Por un momento intenté leer, pero los saltos del camión, me lo impedían.
Era un jueves, pero en Pinar parecía domingo, las calles se encontraban casi semidesiertas. Caminamos hasta el estadio y allí nos esperaban los blogueros de la provincia y nos esperaba OTRA GUAGUA…
De la ciudad de Pinar a Viñales, era como adentrarse en otro universo, la naturaleza, el clima, las casas… eran diferentes. Y por fin, después de este largo viaje, arribamos al campismo Dos Hermanas. Y con nosotros la lluvia, y con ella muchas historias que no caben en este post.

 

Fuente: La cachaza del otoño.

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