Sonrisa de maniquí

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ManiquíCuando entro a una tienda recaudadora de divisas del único que no espero un maltrato es del maniquí, y en honor a la verdad, preferiría escribir de estos modelos con sus poses manieristas, cuellos delgados y miradas orientadas hacia ningún lugar, que de los malos ratos que sufro en ocasiones al arribar a estos locales, lo mismo da TRD, Caracol que Cimex, en todas puedes tropezar con similar problema.

No me referiré a la pésima calidad de diversos artículos, que tal pareciera que arriban con fecha de vencimiento; tampoco a la desaparición de otros, que impiden la fidelización del cliente con determinados productos; me remitiré a algo que atañe a dichos establecimientos de ventas, y que por suerte no se necesita viajar a otro planeta para su solución, simplemente que cada quien haga su trabajo.

Sé que en ocasiones, cuando un medio de prensa lanza una crítica, se arma el revuelo, porque -humanos al fin- no nos gusta que nos señalen con el dedo, o que nuestras deficiencias aparezcan reflejadas en la radio, la televisión o el periódico, pero cuando no abordamos los problemas corremos el riesgo de que pasen de soslayo ante nuestros ojos, y por no atajarse a tiempo, nos pueden devorar como Polifemo.

Tengo dos cosas bastante claras respecto al tema: la primera, el salario no será la solución a muchas de las tantas dificultades que se han entronizado en nuestra sociedad, porque los dependientes de estos lugares son mejor remunerados que otros sectores de la economía, y a veces, su entrega y dedicación dejan mucho que desear.

Que levante la mano quién no ha sufrido desatención en una tienda. Yo, en lo particular, puedo relatar un cúmulo de tristes memorias y haría extensísimo este comentario.

A manera de ejemplo, noto que en ocasiones al traspasar el umbral soy el hombre invisible; en otras, siento todos los ojos sobre mí cual si yo fuera un vil delincuente.

Debo reconocer que muchas de las agraciadas dependientes permanecen de pie en el salón horas y horas, y quizás el cansancio provoca que ignoren al cliente, quien nunca cuenta con la pertinente y siempre bienvenida orientación.

También me ha sucedido que al adquirir, digamos, una crema de afeitar, ante la escasa gestión de venta descubro que no es la que buscaba, y cuando me arrepiento de la compra, la caja registradora me impide retractarme. ¡Una máquina! decide por mí, sentenciándome a la insatisfacción.

Pero también puedes tropezar con el peor semblante, la cara adusta, la mirada hostil o la apatía al pedir determinada explicación sobre qué champú alisa mejor el cabello, sencillas preguntas que no entiendo cómo consiguen el encrespamiento de algunas vendedoras.

No pecaré de absoluto, no son todas ni  todos los dependientes, pero el mal existe, y como dicen los guajiros una papa podrida…  Yo me pregunto entonces: ¿para qué tantos requisitos para trabajar en una tienda?, y luego, ¿qué materias les enseñan en los cursos?

No agregaré nada más, porque entiendo que donde ocurren los males antes expuestos la evaluación del desempeño es letra muerta, como esos papeles amarillentos que cuelgan de muchos murales asegurando que el cliente siempre tiene la razón, más bien la desazón, diría yo.

Y de la sonrisa menos diré porque creo que más fácil será ver reír a uno de los tantos maniquíes, que te reciban con una amplia sonrisa en una tienda.

 

Fuente: El Blog de Arnasldo Mirabal – Revolución.

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