Dialéctica de la disciplina en Cuba

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Para varios amigos y otros no tanto.

 

Por: Darío Alejandro Escobar

Existe una equivocada interpretación de que la disciplina es seguir todo el tiempo las reglas impuestas por la institución de poder. Todas las sociedades crean estereotipos que intentan moldear al ser humano en función de lo que esta necesita.

 

La Revolución Cubana se vio obligada a adquirir un carácter militar desde su inicio, por lo que estas estructuras predominaron en casi todas las fases de su desarrollo histórico. Para llegar al poder tuvo que suceder así.  Desde entonces, el desarrollo institucional cubano ha estado mediado por este elemento.

Por suerte, casi siempre hubo líderes con la altura intelectual y la autoridad moral suficientes como para superar o mejorar estas instituciones hasta donde su vida y sus circunstancias les dejaron.  Pero aunque fue la solución muchas veces, también era parte del  problema.

En la Cuba de hoy la dificultad reside en que el ciudadano es culturalmente indisciplinado y las instituciones que componen los aparatos ideológicos del estado promueven un ciudadano dogmático.

Dogma y disciplina no son lo mismo. Incluso, para complicar más la ecuación, me atrevería a decir que dogma, disciplina, conservadurismo y autoritarismo, no son lo mismo, aunque tienen mucho que ver.

También es cierto que las características socioculturales del cubano no ayudan mucho.

Somos excelentes anfitriones, compañeros de fiesta, amantes, y amigos, pero no hemos sido capaces de construir, a nivel macrosocial, una cultura del respeto por las reglas, las normas sociales y las leyes. O sea, a nivel individual, señores, el cubano es una maravilla, pero en ingeniería social nos queda demasiado camino por recorrer.

Ya Mañach alertaba hace noventa años acerca de la dificultad de construir sistemas de conocimientos e instituciones perdurables y eficientes en un país como el nuestro. Por eso su empeño y el de muchos de nuestros intelectuales por hacer crecer la nación desde la cultura.

La disciplina es cumplir con las reglas desde lo correcto. Pero solo es posible llegar a reconocer lo correcto desde la cultura y el conocimiento. Desde el respeto a la opinión del otro. Desde las flexibilidad del pensamiento. Desde el estudio profundo de las raíces morales e históricas de tu país y de la humanidad. La resolución del nudo gordiano que significa el axioma enunciado por Fidel: “Dentro de la revolución todo, contra la Revolución ningún derecho” solo es posible resolverlo desde estos paradigmas epistémicos.

El dogmatismo es todo lo contrario, el dogmatismo es no pensar en cómo están construidas las reglas. Por incultura, por conveniencia, o por ambas. Es acatar ciegamente las directrices sin analizarlas. El dogmatismo es el peor enemigo de las revoluciones.

La relación consiste en que el ciudadano dogmático casi siempre es extremadamente disciplinado, pero el disciplinado no tiene que ser necesariamente dogmático.

La situación se ha vuelto un problema nacional porque las estructuras políticas, como ya mencioné antes, promueven hacia el éxito profesional en su gran mayoría, a los ciudadanos dogmáticos. Y la consecuencia negativa del dogmatismo reside en el autoritarismo.

El autoritarismo es una de las características más negativas de las sociedades latinoamericanas y más la cubana, que también importó un poco de los soviéticos.

El dirigente autoritario, que no siempre es dogmático, pero la mayoría de las veces sí, utiliza su poder para acallar las voces que no estén de acuerdo con él o con las directrices que les han sido orientadas. Por eso ascienden en las estructuras políticas ejecutivas tan rápido, porque se vuelven “confiables”.

Confiable es una palabra que en Cuba todo el mundo conoce. Los “Confiables” son personas que “están probadas” y a las que se les otorgan las tareas de alta responsabilidad. No importa que no sepan nada de la tarea que le asignaron o acumulen menos méritos que sus semejantes. Lo importante es que “pongan las cosas en orden” o cumplan las disposiciones específicas que les llegarán del organismo superior.

Esta lógica es nefasta pero cierta.  En los últimos años esa tendencia ha disminuido en alguna medida, pero ya está tan arraigada a las estructuras de poder que es particularmente visible como le hacen resistencia al cambio. Hay demasiado burócrata en la dirección de la Revolución.

Es incómodo cuando se escucha a algún “cuadro” hablar de indisciplina y se dice que eso no es de revolucionarios. La ironía es grande porque la Revolución ha sido, en su gran mayoría, un acto de desobediencia, por tanto, de indisciplina.

Si se piensa bien, los hombres más grandes de este país fueron los ciudadanos más indisciplinados en su momento.

Y así y todo, a estas alturas todavía encuentro compañeros míos, universitarios, veitiañeros, hijos del período especial, que son dogmáticos. Si es patético ser dogmático a los cuarenta, es más triste ser dogmático a los veinte.

De lo que estoy seguro es que el ciudadano dogmático no es revolucionario, quizás esté con la revolución, pero no es revolucionario. El disciplinado-indisciplinado sí, por antonomasia.

 

Para que Cuba dé el salto institucional que se merece y necesita, tendrá que aprender a distinguir entre las dos cosas.

 

 

Fuente: Un Guajiro Ilustrado

 

 

 

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