Recta dura y al centro a la prensa cubana

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La prensa cubana en disección (I)

Por Alberto Manuel León Pacheco

Aprovechando las posibilidades de este blog hoy quiero poner a su disposición un resumen del Dossier correspondiente al número uno del año 2013 ¨Propuestas para una refundación de la prensa cubana¨, que publicara la Revista católica Espacio Laical. En el mismo la revista reunió a varios intelectuales y periodistas cubanos y extranjeros para dar su opinión sobre la prensa cubana.

Una vez más el tema es tratado. Tal vez pueda parecer repetitivo y muchos podrán decir que ya todo está dicho y que no va a resolver nada tanta cháchara sobre el tema. El texto que les propongo resume de manera total las características de la prensa en Cuba, los factores que inciden en su desenvolvimiento y algunas propuestas para que cumpla su tarea de informar a pueblo cubano.

Como el texto original es muy amplio y como este es mi espacio solo les propongo un resumen (también amplio, pues me es difícil editarlo, las ideas planteadas son coherentes con las mías sobre el tema). En dicho dossier participaron: el politólogo Esteban Morales, el Premio Nacional de Periodismo Luis Sexto, el investigador Jorge Gómez Barata, el periodista Justo Planas, el sociólogo Aurelio Alonso y el periodista y corresponsal de la BBC en Cuba, Fernando Ravsberg.

Para todo el que desee conocer y estudiar la prensa de la isla este debe ser un referente importante, así que los invito a tomarse un tiempo y leer el texto, y desde su posición dar su comentario para hacer más completo el post.

1-¿Qué elementos caracterizan a la prensa cubana? ¿Sobre qué criterios se sostienen estas características que usted ha descrito?

Esteban Morales: Mucho se ha escrito y dicho sobre la prensa cubana y hay coincidencia en que no refleja, o lo hace de manera insuficiente, los problemas y las preocupaciones de la población, y en que sus enfoques son generalmente apologéticos, acríticos o insuficientemente críticos. Cuando critica, lo hace de manera evidentemente selectiva, dejando muchas cosas al margen, sin profundizar en las causas. Generalmente no aparecen en ella los verdaderos responsables de lo criticado, circunscribiéndose a aquellos funcionarios de menor rango.

No se presenta la realidad en todo su carácter contradictorio. Se dicen muchas verdades a medias y se deja de informar sobre asuntos que interesan a los lectores y que de algún modo estos se enteran. Tiene muy poco o casi nada que ver con lo que el ciudadano común comenta diariamente. Porque no es de nuestra prensa de donde lo obtiene. Se oculta, elude o desperdicia mucha información y se excluye la inmediatez. La prensa cubana apenas intercambia con la sociedad, supuestamente le informa, pero sin escuchar el rebote de la información, y si ese rebote es crítico, mucho menos. Lo anterior es resultado de que los periodistas, obligados corrientemente a quedar bien con los que dirigen los medios, edulcoran demasiado la realidad interna, buscando dentro de ella solo lo positivo y lo que supuestamente no hiera la sensibilidad de quienes los dirigen. Tal parece que más que informar al público, su interés mayor es agradar a aquellos que se afanan por presentar solo el rostro positivo del país.

 

 

La información internacional es incompleta y bastante parcializada. No se tratan los problemas existentes en aquellos países cuyos gobiernos son amigos de Cuba y solo se informan, y en ocasiones, se destacan y reiteran hasta el cansancio, los problemas existentes en los países cuyos gobiernos no lo son. En ese sentido, la prensa actúa casi solo como expresión de la posición y opiniones del gobierno y no como un medio para informar objetiva y críticamente sobre la realidad de fondo de los acontecimientos internacionales que nos afectan.

Si nos fijamos en las noticias internacionales de los noticieros televisivos, veremos que estos mantienen un esquema, que es el mismo todos los días y nada tiene que ver con el potencial noticioso que es posible extraer vía Internet de los medios informativos internacionales.

Lamentablemente nuestra prensa se sostiene sobre la base del monopolio de la información y la impunidad que esa situación le confiere. No se siente en la obligación de responder ante la opinión pública por sus deficiencias y por las críticas y reclamos que se le formulan.

Luis Sexto: Durante los años 60, 70, 80 y hasta principios de los 90, los periódicos y revistas fueron más abiertos, menos fiscalizados y sobre todo gobernaron su libertad hasta para decidir la publicación de textos conflictivos o cómo adecuar periodísticamente hasta una nota oficial. Recuerdo que, si hoy parece una hazaña publicar en la web algo contra la corrupción interna, Bohemia, por libre iniciativa, alertó de ese mal en 1990 en un artículo de opinión bajo el título de ¨Vivir como todos¨.

Hoy, en cambio, los medios impresos, incluso las secciones informativas de la radio y la televisión, son objeto de un mayor control por parte de lo que llamamos el aparato oficial. ¿A causa de actitudes y capacidades humanas, o por razones estructurales, o por imperativos de las circunstancias? Me parece que esas causas se convierten en concausas: todas intervienen. No podemos desconocer el papel de la falsa conciencia con que desde hace más de 20 años se juzga a la prensa. Todavía pesa en la ideología dominante la última etapa de Novedades de Moscú y la revista Sputnik, cuyos contenidos y lenguaje crítico estaban influidos por la Perestroika y la Glasnost. Por ello, pende como una amenaza el criterio de que la prensa soviética, sin control, colaboró en la caída de aquel socialismo que, a pesar de sus aciertos, según sabemos, tenía muy poco que ver con Marx y Lenin.

Hemos de tener en cuenta también que las fuentes de noticias permanecen cerradas, o casi renuentes a tolerar la presencia de periodistas. Posiblemente, ministerios y empresas no hayan recibido, para ello, una recomendación u orden explícita del Partido. Pero ministros y directores tienen poder en sus respectivos organismos, y pienso que el temor de estas estructuras a la prensa no sea político, sino pragmático: la prensa descubre, la prensa denuncia y hace públicos errores y erratas. Por ello, en algún momento de los últimos 15 o 20 años, la prensa, para entrar en ciertas fábricas o instituciones, ha tenido que contar con autorización, hasta del ministro. Incluso, algunos de cuantos hoy critican acérrimamente a la prensa, cuando ocuparon funciones oficiales dijeron lo mismo: ¨Eso no se puede publicar¨.

Sin embargo, tengo la certeza de que la prensa recibirá el espacio que le corresponde. No parece coherente haber aprobado resoluciones que apoyen políticamente el ejercicio de la crítica y el acceso de la información y que existan luego limitaciones impuestas desde los organismos políticos, además de los estatales. También influye el cambio generacional en la calidad de la prensa. Dicho un tanto sintéticamente, en un periódico han de coincidir tres generaciones: la que está a punto de terminar su vida profesional, la madura y la que comienza a ejercer el periodismo.

Jorge Gómez Barata: Como en cualquier lugar, la prensa en Cuba es parte de la estructura social, del sistema político y del contexto cultural. Por tanto, las evaluaciones deben remitirse a esos escenarios que en nuestro país se caracterizan por el control estatal centralizado, la dirección vertical y la homogeneidad ideológica; todo ello en una coyuntura de cambios y en el contexto de una plaza sitiada, cosa que no es una metáfora sino una realidad dramáticamente vigente.

La prensa en Cuba no es plural ni abierta porque así no es la sociedad en que existe, la cual establece idénticos cánones para todas las instituciones sociales. La diferencia radica en que, dado su significación para la conducción de la sociedad, en la prensa se procede con menos flexibilidad y tolerancia que en otras aéreas de la cultura, el cine o el sector académico. No debe obviarse el detalle de que la prensa revolucionaria cubana no fue siempre como es ahora. Los diarios Revolución, Noticias de Hoy, El Mundo, la revista Bohemia, así como los espacios informativos de la radio y la televisión, incluso el periódico Granma en su primera época, desempeñaron brillantemente su papel y acompañaron eficazmente los cambios que se realizaban. Todo cambió cuando se adoptó la experiencia soviética y se importó no solo su modelo económico, sino también la superestructura política, los criterios institucionales y las prácticas ideológicas vigentes allí. Aquel trasvase no dio lugar a una mutación progresiva, sino a un proceso anómalo mediante el cual se importaron diseños fallidos y malas prácticas. Así apareció en Cuba la prensa oficial, rectorada centralmente, que a la larga no fue un avance sino todo lo contrario.

Por razones conocidas, y en algunos casos explicables, asociadas a la necesidad de resistir para sobrevivir, la rectificación de aquellas situaciones se aplazó y luego se congeló. La prensa cubana quedó como detenida en el tiempo. En clave política es como si para ella los últimos 20 años no hubieran transcurrido.

El error de nuestra generación no fue aplicar una experiencia que creímos positiva, ni seguir un camino para la construcción del socialismo que estimamos exitoso, sino ignorar las evidencias de que habíamos errado al copiar del modo como se hizo. La culpa es mayor porque en los años 80, antes incluso de que se iniciara la Perestroika y la Glasnost, Fidel Castro se percató del error, particularmente con respecto al modelo económico, por lo cual convocó a la Rectificación de Errores y Tendencias Negativas. Inexplicablemente, las reflexiones de entonces no fueron acompañadas de análisis sobre otras esferas. Treinta años después de los llamados a la rectificación, y 20 del fin de la Unión Soviética, todavía la prensa cubana se gestiona con criterios que eran discutibles ya en la época de los bolcheviques. El exceso de control y el celo ideológico no han hecho mejor a la prensa cubana.

Justo Planas: Primero creo que es bueno aclarar que considero prensa cubana a toda aquella que realizan cubanos sobre Cuba o con la mira puesta en Cuba para lectores cubanos. No pienso que se limite a la prensa que se publica en la Isla, pues fuera de ella también existe una diáspora que necesita consumir informaciones y comentarios que se ajusten no solo a sus necesidades, sino a sus perspectivas; y hay medios que se proponen cumplir estos objetivos. Ignorarlo sería caer en las muy oportunas exclusiones que, tanto en la Isla como fuera de ella, realizan los medios de prensa cubanos, cada uno de ellos generalmente dispuestos a reconocer solo la parcela de realidad y pensamientos que mejor se les aviene, si bien permanecen muy atentos a lo que dice el Otro. La falta de pluralidad, la escasez de un diapasón de criterios y enfoques al interior de cada medio de prensa cubano no se restringe a la esfera política, sino que se extiende al periodismo deportivo, cultural, de salud no solo es una cuestión de contenido, tiene también una base formal.

En su libro Géneros de opinión, decía el fallecido decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, Julio García Luis, que se debía luchar en dos sentidos: de un lado frente a la superficialidad y el liberalismo, muchas veces asociados a la ignorancia y a la falta de criterios sólidos; y del otro, frente al esquematismo, la machaconería y la repetición aburrida de citas, consignas y clisés, que tampoco prestan ningún servicio a la prensa o a la Revolución. En la mayoría de los casos, basta con argumentos sólidos para convencer al lector, no hace falta gritar. Ese periodismo exaltado, poco reflexivo, ha hecho estragos fuera y dentro de la Isla; se enfrenta al criterio ajeno como si de una guerra se tratara (oficialmente se cree que así es en efecto), e impide ver lo que tiene de sensato el discurso del contendiente. Se resume en lo siguiente: la prensa cubana no cree que existen múltiples verdades, cree en una sola Verdad.

Otra característica es que las intenciones de cualquier trabajo periodístico cubano son políticas, no importa que se escriba una crítica de ballet o una crónica sobre el día de los enamorados. Resulta difícil hacerle comprender a los colegas cubanos que debe existir también un periodismo lúdicro, de ocio. Un artículo de esos que aparecen en yahoo.es sobre el vestido que usó Shakira en su último concierto tiene ¡muy al fondo! un discurso político; sin embargo, en nuestros textos son los otros temas los que sirven de respaldo.

La prensa cubana de la Isla, afortunadamente, ha expurgado el sensacionalismo que tanto daño hace en otras naciones, si bien suele ser demasiado estricta con todo lo que le huela a banalidad. Nuestros periódicos (no tanto la radio y la televisión) realizan un uso encomiable del español, si se le compara los de otros países caribeños y latinoamericanos; pero, ojo, los periodistas cubanos no toleramos otro registro que no sea el formal, nos cuesta ser coloquiales y jamás escribiríamos una mala palabra como hacen los diarios españoles en ciertas columnas, sin cargo alguno de conciencia.

Con decir que el periodismo cubano pertenece a la tercera edad y va dirigido a la senectud, creo que lo digo todo. Porque su manera de acercarse al público, sus intereses noticiosos y su uso del idioma no se ajusta a nuestros tiempos, al ciudadano de hoy. Para comprobarlo, basta con ver las colas que se hacen en los estanquillos cada mañana, basta con fijarnos en los más fieles consumidores de noticieros de radio y televisión. La prensa está hecha a la medida de ese público.

Aurelio Alonso: Un tema que merece valoraciones críticas, las cuales tampoco han faltado. Pero cuando el dedo es puesto en la llaga, la censura hace su aparición. Hacia 1994 participé en el jurado de la segunda edición de la colección Los Pinos Nuevos y entre los títulos escogidos figuraba la versión resumida de un trabajo de diploma de una recién graduada en periodismo, bien argumentado, con testimonios críticos, un libro polémico, el cual, tras algunas discusiones, llegó a imprimirse con toda la selección que propusimos, para ser después hecho pulpa.

Es un ejemplo que me tocó vivir de manera directa. En todo caso, creo que dos elementos caracterizan una tendencia generalizada al hacerse juicios sobre el tema de la prensa en Cuba: uno es que extremar el inventario de errores y defectos es muy fácil porque las deficiencias de nuestra prensa son evidentes y recurrentes; el otro es que la cuenta de los problemas de la prensa se le suele pasar completa a los periodistas.

Los patrones informativos esperados del periodismo de la nueva sociedad, tenían que corresponderse con un cambio de valores. Pero en el plano informativo, el peso de la orientación y las restricciones impuestas desde las instancias de decisión política anula, en la práctica, todas las virtudes que querríamos ver extendidas en nuestra prensa: frescura de pensamiento, agilidad y claridad informativa, espontaneidad, carácter polémico, cuestionamiento crítico y, hasta por carambola, la veracidad, proclamada como consigna principal de una prensa revolucionaria. Porque al final, sin quererlo, podemos faltar también a la verdad tratando de salvar la espalda.

Para resumir, caracterizan a la prensa cubana de hoy la desinformación, la retención temerosa de lo que es noticia; el sometimiento vertical de los diarios (y otras publicaciones periódicas) a un criterio externo, oficial (el de una instancia del Partido, aunque igual daño haría que lo fuera de un ministerio u otra institución política); la falta de confrontación, el rechazo al disenso en la selección de lo publicado, la censura (cuando se dice simplemente eso no puede publicarse) y la autocensura (la deformación profesional de omitir todo lo que se presume que va a ser omitido); el desencanto profesional que me imagino debe sufrir gran parte de los periodistas en el ejercicio de realizar su misión de informar con el mayor provecho del público.

2- ¿Existe una política informativa en Cuba? ¿Quién diseña esa política y quién define lo que se publica?

Esteban Morales: Hay claramente una política informativa. El que los dos periódicos nacionales de circulación diaria tengan las mismas noticias, expresadas de casi idéntica forma y que el noticiero estelar de la televisión sea una copia casi exacta de esos periódicos, evidencia, por una parte, que existe esa política informativa y, por otra, la inflexibilidad de ella, que no permite aportes o variaciones a lo que se considera que deba ser informado.

Se repite constantemente por la radio, la televisión y la prensa escrita, un mismo esquema informativo. De modo que si usted ve la Revista de la Mañana en televisión y escucha la primera emisión mañanera de Radio Reloj, prácticamente se puede ahorrar la lectura del periódico. El noticiero televisivo de las ocho de la noche, es una versión resumida del transmitido al mediodía, que resulta ser el menos malo, principalmente por ser el más extenso.

El noticiero del cierre, es apenas una raquítica minuta del Noticiero Estelar de las ocho de la noche, que dura apenas media hora. Solo el periódico Trabajadores, semanalmente, refleja algunas cosas nuevas de interés. Juventud Rebelde es una inaceptable repetición del periódico Granma, sin apenas tratar ampliamente y a fondo los problemas e inquietudes de los jóvenes, a quienes supuestamente está dirigido.

No son los periodistas, ni siquiera la dirección de los distintos medios, los que trazan esa política y deciden lo que debe ser dicho y cómo debe decirse, los que debaten la estrategia ni deciden lo que se publica. Los periodistas no pueden influir en nada en su estrategia, ni siquiera a veces atreverse a dar sus opiniones. Solo obedecer. Y eso no lo digo yo, lo han dicho periodistas de los propios medios. La política informativa la traza un aparato político administrativo, que censura o permite qué se puede y qué no se puede publicar. Esa superestructura político-ideológica de mando, se comporta como rectora de la información y la orienta y dirige. Eso provoca que la prensa tenga la desventaja de carecer de voz propia y oído crítico, lo cual le impide desempeñar el papel que le corresponde.

Recientemente una gran parte del país, incluyendo La Habana, estuvo a oscuras y tuvimos que esperar varias horas para enterarnos de lo que estaba sucediendo. Eso ocurre porque, aunque estén lloviendo raíles de punta, nadie puede tomarse la iniciativa de informar si previamente no recibe la orden desde arriba. La programación deportiva está también sujeta a la misma política. No hace mucho, en una transmisión de los juegos de pelota del equipo de Cuba en México, cuando los narradores mexicanos comenzaron a hablar de los jugadores cubanos con éxito en las Grandes Ligas y se refirieron al Duque Hernández, se cortó la transmisión de la voz y el narrador cubano informó que había problemas de audio, y siguió él describiendo el juego.

Esto fue interpretado por los oyentes, como un acto deliberado para impedir que se siguiera hablando del tema. ¿Por qué la gente no podía saber qué pasaba con el Duque Hernández? ¿Por qué se transmiten los partidos de fútbol internacional y no se puede ver el béisbol de las Grandes Ligas, como desearían muchos cubanos, cualesquiera que sea su posición política?

Se trata de una prensa que más de 40 años después de haber asumido un esquema informativo, no lo ha abandonado, y se ha quedado desactualizada y a gran distancia de lo que el público de hoy, más instruido y culto, necesitaría recibir. Este esquema parte de dos premisas; una de que aquellos a los que va dirigida la información, son poco menos que ignorantes, no tienen capacidad de discernimiento y análisis y deben ser orientados. La otra, de que no tienen otra vía para informarse y solo conocerán lo que nuestra prensa le suministre, con los análisis que incluya. Ambas premisas son erróneas. La población cubana actual es mucho más instruida y culta que la de los años 60 y tiene suficiente cultura y perspicacia política para analizar la información que recibe.

No es posible pretender que el ciudadano vea, escuche o lea, solo aquello que está dentro de un esquema nacional de comprensión del mundo y de nuestra realidad, que no se sabe qué genio la formula. De manera directa o indirecta tiene acceso a otras fuentes de información, que en los años 60 no tenía, gracias a la computación, a los turistas que visitan nuestro país, a las relaciones con los familiares en el extranjero y a los viajes que hacen a otros países.

Luis Sexto: No creo que exista hoy, en la práctica, una política informativa. Al menos no existe como reguladora consecuente (.) Esos propósitos, evidentemente, integran una política. Habría, por tanto, que desterrar también las trabas que aún impiden aplicarla. Diría, incluso, que un artículo o un reportaje críticos no dañan al país; que un amplio universo informativo no lo daña. En cambio, lo perjudica la falta del artículo crítico o de la información. De ese déficit se aprovechan también cuantos satanizan al gobierno cubano.

La política informativa se ha decidido comúnmente en los congresos del Partido Comunista. Ahora bien, como hemos visto, la política se desvía, y donde se ha de abrir se cierra. Imaginar, sin embargo, que todos los días un funcionario del Partido visita a los medios para decir qué se publica y qué no puede publicarse resultaría un tanto simplista. Quizás, por ciertas evidencias, en algunos medios provinciales se actúe así, tan descarnadamente.

Los medios tienen un espacio para decidir sobre su forma y su contenido. Sería injusto afirmar que, actualmente, todo se consulta y que para todo se pide permiso. Se consulta, en efecto. Pero descontando asuntos estratégicos, existentes en cualquier país, el consejo editorial de un medio, al menos en los nacionales, decide qué y cómo se pública o se difunde, aunque la brecha se abre o se cierra dependiendo de qué se clasifique, políticamente, como estratégico.

En esa percepción, exacta o desmesurada, operan también las actitudes y las capacidades humanas. Como es evidente, no aprovechamos hoy, internamente, el espacio que nos dejan las regulaciones exógenas, más rígidas que nunca antes en las presentes circunstancias. Nadie ha prohibido el título sugerente, ni el lead interesante, ni el reportaje formalmente revelador, o el artículo que roce la realidad más profunda, aunque sea sugiriéndola.

Jorge Gómez Barata: No obstante la existencia o no de una política informativa me parece francamente irrelevante. Las políticas tienen derecho a existir; lo importante es que sean correctas, viables y permitan un desempeño eficiente del área que se trate. No se cuestiona hoy la política cultural, ni la que rige las relaciones con la religión, la Iglesia y los creyentes porque son básicamente correctas, inclusivas, permisivas y aperturistas.

En realidad lo que importa es que las políticas sean eficaces, coherentes y compatibles con las exigencias generales de una profesión cuyo desempeño requiere de márgenes de libertad. Es también importante que los operadores a cargo de la ejecución de las políticas dispongan de la calificación necesaria, no sólo para controlar que se cumplan las reglas sino para diseñar reglas apropiadas. Tal vez si hubiera una política informativa consensuada con periodistas y directivos, todo marcharía mejor.

Justo Planas: Claro. Es una política diseñada, al final de una larga cadena, por el gobierno de Cuba. Primero, los jefes de redacción son cuadros del Partido Comunista de Cuba (PCC); segundo, los directores de medios de prensa algunos de ellos ni siquiera periodistas o con una idea muy pobre de lo que es el periodismo reciben la asignación directamente del Comité Central; tercero, los medios de prensa están asociados a una institución rectora, generalmente política: Juventud Rebelde a la UJC, Trabajadores a la CTC. Con esta estructura, es difícil que un texto escape de las intenciones informativas oficiales de moda, aunque para mayor seguridad, antes de llegar a las manos de los lectores, cada trabajo al menos de la prensa escrita sigue una lista de ojos expertos en encontrar frases descarriadas o intenciones dobles. Los periodistas de a pie, puesto que son pueblo raso como cualquier lector, conocen al dedillo las aristas polémicas de la situación nacional, están generalmente muy al tanto de lo novedoso (o peligroso) que está sucediendo en las áreas que atienden; y negocian con sus jefes como pueden (aunque ganan uno de los salarios más bajos de los profesionales cubanos) la publicación de los textos malditos, que suelen ser los que más trabajo dan y muchas veces nadie les pide (porque no conviene) que los hagan. Por eso siempre me resulta chocante que ciertos políticos muy al tanto de la estructura mediática nacional, se refieran (demagógicamente) a las incapacidades de los periodistas cubanos, cuando en realidad se trata de incapacitaciones.

Aurelio Alonso: Por supuesto que existe; no solo una política informativa sino una bastante objetable por la excesiva regulación informativa desde el aparato ideológico del Partido sobre los órganos de prensa y el ejercicio del periodismo. Y aclaro que no es que piense que el Partido no tenga por qué involucrarse en el fenómeno mediático, sino que estoy convencido de que no es así que tiene que hacerlo. Yo diría que la política informativa cubana se basa en la interpretación más estrecha e impropia de la proverbial formulación de 1961: Dentro de la Revolución todo. Contra la Revolución nada. Aquella reflexión en la cual Fidel Castro redujo a su exacta expresión el sentido del término prohibitivo nada, precisando ningún derecho a destruir el sistema, con la amplitud que ofrecía afirmar dentro en lugar de limitar, al desechar el con, la legitimación de libertades a niveles estrictos de compromiso ideológico

La política informativa en vigor, sin embargo, parece haber estado dominada por otra lectura: una que busca el contra en cualquier disenso. Hasta tal punto que para que se produzca un signo de audacia periodística ha habido que esperar a que sea inducido, o incluso orientado, por las instancias de dirección política, normalmente por las más altas, o al menos que haya señales. La responsabilidad se convierte en la relación entre quién debe consultar y quién puede autorizar. La lista de los consultantes sería, por supuesto, la de los periodistas; y la de los que autorizan, un número reducido de escalones de la nomenclatura partidaria.

Los periodistas tienen muy poco espacio para decidir por sí mismos (los órganos para los cuales trabajan también), y en ocasiones se ven sometidos a un adocenamiento creativo impuesto por la imposibilidad de ejercer su oficio con la autonomía, la imaginación, la audacia y el sentido crítico indispensables. Por tal motivo, repito que considero superficial limitarse a definir el problema como deficiencia del ejercicio profesional, sin decir tampoco con ello que no haya periodismo malo. Y lo triste radica también en que, como contrasentido, la mediocridad puede ser evaluada por encima de la excelencia, en tanto se prioriza un rasero de obediencia.

3- ¿Qué propósitos proclaman quienes defienden ese estado de cosas?

Esteban Morales: No son muchos los que escriben ripostando las críticas que se hacen a la prensa cubana, pero los que lo hacen, proclaman defender a la Revolución del daño que haría el que se divulgaran informaciones críticas sobre nuestra realidad. Parten de que el bloqueo y la enemistad del gobierno de Estados Unidos y los grupos de cubanos de Miami que desean y actúan con el interés de derrocar al gobierno revolucionario, son suficientes argumentos para no divulgar nuestros problemas.

Pero esa política no puede justificarse con el bloqueo, con la histórica agresividad de la política norteamericana, ni con la pobreza que debemos estoicamente combatir y soportar. Porque eso es tener lástima de nosotros mismos. Justificaciones como esas, lejos de contribuir a solucionar los problemas, los agravan y ponen en manos de las personas menos adecuadas, y en ocasiones mal intencionados, la exposición y análisis de ellos.

Luis Sexto: Sin generalizar, ni exagerar, advierto que algunos funcionarios gustan del secretismo, del misterio. Esa actitud de actuar bajo un riguroso hermetismo es una construcción ideológica cuyo generador fue, en un principio, la guerra que los Estados Unidos libran contra la revolución y el socialismo. Por mucho tiempo el país ha necesitado guardar secretos. Y se comprende esa medida cautelar.

Pero si el secreto es una acción o reacción justificada ante la agresión, el secretismo es una manifestación de patología social. Esta última reacción integra la llamada vieja mentalidad. Pero aclaremos: aun en los mejores momentos de nuestra prensa, hubo criterios opuestos a darle excesiva libertad. Convengamos en que la prensa, tanto como la crítica, según Alfonso Reyes, es una insolencia de segundo grado. ¿Quién que haya sido periodista antes de 1990 no encontró una puerta cerrada, o una mirada hostil proveniente de una u otra persona?

Pero ello hoy podría considerarse normal si el profesional de la información pudiera tener alternativas. Antes de esa fecha las había. Valga un ejemplo personal. En 1994 o 1995, el ministro de Agricultura me negó una entrevista sobre las Cooperativas de Producción Agropecuaria (UBPC). No obstante, pude buscar otras fuentes, incluso no oficiales, para lo cual invertí más tiempo, pero conseguí la información de modo que el artículo apareció en Bohemia con el título de Ser o no ser autónomas, esa es la cuestión. Fue el primer texto publicado en la prensa que alertó sobre la burla burocrática de la autonomía en las UBPC.

Recientemente, el Ministerio de la Agricultura ratificó e instrumentó la aplicación de la autonomía, establecida también en la antigua ley, para estas cooperativas sobre tierras estatales. ¿Tardíamente? No sé; ese adverbio temporal puede ser engañoso. A mí me alegra más la rectificación que pasar cuenta al error ya superado. Creo, por otra parte, que al no parecerse al país en lo que informa u opina, la prensa pierde credibilidad, y con esta pierde capacidad para secundar las políticas sociales y económicas. Con una prensa restringida en su alcance editorial, las alfombras también podrían esconder acciones muy negativas. Para evitar la corrupción no bastan la Contraloría General y el control administrativo.

Jorge Gómez Barata: No se trata de ellos y de nosotros. No creo que dentro de la Revolución haya unos que defienden un estado de cosas y otros que se oponen. La cohesión todavía existe. El problema es más global y alude al proceso en su conjunto, a las estructuras sociales que están urgidas de una rectificación total. Nadie en su sano juicio puede creer que las instituciones cubanas son perfectas y no necesitan ser actualizadas. Lo que ocurre es que, en la definición de las prioridades, se ha preferido avanzar primero en la economía y luego en lo demás. El problema es que esa definición de las prioridades sea atinada.

Justo Planas: Imagino que los otros hayan respondido muy claramente esta verdad a gritos, por eso quisiera referirme al despropósito que esto implica, como todos conocen, la oficialidad de cualquier medio de prensa cubano, su vínculo institucional. No se pueden cuestionar ni discutir ciertos temas con el nivel de seriedad que exigen porque al instante la prensa internacional deduce de lo dicho una postura oficial. Por mucho que para el gobierno no implique conflicto alguno, y que le sea incluso de ayuda, la prensa nacional debe hacerse de la vista gorda ante ciertas noticias del mundo o ciertos retos del hoy cubano, para evitar el cotorreo de la prensa no cubana.

Aurelio Alonso: Yo diría que son seres humanos, revolucionarios marxistas, posiblemente sin tacha, que profesan una fe sin muchos matices, la cual responde a una visión equívoca de la responsabilidad política, entendida como facultad discrecional, y que toca principalmente a la prensa, aunque no solo a ella.

Los investidos de la competencia de decidir son considerados protectores de la pureza informativa, provistos de la capacidad de juzgar por encima de los que escriben. La idea de que no todas las cabezas están preparadas para todas las verdades, y que alguien tiene que dosificarlas es muy vieja en la Historia. Pero específicamente ahora se manifiesta como uno de los rasgos heredados de la lectura catequética del pensamiento marxista, a partir de que la revolución proletaria se convierte en fuente teórica del nuevo poder.

Se compensa con el argumento de que no se deben poner a la luz los defectos o los errores de la Revolución para evitar el uso que el enemigo puede hacer de ellos, limitando además a los que tienen que corregirlos con un peligroso espejismo conformista. Stalin hizo, tal vez, la mayor contribución a este modo de concebir las relaciones entre el ejercicio de la política y su relación con la prensa, aunque no conozco que uno sólo de los regímenes proclamados en el pasado siglo como socialistas no haya practicado un control riguroso y a menudo arbitrario de lo que se publica, y aplicado la censura sin vacilación. Mijaíl Gorbachov, presunto introductor de la transparencia informativa en su propuesta de reformas (glasnost), no vaciló en ocultar cuanto pudo a la opinión pública la tragedia de Chernóbil. Llegó a ser tan grave y nocivo el desastre del silencio y el ocultamiento como el del accidente en sí mismo.

 

 

Fuente: La Chiringa de Cuba

 

 

 

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