III Clásico Mundial de Béisbol: “Necesidad” de la derrota

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Opinión de sobre la actuación del equipo de Cuba durante el III Clásico de Béisbol, donde el equipo nacional cayó ante Holanda congelando las intenciones de llegar al semifinal y las esperanzas de los amante de este deporte en la Isla

clasico Por Osviel Castro

En Cuba a nadie –o una inmensa minoría- le gusta escribir sobre la derrota en el béisbol porque este es sangre en nuestras arterias y latido del alma nacional. Sin embargo, a veces, la derrota hace falta para que la realidad nos pellizque y nos acabe de lanzar de la cama vanidosa en la que, con frecuencia, solemos acostarnos a pesar de reiterados fracasos del pasado.

No es que me alegre del quebranto de Cuba en el III Clásico Mundial de Béisbol; pero si la selección patria hubiese conseguido los cuatro outs que le faltaban para conseguir la victoria ante Holanda y así se hubiera inscripto entre los llamados “cuatro grandes”, difícilmente estuviéramos hablando hoy de las incuestionables lagunas de nuestro deporte nacional.

Es muy probable que hoy todo fuera loas, discursos, arengas, elogios a los peloteros, a nuestros directivos técnicos y a la “calidad” de la Serie Nacional. Lo escribo porque en 2006, cuando Cuba consiguió un impensado segundo lugar en el I Clásico, nos lanzamos a un incontenible río de halagos y no reparamos en las sombras que desde entonces asomaban en la pelota del país.

Hace siete años, el 29 de marzo de 2006, días después de aquella competencia, escribí desde mi modesta posición un trabajo en el periódico Juventud Rebelde, titulado “Sí, pedimos más”. Ahora, consultando viejos materiales, lo he encontrado y, asombrosamente, muchas de aquellas ideas conservan plena vigencia, una prueba inequívoca de que las asignaturas pendientes siguen ahí, casi en el mismo lugar.

“El Clásico nos demostró –sentenciaba- que nos urge seguir buscando esa ideal (y en algunos casos lejana) integralidad. Es decir, que los peloteros de la selección nacional tengan, por lo bajo, cuatro de las cinco puntas que reclaman los entendidos: bateo de contacto o bateo de promedio, correr rápido, fildear bien y tirar con potencia y precisión”.

 

Y párrafos más abajo apuntaba: “Esa integralidad referida presupone enseñar a todo nuestro equipo a tocar la pelota cuando menos para adelantar a los corredores”.

Ya vimos este Clásico y apreciamos cuánto nos hemos estancado –y hasta retrocedido- en ese importantísimo reglón del juego táctico.

“Los cubanos necesitamos, también, exhortar por enésima vez que termine de estimularse la dichosa especialización de los lanzadores”, proseguía aquel comentario.

Este evento no fue la excepción en la filosofía de la improvisación, algo que quedó demostrado en la brusca conversión de Vladimir García –por solo citar un ejemplo- de cerrador anunciado en abridor, y solo porque “pidió la bola” en el choque crucial ante los holandenses.

Si esa derrota no se hubiese concretado probablemente hoy anduviéramos con Víctor Mesa cargado en hombros. Por eso, de cierta forma, es aleccionador este episodio. Ahora, con estas lluvias, muchos han alcanzado a descubrir que un director técnico necesita ser una persona ecuánime, que aglutine y fomente la armonía, la paz y la confianza, y no un incontenible “verbalista” que presione desde el banco –y en el propio terreno- con gestos desmesurados y expresiones distantes de un verdadero profesional de la conducción.

No tengo, por supuesto, nada contra él. Esa es su personalidad y nadie la puede cambiar a estas alturas. Fue, para mí, una extraclase como pelotero, no solo agresivo y entregado en el terreno, sino también habilidoso, inteligente, líder. Pero no es lo mismo la grama que el puesto de timonel. Quienes rigen el béisbol en el país tienen también que trabajar con intensidad y rigor en ese aspecto más allá de nombres; es decir, trabajar en la búsqueda de conductores que sepan estudiar mejor a los contrarios, que hagan del béisbol una cátedra y no un capricho personal; que construyan y dejen huellas profundas de formación y civismo en sus pupilos.

Mesa, al menos, tuvo valentía y se atrevió a cambios que ni pensaron otros. Y mañana –un mañana acaso lejano, nadie sabe- vendrá otro piloto menos acrobático y menos temerario; mas, para avanzar, tendrá que montarse en la nave del estudio, de la enseñanza, de la maestría ajena a la improvisación, de la profesionalidad que implica dejar las diferencias o las simpatías personales a un lado.

Si esa derrota no hubiese llegado no pudiéramos rebatirle los argumentos del conocedor Frangel Reynaldo, quien nos ha dicho, en otra palabras, que no somos “segundones” en el béisbol, algo que sí fácilmente refutable a pesar de guarismos y tablas.

Esta derrota termina de confirmar lo que expuse hace siete años justos en el último párrafo del citado comentario periodístico: “No se trata de una ubicación decorosa o impensada en la tabla de posiciones. La cuestión radica en elevar el techo, corregir defectos, acercarnos a la perfección, “copiar” de las escuelas norteñas, de las asiáticas y de cuantas sea posible y acoplarlas a la nuestra”.

Pero eso no solo se logra con deseos sino con acciones concretas que no acaban de cuajar.

 

 

Fuente: La Chiringa de Cuba.

 

 

 

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