¿Las últimas horas de La Cuevita?

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Todas las ciudades son en realidad imaginadas, y por esas rutas caminan nuestros cuerpos e identidades. Las narrativas urbanas organizan el circuito citadino. Unos espacios son criminalizados y otros enaltecidos. El imaginario urbano exterioriza la estratificación social y los estereotipos lo afirman.

San Juan de los Pinos, conocida popularmente como La Cuevita es uno de estos barrios del municipio San Miguel del Padrón en donde el delito y la marginalidad se han ganado un puesto en la leyenda negra habanera. En este pueblo de casas bajas se encuentra el mercado La Cuevita, como se le conoce en el resto de la capital, o La candonga, como le nombran los residentes de esa barriada –una voz que remite a los años de Angola, en los que muchos de los 50 000 cubanos que por allí pasaron reaprendieron las mañas de la compra-venta ilegal, en pos de la anhelada quincalla.

Las vendutas del mercado se improvisan en espacios hacinados y enrejados. Se adaptan a pequeños portales, azoteas, solares y pasillos, y el espíritu de la informalidad genera una estética del enclaustramiento y lo efímero. Nada permanece. La mercancía se mueve al ritmo de la sospecha y de vendedores furtivos que se escurren ventiladores en mano por las entrecalles de la Cuevita.

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El mercado no es homogéneo. Entre la multitud y los gritos-pregones, las miradas tensas y rostros veloces, el mercado está como listo para fugarse a la menor señal, es el cautivo de su propia incertidumbre. Pero permanece.

Se juntan un puesto tras otro de bisuterías industriales y en menor medida las artesanales, plomería y toda la parafernalia común y similar en precio al resto de los timbiriches habaneros. Los vendedores de todas las regiones y entonaciones están parapetados entre consignas revolucionarias y la cartelería del incipiente mercado. Así se precipita el mercado calle abajo hasta el río, que es su fin, contaminado con aguas negras, escombros, y desechos de todo tipo.

El imaginario popular supera la realidad del mercado, al menos en lo visible. Lo que no se muestra, las redes de suministros y control de los espacios de venta, y la mercancía es harina de otro costal.

La Cuevita es un imaginario conveniente para la lógica habanera del rebusque y la lucha, un espacio último donde existe cierta tolerancia para resolver algunas necesidades cotidianas signadas por la precariedad. La Cuevita nos devuelve nuestra propia imagen, en la que el ciudadano común también está desestructurado, inventando, resistiendo y listo para la fuga.

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En la mayoría de las ciudades capitales existen mercados como este donde conviven intercambios formales e informales, y donde el límite no lo sitúa lo prohibido sino la necesidad, ya que lo ilegal es parte de la propia lógica del mercado y, de las estrategias de las resistencia y las periferias sociales.

La Cuevita es un fragmento de un contexto más amplio del municipio de San Miguel del Padrón en esta Habana en crisis. Es un reparto inscrito en el área del Consejo Popular Luyanó Moderno que la enciclopedia virtual Ecured.cu (http://www.ecured.cu/index.php/Luyanó_Moderno_(San_Miguel_del_Padrón)), describe así: “El Consejo Popular tiene serias dificultades con el estado constructivo de las viviendas, sobre todo con las cubiertas ligeras, los salideros de agua potable y albañales, el estado de los viales y la carencia de transporte”. (…) “En el territorio existen 8 128 viviendas, de ellas 3 252 en buen estado, 2 194 en regular estado y 2 682 en mal estado. Más del 50% de los inmuebles están en regular y mal estado”.

En ese mismo Consejo Popular se localizan cinco asentamientos ilegales, conocidos como el Callejón Los Chinos, Los Mangos, 114 y final, Iris y Final y Las Granjas. A estos se suman barrios insalubres y ciudadelas, en donde se encuentra el no menos famoso barrio de La Corea.

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La Cuevita, que es una representación del contexto sanmiguelino y urbano de la capital, visibiliza las crecientes desigualdades y la depauperación de las cuales imaginaba haber escapado la sociedad cubana.

Este espacio urbano se asemeja en contradicciones a otros escenarios latinoamericanos y mundiales, y es la muestra de ineficientes políticas sociales que han acentuado las relaciones de supervivencia y marginalidad.

La candonga de La Cuevita está lejos de ser el problema a resolver, por vías policíacas y legales. El contexto en que se asienta es la premisa para el cambio, sin políticas donde se gestionen las vulnerabilidades y asimetrías históricas no habrá consenso y alternativas para otro modelo de desarrollo.

La candonga parece tener muchos ojos encima. Al mercado, donde predominan las ofertas de calzado y ropa industrial, le toca el mismo ultimatum que a los vendedores de ropa por cuenta propia de toda Cuba, dispuesto hasta el 31 de diciembre de este año.

Pero se especula entre los vendedores que el mercado de La Cuevita tiene las horas contadas. El 3 de diciembre es la fecha presumida. Pero en los mercadillos, callejuelas, timbiriches reina la tranquilidad y aún peregrinos de todas partes de la Isla vienen en busca de un codiciado polvo para blanquear ropa empaquetado en pequeños sobrecillos de nylon.

Algunos vendedores creen que el cierre de sus vendutas de ropa sería el preámbulo de una nueva patente legal para este tipo de actividad, más amplia y flexible.

Es posible que este mercado-cuevita sea desarticulado, pero es seguro que esta trama se repetirá y otras formas de mercadeo persistirán, más o menos organizadas popularmente, donde seguirán coexistiendo como posibilidad,  lo prohibido y lo legal.

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*Daniel Álvarez Durán es sociólogo e investigador. Las fotos incluidas también son de su autoría.

 

Fuente: Progreso Semanal.

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