Cuadrus Máximus

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La reunión debía comenzar a las 4 en punto. Ya todo el mundo estaba allí, sin embargo, la gente se miraba y preguntaba entre ellos: ¿a quién esperamos? Luego de 26 minutos el presidente hizo una seña para que todos entraran y se sentaran, instantes después se incorporó acompañado de otra persona que se acomodó junto a él.

La primera impresión fue de algún cuadro del nivel superior. Su vestimenta así lo hacía sospechar: pantalón de mezclilla y camisa de cuadros color escarlata, puesta por dentro y abotonada hasta el mismísimo cuello. Más tarde, luego de verlo salir apresurado a responder una llamada del celular que traía cuidadosamente situado en un costado del cinto, las dudas se disiparon: en el salón de reuniones se encontraba un espécimen de Cuadrus Máximus.

El Consejo comenzó y la gente poco a poco fue olvidando al personaje, quien por su parte escuchaba con suma atención y tomaba notas de cuanta intervención se realizaba. De vez en cuando, arqueaba las cejas y miraba fijamente a los ojos a quien dijera algo “comprometedor”.

Pasada media hora un estudiante se paró y dijo que durante el almuerzo, más que comer, los muchachos parecían emprender una carrera con obstáculos por la cantidad de “cosas” que había que sacarle al arroz. Sin más ni más, el distinguido visitante se exaltó, puso una cara como si lo hubiesen cartereado en plena guagua, tomó por el brazo al presidente y pidió la palabra.

De repente el murmullo de las esquinas terminó y se hizo silencio absoluto; todos levantaron la vista para escuchar al invitado. Se puso de pie, por unos instantes se pudo apreciar una vena latiéndole en plena frente, se alisó la vestimenta, repasó con la mirada al auditorio, suspiró por un segundo y preguntó: “¿Saben ustedes cuál es la situación en Siria?”

Todos se miraron estupefactos y movieron la cabeza con incertidumbre, las caras de “¿y ahora a qué viene esto?” se multiplicaron, no obstante, lo único que se escuchó durante las próximas dos horas fue una disertación sobre la realidad del Medio Oriente y el impacto en la economía nacional. Al final, el Consejo de la FEU se convirtió en una clase de política mundial y la conclusión fue que la “churre” en el arroz era un mal necesario.

Como el presidente era sensato, una vez concluida la “instructiva” charla, dio algunas orientaciones y dejó claro que mandaría el resto de las cosas por el correo electrónico. Así daba por terminada la reunión. Por suerte ya había llegado la merienda que, aunque en otras ocasiones hubiera sido tema de indignación, esa tarde vino como anillo al dedo: medio vaso desechable de café acompañado de un apetitoso ke-ke. “Para levantar los ánimos”, dijo medio sonriente, medio apenado.

Mientras el invitado se quedó anotando algo en su agenda (quizás estaba resumiendo su intervención para escribirla en el informe), los muchachos se marcharon poco a poco hasta la parada a ver si la última 24 no había pasado. Casi una hora después apenas había claridad y algunos comenzaban a cuestionarse la buena salud de los familiares del compañero.

De repente las luces de un automóvil se divisaron en la garita de la universidad. La esperanza retornó a los rostros cansados al ver que se dirigían hacia al grupo y enseguida los brazos para “hacer botella” se apilaron en torno a la carretera. Cuando el vehículo se acercó, el reflejo plateado de la marca Hyundai Accent impactó en la vista de todos y, como si la desesperación fuera la señal de arrancada en una carrera, el auto tripulado solo por el chofer aceleró hasta perderse en la penumbra de la circunvalación.

A duras penas se pudo divisar quien era el conductor, solo lo delataba una camisa de cuadros color escarlata y en el parabrisas trasero una calcomanía de un anaranjado fosforescente que decía: LIBRE SOBERANÍA PARA SIRIA.

 

(Tomado de Reflexiones de Raul)

 

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