Otra necrológica: Chávez y yo

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Lo confieso, la muerte de Chávez me impresionó, y eso que en apenas dos meses se me ha muerto demasiada gente cercana. De cierta manera esperaba que se curara, como si la gente como él no fuera a morirse nunca. Pero el Cangrejo no cree en nadie, ni siquiera en los imprescindibles…

 

 
Y como sobrarán quienes amplifiquen sus virtudes y defectos, prefiero contarles un par de anécdotas mías con el Comandante Presidente, como me gustaba decirle, imitando su cantaíto llanero que contribuía a su leyenda de estadista sui géneris.

 
La primera ocurrió en 1999. Cuba era sede de la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y Gobierno, y en el Aula Magna de la Universidad de La Habana se aparecieron Fidel Castro y Chávez, bastante desconocido entonces. Apenas se sabía de él que había comandado un fallido golpe de Estado, no mucho más…

 
Estaba yo en segundo año de la carrera, y acudí deslumbrado a la conferencia magistral de aquel Chávez de verbo encendido y memoria capaz de recitar, cantar y citar a cualquier prócer, poeta o cantor. Al finalizar, todos se abalanzaron hacia el estrado para saludarlo o pedirle un autógrafo. Yo salté con la agenda de una chiquita que quería impresionar, a luchar mi firma chavista, y en la empujadera, caí junto a un negro trajeado, de cara hosca, que en mi inocencia no comprendí que era miembro de la escolta presidencial.
El hombre me aparta, sin violencia pero firme, y yo reculo, soquete, ante su mirada atónita. Vuelve a echarme un lado y yo a volver, hasta que no pudo más y me soltó:

 

 
– ¡No empuje!
– ¡Qué cosa, si eres tú el que está metiéndome el pie!
– ¡¿Cómo?! –exclamó el tipo, llevándose la mano a la cadera, sabe Dios buscando qué, con un gesto que igual me enfrió el alma.
– Nada, nada, compadre, no hay lío –le dije y me retiré. Así sería la cara de penco que puse, que cuando el presidente salía, el mismo hombre prácticamente lo condujo a mí, y ahí pude estrechar la mano de Chávez. Una mano dura de pitcher, de tipo que ha pasado trabajo, al que nadie le regaló nada, absolutamente nada…

 

 
Años después, siendo ya reportero, volví a encontrarme con Chávez. Aquel 2008 un grupo de periodistas lo esperábamos en el Aeropuerto José Martí, para una de sus visitas relámpago a su mentor y amigo Fidel Castro. Él habló con la prensa, le pregunté por la delegación olímpica venezolana y cuando ya se iba, nos confirmó a qué venía, y nos lanzó una provocación:
– Voy a ver a Fidel. ¿Qué quieren que le diga?

 
De pronto, aquello fue un velorio. Todos en silencio, como si no les tocara decir nada, como si no estuviéramos autorizados a responderle a aquel hombre que nos hablaba como a amigos, feliz porque iba a ver a su padre. Y se me ocurrió decirle:

 
– Pónganse a hablar de pelota…

 
El silencio fue peor. Los funcionarios me abrieron sus ojos hasta el infinito, entre ellos el entonces vicepresidente Carlos Lage. Por suerte –para mí- Chávez era un hombre de pueblo, y el béisbol una pasión incurable. Me echó la mano al hombro, y feliz de que alguien le hablara sin solemnidad, me soltó:
– ¿Viste como están el Kid Rodríguez y Miguelito Cabrera? –y ahí conversamos sobre los venezolanos en Grandes Ligas, y la participación de su país en un torneo Huelga in Memoriam, que por aquellos días se jugaba en Cuba. Luego montó en su auto y se fue, dejándome a merced de miradas inquisidoras, pero también envidiosas…
Así recuerdo yo a Chávez, un tipo auténtico, más allá de pasiones y criterios…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Fufú con Empellas

 

 

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