Soy periodista | Cartas Desde Cuba por Fernando Ravsberg

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Soy periodista.

Por: Yisell Rodríguez Milán

“Soy periodista”, le dije a un tipo como de 45 ó 50 años allá en Guantánamo. Compartíamos un coche (conste que tirado por caballos) que nos llevaría desde el centro de la ciudad hasta las inmediaciones del Periódico Venceremos,donde yo trabajaba, y él, que me había preguntado viéndome tan joven mi oficio, arrugó el ceño. Con cara de incredulidad disparó: Tú no sabes en qué lío te metiste. El periodismo aquí es lo imposible. Pocas veces dicen lo que uno quiere oír, y cuando lo dicen lo dicen a medias.

Esta no era la primera vez (ni fue la última) que algo así me sucedía y, como casi siempre, excepto cuando la persona se cierra al diálogo, procedí a explicarle la dinámica de mi periódico, que no es toda la prensa ni es todo el periodismo que se hace en el país aunque no deja de ser un reflejo –más para bien que para mal- de lo que está ocurriendo.

Y él, insistente, me habló de publicar crímenes y robos, de denunciar hechos de corrupción, caraduras, ilegalidades en la Vivienda, en el Comercio, los líos del Transporte, la escasez de comida … porque “este país está lleno de aprovechados, de lacras que viven a costa de los que trabajan en serio y nos hacen la vida más difícil”, me reprochó.

Le respondí que en “mi periódico” -porque cuando uno es reportero suele hablar así como apropiándose – ya habíamos publicado de todo eso, menos crímenes. Tenemos una sección donde se tratan temas relacionados con la justicia: lo mismo que él decía no ver, y los problemas relacionados con la Vivienda, el Comercio, el Transporte, y los Alimentos tiene el lugar más alto en el “hit parade” de lo abordado de manera crítica, sistemática y sin cansancio por los periodistas cada semana sin que nada cambie, y no por culpa nuestra, pues exigir esos cambios están las estructuras de dirección y gobernación.

Pero él no entendió. Como tampoco entendió que en un periódico completo no todo puede ser la crítica o la linda crónica literaria, que no debe faltar en sus páginas para que se refleje de verdad la vida de la provincia, pero que no puede estar en las 8 páginas de un semanario donde además deben estar las informaciones sosas y sin picante pero necesarias.

El problema, le dije, no está ahí. El problema del periodismo nuestro –y ahora sí hablaba del país- es que nos hemos adaptado al facilismo, el acomodamiento, la autocensura y a que todos, incluso algunas fuentes de información que se sienten con ese derecho, nos digan cómo hacer nuestro trabajo. Cuando no es el directivo quien pone las trabas para que se publique, se las pone el mismo periodista porque sabe que es un tema difícil, porque tendrá que recurrir a muchas fuentes antes de sacar algún problema, porque no tiene tiempo, porque quienes deben darle la información no se sienten responsabilizados con responderle al reportero, que es a su vez responderle al campesino, al cuentapropista, al pasajero, al vecino, a la familia, y a uno mismo, por dignidad.

Tampoco se trata mucho o nada –esto sí es a nivel nacional- la polémica racial que hoy circula por la blogosfera y los medios digitales cubanos, de la blogosfera en sí, del limitado acceso a Internet, de los vagabundos en nuestras ciudades, de nuestra educación que va en picada. Nos hemos adaptado, como robots, a tratar siempre los mismos asuntos y usualmente, con excepción de algunos dignos y dignas profesionales de la prensa, de la misma aburrida manera.

Si hay un oficio maldito en esta Cuba de hoy ese es el mío. Por supuesto, yo no lo sabía cuando lo elegí hace ya casi siete años y, aunque no me arrepiento, eso da la medida de cuán deprimente era la formación vocacional en mi preuniversitario.

Siempre me pareció, inspirada por Eduardo Galeano, García Márquez, Padura, y Sergio Berrocal, a quien descubrí en algunas páginas del Orbe, que haría un periodismo así: entusiasta, aventurero, picante, creativo, donde diría lo que quisiera como quisiera, libre de ataduras formales, de reglas, de fronteras… Lo idealicé demasiado. Acepto eso.

Mis sueños, rebeldes como son, ignoraron porque les dio la gana que todo medio de prensa tiene sus políticas informativas y editoriales, que las características sociodemográficas de la zona donde trabajas impone sus condicionantes, que las fuentes pueden ser escurridizas, secretosas, ariscas, secas, mentirosas, cerradas, burocráticas, academicistas, y a veces, solo a veces, se muestran dispuestas a brindar la información pública que necesita la gente de a pie.

Dice Pascual Serrano que en los países capitalistas la cosa es peor. Yo no sé. Solo sé lo que veo, y lo que veo lo veo en uno socialista. Pero él, que ha estudiado la comunicación como ciencia, dice que allá es peor: Observamos un bombardeo mediático de campañas de donaciones de juguetes, recogida de comida no perecedera, aplauso a los comedores sociales y bancos de alimentos. Los medios celebran el aumento de cifras de recogida de alimentos, en lugar de preocuparles el aumento de usuarios de esos alimentos procedentes de la caridad. El objetivo es presentarnos como buenas noticias una realidad dominada por las malas. La caridad, patrimonio de las religiones, es aupada a política de Estado y principio rector de la sociedad. Así encontramos administraciones públicas, como la Diputación de Granada, que, mientras despide a los trabajadores sociales, convoca una recolecta de juguetes para niños pobres. Los bancos que no dudan en echar a la calle a las familias que no pueden pagar su hipoteca instalan cajones a la salida de los grandes almacenes para que los clientes dejen allí alimentos donados a comedores sociales”. (La crisis y los medios de comunicación: humillación y caridad, 29/12/2012)

Ironías. Los medios de comunicación, de todas partes, potencian lo políticamente bueno y dejan lo malo para el resto de la humanidad. Yo, que no dirijo ningún de aquí y menos que menos de allá, solo soy periodista. Una periodista joven a quien le gusta el reporterismo en Cuba, en esta Cuba, aún cuando eso sea más polémico que el trabajo de un piojo en una cabeza de plástico….pero con la esperanza de que un día, quizás después de este Congreso de la UPEC o más tarde, eso de maldito que tiene esta profesión aquí, cambie.

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