El revolucionario en su laberinto

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El revolucionario en su laberinto

Por Claudio Pelaez Sordo

Madiba va a morir. Fidel Castro también. Los hombres que marcaron una época por sus acciones han llegado al siglo XXI solo para ser testigos de una sociedad que no es la que ellos quisieron. El único consuelo es el de estar en una sociedad mejor que la que ellos vivieron. Y hasta eso es cuestionable, pero quien escribe sí cree a este país mucho mejor que el vivido por Fidel cuando intentó transformar junto a sus amigos aquella realidad.

Transformar que significaba revolucionar, que significa ser revolucionario y asumirse como tal. Pero en aquellos años el término no estaba tan desgastado y descontextualizado como ahora. Estaba de moda, pero no todos lo usaban. Hoy todos lo usan y no está de moda. Y el hombre del siglo XXI no quiere esa etiqueta. Es más, no quiere etiquetas.

¿Por qué? Porque teme a las malas interpretaciones y está dispuesto a sacrificar, omitir, silenciar una palabra que no lleve a criterios erróneos y prejuiciados. Mas no sacrifica su espíritu. Porque un término tan gastado como revolucionario ya no dice lo que en su momento gritaba. Porque quiere salirse de la línea oficial y los documentos que han tenido una puesta en escena alejada de su letra. No quiere ser becario del pensamiento conservador, esquemático y dogmático de esos otros, incluso oportunistas, que se han asumido a ritmo de bombo y platillo.

El revolucionario de hoy, el que no se asume como tal, cree que este no es el momento para rectificar el concepto, enrumbarlo o ensancharlo. Prefiere dejar esa línea vacía para cuando el término se haya olvidado, regresar y completar el espacio vacío. Solo puede suceder que para ese regreso el espacio ya tenga una etiqueta que los criterios prejuiciados se encargaron de llenar. O que las etiquetas surgidas por el camino nunca lo dejen llegar a completar el pedazo de papel en blanco.

El revolucionario de hoy quiere ser tan revolucionario que no se califica. Quiere crear diálogo y en función de ello sacrifica el término. El revolucionario de hoy día vive, existe, pero nadie lo sabe. Mientras otros aprovechan la coyuntura para usurpar el término y decodificar aberrantemente su concepto. La generación de hoy nació sin el pecado original, pero peca, continúa pecando y eso la hace hereje, revolucionaria. El revolucionario de hoy día camina por un laberinto, por los mismos que anduvieron sus predecesores, tratando de encontrarse y sabiendo rectificar a tiempo sus errores.

Madiba va a morir. También Fidel Castro. Los más revolucionarios del siglo XX en praxis y etiqueta.

Los revolucionarios del siglo XXI, o mejor, los del siglo XXI, seremos esparcidos en cenizas, pero antes los revolucionarios del siglo XXII dirán: “A los revolucionarios que tuvieron miedo de asumirse como tal”.

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