Ni musical ni academia

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Ni musical ni academiaNo es la burda copia de los seriales extranjeros lo que me molesta; ni siquiera el cartelito de “musical” con el que se ha vendido sin que los momentos de canto y baile lo justifiquen. Lo que en verdad me enerva de SOS Academia es la ira contenida de todos sus personajes, la incomodidad constante en la que parecen discurrir como si fuese lo más natural del mundo que se maltraten, se griten, se insulten los unos a los otros.

Debo confesar que veo la serie, religiosamente, cada martes y jueves desde que comenzó la programación de verano, no porque disfrute ese tipo de culebrones al estilo Un paso adelante o El internado -dos de los productos audiovisuales españoles que, sin dudas, le sirven de referente-, sino porque pensé: “Está bueno ya de ser hipercrítica con la televisión cubana, vamos a darle un voto de confianza”; pasada la media hora, sin embargo, lamento haberme expuesto a la autoflagelación.

Es, como tantas, una serie que no se propone ser creíble: ni los permanentes estados de mal humor, ni las discusiones insulsas de los estudiantes -por más que intento no termino de aprenderme ningún nombre-, ni los métodos dictatoriales de los profesores pasan por verosímiles a fuerza de reiterarse en todas las escenas.

No se trata de la tirantez esporádica, común en los centros internos; se trata de la tirantez absoluta, de la absoluta falta de cordialidad orquestada por unos guionistas que supongo hayan compendiado los más disímiles motivos para molestarse, con lo cual, por ende, consiguen contagiarle la molestia al espectador.

Consiguen contagiármela al menos a mí, que me pregunto siempre por qué han encasillado a Luisa María Jiménez en esos personajes temperamentales, tiránicos; por qué el ceño fruncido es la expresión más común en todos; por qué hasta la rutinaria limpieza de un baño -de beca del primer mundo, por cierto- puede dar pie a una escaramuza vacua, intrascendente.

Viendo cada martes y jueves cómo la chica punk ofende al camarógrafo del reality show, cómo la muchacha de los dreadlocks chantajea a la mulatica de la voz gutural, no logro sino indignarme por la carga ideológica que los realizadores manejan tras bambalinas y le inoculan al televidente como quien no quiere las cosas: que el mundo del espectáculo es así, lleno de dobleces y frivolidades, y que para triunfar en él no basta con el talento.

De modo que continúo sentándome, estoicamente, frente al televisor, no confiando en que SOS Academia llegue algún día a seducirme -a estas alturas ya sé que es imposible-, sino para constatar de qué artilugio se valdrán los guionistas para resolver las crisis ficticias que han armado por los pelos.

En definitiva, cazar los gazapos de este dramatizado con más pretensiones que aciertos es un buen ejercicio mientras comienza Anatomía de Grey, única serie que no me deja con la extraña sensación de estar perdiendo el tiempo.

 

Fuente: Cuba Profunda.

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