Día: marzo 6, 2013

Los cojones de Chávez

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Por: NegraCubana

 

 

Estaba frente al televisor aquel sábado que Chávez nos hizo saber de la recidiva del cáncer. Eran más de las 10 de la noche y ponían en la TV cubana la película del sábado, espacio habitual que buena parte de la población espera. Por la interrupción del filme supuse que se trataba de una noticia demasiado importante como para limitar momentáneamente el disfrute de quienes consumen dicho espacio.
Ahí estaba Chávez, cojones en mano (no encuentro otro modo de decirlo), explicándonos sobre su estado de salud. Pero lo que ahorita mismo me hace erizar, es la transparencia y valentía con que este hombre declaró, sin hacerlo, que se iba a morir. Aún en vida, entregó el mando del país a Nicolás Maduro. Por eso, no tengo duda, Chávez sabía que iba a morir.
Ibbaé  Comandante!

 

 

 

Otra necrológica: Chávez y yo

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Lo confieso, la muerte de Chávez me impresionó, y eso que en apenas dos meses se me ha muerto demasiada gente cercana. De cierta manera esperaba que se curara, como si la gente como él no fuera a morirse nunca. Pero el Cangrejo no cree en nadie, ni siquiera en los imprescindibles…

 

 
Y como sobrarán quienes amplifiquen sus virtudes y defectos, prefiero contarles un par de anécdotas mías con el Comandante Presidente, como me gustaba decirle, imitando su cantaíto llanero que contribuía a su leyenda de estadista sui géneris.

 
La primera ocurrió en 1999. Cuba era sede de la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y Gobierno, y en el Aula Magna de la Universidad de La Habana se aparecieron Fidel Castro y Chávez, bastante desconocido entonces. Apenas se sabía de él que había comandado un fallido golpe de Estado, no mucho más…

 
Estaba yo en segundo año de la carrera, y acudí deslumbrado a la conferencia magistral de aquel Chávez de verbo encendido y memoria capaz de recitar, cantar y citar a cualquier prócer, poeta o cantor. Al finalizar, todos se abalanzaron hacia el estrado para saludarlo o pedirle un autógrafo. Yo salté con la agenda de una chiquita que quería impresionar, a luchar mi firma chavista, y en la empujadera, caí junto a un negro trajeado, de cara hosca, que en mi inocencia no comprendí que era miembro de la escolta presidencial.
El hombre me aparta, sin violencia pero firme, y yo reculo, soquete, ante su mirada atónita. Vuelve a echarme un lado y yo a volver, hasta que no pudo más y me soltó:

 

 
– ¡No empuje!
– ¡Qué cosa, si eres tú el que está metiéndome el pie!
– ¡¿Cómo?! –exclamó el tipo, llevándose la mano a la cadera, sabe Dios buscando qué, con un gesto que igual me enfrió el alma.
– Nada, nada, compadre, no hay lío –le dije y me retiré. Así sería la cara de penco que puse, que cuando el presidente salía, el mismo hombre prácticamente lo condujo a mí, y ahí pude estrechar la mano de Chávez. Una mano dura de pitcher, de tipo que ha pasado trabajo, al que nadie le regaló nada, absolutamente nada…

 

 
Años después, siendo ya reportero, volví a encontrarme con Chávez. Aquel 2008 un grupo de periodistas lo esperábamos en el Aeropuerto José Martí, para una de sus visitas relámpago a su mentor y amigo Fidel Castro. Él habló con la prensa, le pregunté por la delegación olímpica venezolana y cuando ya se iba, nos confirmó a qué venía, y nos lanzó una provocación:
– Voy a ver a Fidel. ¿Qué quieren que le diga?

 
De pronto, aquello fue un velorio. Todos en silencio, como si no les tocara decir nada, como si no estuviéramos autorizados a responderle a aquel hombre que nos hablaba como a amigos, feliz porque iba a ver a su padre. Y se me ocurrió decirle:

 
– Pónganse a hablar de pelota…

 
El silencio fue peor. Los funcionarios me abrieron sus ojos hasta el infinito, entre ellos el entonces vicepresidente Carlos Lage. Por suerte –para mí- Chávez era un hombre de pueblo, y el béisbol una pasión incurable. Me echó la mano al hombro, y feliz de que alguien le hablara sin solemnidad, me soltó:
– ¿Viste como están el Kid Rodríguez y Miguelito Cabrera? –y ahí conversamos sobre los venezolanos en Grandes Ligas, y la participación de su país en un torneo Huelga in Memoriam, que por aquellos días se jugaba en Cuba. Luego montó en su auto y se fue, dejándome a merced de miradas inquisidoras, pero también envidiosas…
Así recuerdo yo a Chávez, un tipo auténtico, más allá de pasiones y criterios…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Fufú con Empellas

 

 

Mi encuentro con Chávez

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chavez-vive

Por Rodolfo Romero Reyes

Yo soy Chávez.

Por la voz de mi madre llorosa supe en julio de 2011 de la enfermedad de Chávez. Para aliviar mi dolor personal y convencido de que los hombres buenos no deben morir, escribí unas líneas que después fueron publicadas en Cubadebate. Horas después Randy me llamó desde la Mesa Redonda, diciendo que debía permanecer localizable pues el Presidente Chávez, quién me había leído, quería conocerme. Sentí una mezcla extraña de sentimientos, la emoción de ver por primera vez a una persona de su estirpe y la tristeza de que quizás abrazaría a un hombre muy enfermo. Estuve dos días sin salir de mi casa, a la espera. El lunes, en el trabajo, en un correo fechado el sábado, me explicaban a qué teléfono debía llamar para coordinar el encuentro. Leí el mensaje 48 horas después, unos minutos antes de que el presidente venezolano regresara a su Patria.

Primero me sentí frustrado. Ya había hasta pensado en la forma en que lo saludaría: “¡Dime, compadre! ¡Fuerte ahí mi hermano, que usted no se puede morir ahora!”. Porque así es como me imaginé que le hablaría a Chávez, sin formalismos, sin decirle “presidente”, como se conversa con un amigo cercano y querido. Pero después me consolé, la salud de Chávez mejoró y me prometí que algún día lo conocería finalmente.

Ayer la certeza de mi encuentro se desvaneció del todo. Me tocó a mí entonces llamar a mi casa y decirle a mi mamá que pusiera Telesur. Ella llamó a mi tío, que estaba trabajando en su finca en Jaruco y dejó las cosas a medio hacer para clavarse como una estaca frente al televisor hasta que culminó el noticiero pasadas las 9 de la noche. A Roger le pasamos un bíper. Mi hermano se enteró por su cuenta. Mi prima desde Puerto Padre llamó desinformada, preocupada porque decían que Chávez estaba grave; mi madre solo pudo decirle con la voz entrecortada que encendiera el televisor. Parecía que había muerto alguien de mi familia. Pero la mía no fue la única. Millones de familias latinoamericanas perdieron ayer a un hijo, a un padre, a un hermano.

Desde ayer y hoy en la mañana no he dejado de seguir las noticias: la emoción de Evo, el cariño profesado por Correa, la crónica de mi amiga Gisela desde Venezuela, la nota del gobierno cubano y el comentario de Roxana Tompson sobre la repercusión en las redes sociales. En este último leí los comentarios de Liudmila Peña, de Karina Marrón, de Abdiel Bermúdez. Imaginé que hoy muchos cambiarían su foto de perfil en Facebook por una foto de Chávez, que otros escribirían decenas de artículos y que la mayoría estaríamos muy tristes, porque la muerte nos pone así, impotentes, estrujados, comprimidos.

Recuerdo entonces las últimas palabras de Chávez cuando entregó su espada para que otros la empuñasen por él. Le habló de frente a la muerte, le profesó a la Patria su amor eterno y cantó, cantó como solía hacerlo: espontáneo, libre, alegre, enamorado de esa vida, de su Patria y de su pueblo.

 

Hoy me despido de ti, Chávez, por ahora. La promesa de nuestro encuentro la cumpliré. Me esforzaré por hacer el bien, por construir el socialismo y por hacer mía las causas justas de cualquier mujer latinoamericana y hombre latinoamericano. Si al final de mis días logro hacer una décima parte de lo que tú has hecho durante tu paso por estas tierras, estaré satisfecho. Quizás entonces, después de mi muerte, vaya a ese lugar donde van los hombres buenos, y allí, rodilla en tierra primero y firme y erguido después, te mire a los ojos y pueda al fin estrecharte entre mis brazos, como el amigo que siempre fuiste y que siempre quise conocer. Hasta entonces, Comandante.

 

 

Fuente: Letra Joven.