Mi llama: la de Martí

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Luis Alberto Periche

Me hice el de rogar. No quería adelgazar caminando a pleno sol con una llama martiana que ni siquiera pasaría por Holguín. También, en medio de un receso por de fin de año, los universitarios estábamos diezmados y bajo los efectos de unas cuantas noches festivas.

“¿Cómo vas a perderte un recorrido que además de ser el primero, será histórico?, que los militantes… pero cómo va a ser que… hay que sacar la cara por la FEU”, me insistían los colegas y justificaban el trabajo político-ideológico.

Finalmente medité y sí, Martí lo merecía, más al tratarse de la celebración de uno de esos aniversarios que llaman “cerrados”, en este caso el 160 del natalicio del Apóstol.

Madrugué en el Comité provincial de la UJC, desde donde partiríamos, y un poquito más tarde de la hora pactada, allí estaba el transporte. Yo le pasaba por al lado, sin reparar, hasta que me lo presentaron el artefacto. Me costó reponerme del shock: ¿un camión descapotable para más de tres horas en la carretera? Pensé que no sobreviviríamos, aunque tuve que entenderlo, porque conocía las vicisitudes de Elizabeth Bello, nuestra presidenta del Consejo de Jóvenes de Plazas Martianas de la Sociedad Cultural José Martí, para conseguir en qué llegar a Cauto Embarcadero, en Río Cauto, uno de esos pueblecitos que solo conocen sus habitantes, en la provincia de Granma.

Faroles, banderas, carteles, consignas y muchas ganas de llegar. Interceptaríamos a la delegación granmense para seguir hasta San José, en Las Tunas, con el recorrido nacional de la Llama Martiana, una genuina idea del Consejo de Jóvenes Plazas Martiana, el Movimiento Juvenil Martiano, la Brigada de Instructores de Arte José Martí, la FEU y la FEEM.

El trayecto fue duro, y no lo fue más gracias a los intentos de los aprendices de cantantes que iban a bordo. Lograron que le prestáramos más atención a sus conciertos, que al intenso sol.

Llegamos a Cauto Embarcadero. Nos esperaban sus pobladores y casi sin tiempo para reponernos del viaje, nos asaltaron los camaradas con la alegría y las consignas que luego nos tocaría transportar.

Recibimos llama, carteles y las instrucciones para nuestra parte del recorrido. Almorzamos como en campaña y reanudamos la marcha, unos sobre el camión, para dar relevo, y otros con el fuego que salió desde el cementerio de Santa Ifigenia camino a la Universidad de La Habana.

Pronto cayó la noche y llegamos a Vado del Yeso. Nunca supimos a fondo la historia del nombre de aquel lugar, pero sí la de la gente buena que nos recibió, y hasta entablamos amistades.

Así conocimos a Louis, un señor de poco más de un metro de altura que se empeñó en regalarnos docenas de caramelos por compartir nuestras peripecias; y a otro, mucho más grande y temible, que insistía en hacernos perder la cordura con unos tragos de más, pero no lo logró.

Compartimos el escenario de la plaza con talento granmense, y entre música y danza, presenciamos la dicha de una joven que además de dominar los trucos del periodismo, sabía tantos pasillos de reguetón, como para ganarse el primer lugar en un reto de baile. ¡Nunca la hubiera imaginado!

Comimos como la gente importante, usamos un cine como baño (justificadamente y con previo autorizo), y velamos por la salud de la llama. Hubo tiempo para recordar momentos de beca con jueguitos pesados que siempre acompañan a los campistas. Así, por poco unimos la noche con el día y casi sin tiempo para el aseo fuimos asaltados por Abdala, un grupo de pequeños amantes de Martí, con una serenata a pleno amanecer. Se ganaron fotos y aplausos.

El alimento en la mañana nos comprometió a una buena jornada. Había dudas de si podríamos llegar al poblado de San José y finalizar nuestra parte luego de más de 20 kilómetros de marcha (aún no estamos seguros de si fueron 20 ó 30), pero había que llegar al medio día.

Emprendimos camino. Nos agotábamos, pero la gente nos salía al paso animándonos. De vez en vez alguien trotaba, otros parecían no poder, el sol no entendía y el agua no era suficiente. Pero la llama tenía que llegar en tiempo: Martí lo merecía.

Justo al salir de Granma y llegar a las Tunas nos insertó la TV, auque no era no la nuestra. Varios planos y continuó el recorrido.

Pasada la una de la tarde varios hombres se acercaban corriendo para valorar la salud de la llama. Entonces supimos que faltaba poco.  La motorizada prendió la sirena y las consignas se escucharon tan alto que la gente salió a la carretera a recibir al grupo compacto que arrancó al trote.

Llegamos a San José y su pueblo nos recibió con júbilo.

Eran otros universitarios, otros instructores, exploradores militantes, jóvenes, martianos todos, listos para la próxima arrancada.

Nos agotamos mucho, pero entonces supimos que podíamos más, que el cansancio no era tanto. Yo me di cuenta de que no debí dudar, que valió el sacrificio. Me convencí de que no hacen falta aniversarios cerrados, guaguas de protocolo ni excusas de presupuesto para defender hazañas de este tipo. No estaremos el 27 de enero en La Habana para encender las antorchas de la marcha víspera del cumpleaños 160 del natalicio de Martí, pero la llama que las encenderá será la misma que nosotros portamos una vez, y quizá la misma que el próximo año salga desde Santa Ifigenia, entonces sí pase por Holguín y llegue a la Universidad de La Habana. La misma llama martiana, la nuestra.

(Tomado del Blog Bella Cuba)

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