Pasajero de tercera clase

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Pasajero de tercera clase

Viajar es caro, y más cuando “ajenos” lo encarecen

Terminal La Coubre, 7:00 am. La fe en un viaje rápido domina el paso. La cartera endeble no aporta muchas esperanzas de gastos. El día apenas comienza y un montón de realidades –surrealistas, insultantes– se develarán a cuenta gotas, siempre bajo la hegemonía de la espera.

Un hombre cercano a los cuarenta años vocea “Ciego, Ciego…” y aunque sé que no puedo costearme sus voceos –si es carro particular, si es en divisa– me acerco, no me acerco, al fin lo dejo ir. Pero la curiosidad, la necesidad de llegar rápido me empuja, y le pregunto: ¿cómo es eso de Ciego bróder? Guagua chama, en la primera que salga te monto: cinco CUC más el pasaje. No, gracias, man, no llego allá. Te lo dejo en cuatro. No gracias… –y sigo con resignación a anotarme en mi lista de espera.

Las horas pasan y yo espero. Un llamado. No clasifico. Otro más. Tampoco. Y los cigarros y la lectura no logran apaciguarme la ansiedad.

Sin embargo, los ojos de periodista me impulsan al ejercicio de escrutinio perenne de cuanto me rodea. Y voilá: el dinero, el tráfico de influencias, la desidia total en el sistema de organización de la terminal pasan por delante de mí sin el más mínimo pudor.

Varios tipos vestidos de civil –sin uniforme de transporte– anuncian destinos a los que esperamos. Presumiblemente son para carros de alquiler que afuera de la terminal botean para cualquier provincia por astronómicos precios en CUC. Pero solo presumiblemente. No vocean destinos para carros de alquiler, sino para las guaguas que una tras otra llegan de la terminal central, en el municipio Plaza de la Revolución.

Uno de los tipos de civil encuentra su “mejor postor”: que está esperando igual que yo pero también tiene el dinero suficiente… Conversa con él en el más torpe tono de conspiración. Caminan juntos fuera de la vista de la mayoría y se lo presenta a uno de los empleados de la Coubre. Diez minutos después, en el próximo llamado de lista de espera, el “mejor postor” tiene su boleto sin problemas, y yo espero, observo.

(Entonces me digo: ahora mismo me importa un carajo el moralismo, la legalidad, si contribuyo o no a la proliferación de estas conductas; quiero irme y si tuviera el dinero lo pagaba. Pero en realidad lo tengo, lo tengo y más allá de una aducible tacañería, lo que en verdad me frena es el moralismo, la legalidad, la negación a contribuir… y que no me da la gana de pagar por lo que no está hecho para ser vendido. Y recuerdo todas las veces que lo he tenido que hacer, y me jode que lo necesite hacer. Y termino mi monólogo interior para seguir observando, esperando)

En unas horas más, y con algo de pericia, logro captar el sistema. No son solo los tipos de civil, también los empleados buscan, sin ningún disimulo, su tajada en este pastel de necesitados, de “esperadores”. De un lado a otro pululan en busca de “mejores postores”. Los encuentran, pactan las condiciones y “dinero al bolsillo” y “viaje resuelto” son los resultados finales para ambas partes de la “transacción”.

Yo, como la gran mayoría –pasajeros de tercera clase que no pueden, o no quieren pagar– observo, me impaciento, fumo, leo, espero.

¿Carencia económica, falta de transporte, indolencia…? Un montón de posibles causas. Pero solo un problema: corrupción. Y el mercado de la necesidad llega a cualquier lugar de la institucionalidad cubana sin el más mínimo freno, sin control.

Y no es solo en La Coubre. A lo largo de todo el país, la venta de pasajes “por la izquierda” les resuelven a unos, incomoda a otros, y hacen de un trabajo en Ómnibus Nacionales, a fin de cuentas, uno de los más codiciados en el país. ¿Por qué…?

(Yo, en mi monólogo interior, aunque demonio y ángel se debatan en un sinfín de cuestiones morales, me digo que esperaré cuando no tenga, pero cuando tenga, no esperaré. Más y grandes cosas tienen que cambiar en Transporte y no dependen de si yo pago o no)

Seis horas después, luego de tanta espera, solo un milagro divino me hace el único pasajero que llaman en la lista de espera. Al final, con hospedaje en casa de amigos incluido, el viaje a casa me habrá durado todo un día: ¿por no pagar, o por que quieren obligarme a pagar?

Este post será lo único que me salve de un silencio consentidor.

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