Miedo a perder

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“Cuántas cosas perdemos por miedo a perder”. Paulo Coelho

Llevo días tratando de escribir sobre Dayron Robles pero no consigo hacerlo con objetividad. No logro hilvanar una idea que se asemeje a la compasión, que le reconozca el mérito de haber llegado a la carrera por el oro luego de un año de muchas lesiones y poco fogueo internacional. Nada de lo que se me ocurre es del corte: “Pobrecito, Dayron, para la próxima será”. No puedo -ni quiero- apiadarme de quien tiró al fango el orgullo nacional.

Quizás él no lo perciba así, sobre todo porque no es lo mismo estar sentada frente al televisor, a leguas y leguas de Londres, que dando brincos entre las vallas. Pero justamente para estar allí, volando sobre esa pista con obstáculos, entrena el santo año mientras los demás, sus coterráneos, apenas le pedimos que cruce la meta. Al menos yo, que sé tanto de atletismo como de bádminton o canotaje, lo único que quería es que no montara otro show.

Porque él va a tener que perdonarme -a mí y a varios miles de cubanos- pero no creo en la gravedad de esa lesión. Será muy buen atleta pero es pésimo como actor. Suponiendo, incluso, que hubiera sufrido alguna tirantez, que algún músculo se le hubiese desgarrado -como jura y perjura la muy sospechosa nota del Comité Olímpico Cubano-, estaba en el deber casi tan deportivo como ético de llegar hasta el final.

Sin embargo, como quedaron las cosas, el Lord del Guaso debe andar creyendo que no le ganaron los americanos sino su propia fatalidad. Dayron vencido por sus circunstancias. Dayron frente a la confabulación de los elementos. Dayron la víctima. Él prefiere esas imágenes antes que el bronce olímpico pero nosotros, los que percibimos su magnifica arrancada y la velocidad con la que se fue quedando atrás, los que vimos cómo se agarraba la pierna y se tiraba al piso, justo encima de nuestra moral, no podemos contentarnos con su “no sé qué fue lo que me pasó”.

Yo sí sé: tuvo miedo, como reconoció Virgilio Piñera cierta vez. Es una reacción perfectamente comprensible y hasta perdonable en los seres humanos -a menos que Dayron se crea por encima de semejante nivel-: la comezón en la boca del estómago en el punto de no retorno, la vista que se nubla, la presión que baja de golpe, las ganas de llorar. (Eso por sobre todo: las ganas de llorar.)

 

Aún entonces, cuando ya el descalabro fuera evidente, cuando no quedara sino lamentar lo perdido -el oro de Beijing y hasta el prestigio-, le quedaría el consuelo de haber estirado la cuerda más allá de lo humanamente soportable, de haberse aferrado hasta el final, una sensación de triunfo espiritual de la que ahora mismo Dayron, el pobre, no tiene ni idea.

 

 

(Tomado de Cuba Profunda)

 

 

 

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