Sorpresa de año nuevo

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tv_rotoAyer falleció mi televisor. No sé si fue un ataque de soledad el que carcomió sus circuitos, o acaso el cansancio acumulado de soportar día tras día y durante casi ocho años, el peso de una programación que en lugar de mejorar con el tiempo, solo empeora.

La sorpresa nos la dio la mañana del día dos, cuando regresamos mi madre y yo de pasar el fin de año en Bayamo junto a la familia. Encenderlo fue lo primero que hicimos, como siempre, pero después de un par de frases lacrimógenas de la telenovela brasileña de turno en el horario matutino, comenzó el sonido de su agonía, que más parecía el de una olla de presión a punto de explotar.

“Es la humedad acumulada”, aseguró un vecino experto en esas lides y nos dio esperanza. Entonces, mi madre y yo nos quedamos a su lado dejando pasar las horas, esperando que la humedad se marchase, cruzando los dedos para que los aguaceros que parecían unirse unos con otros desde nuestra llegada a Holguín, no empeoraran el estado del enfermo.

Un nuevo intento… nada. Ahí estaba ese sonido horrible, como de muerte, y nosotras tan triste que daba lástima; tratando de entender qué habíamos hecho mal. ¿Acaso había sido un error dejarlo desconectado? ¿Pero qué habría pasado si lo alcanzaba una descarga eléctrica?

Demasiado vivos estaban los recuerdos del día que a mami le dieron la noticia. Una de las últimas de su trabajo que se ganó el “Panda”, aunque siempre ha sido de las primeras en todo. Quizás por eso, porque para ella al trabajo hay que entregarse aunque nadie lo reconozca, es que el televisor llegó tan tarde a casa.

Pero no importa. Recuerdo que estábamos felices en aquel enero de 2005 y yo más que todos. Siempre he sido un animal de televisión, la caja chica me robó desde pequeña y a pesar que no he sido una mala lectora, que he encontrado tiempo para compartir con amigos, para trabajar en las noches; la TV siempre ha tenido un espacio privilegiado en mi vida.

Nadie mejor que yo entendió eso de que es el Dios frente al que se reúnen las familias modernas, cuando un profesor lo dijo en los primeros años de la universidad. Mis primos muchas veces se pusieron bravos cuando los abandoné en medio de un juego, para ir a ver alguna película y secretamente odié a quienes apagaban el televisor el 31 de diciembre, porque “estas no son fechas, sino para bailar”.

En todo eso pensaba mientras quitaba los tornillos que ajustan la tapa trasera y me disponía a darle un poco de calor con un secador de mano para el pelo. “Si es humedad con esto se le quita”, estaba convencida; pero las esperanzas me abandonaron cuando mi vecino, el avezado en esas materias y a quien tuve que llamar por temor a causar un mal mayor, finalmente dio el diagnóstico: tiene una fuga en una de sus arterias principales, el cable que protege los 16 000 volts que circulan tiene un orificio y hay que hacerle un transplante de “multifly”.

Cierto es que no está muerto, mas es tan grave que es como si lo estuviera. Además, está todo el asunto de la maldición de mi cumpleaños, porque en mi casa ha habido varios televisores, pero invariablemente todos se rompen en los primeros días de enero, justo antes de mi cumpleaños. Y allá iba la niña triste, esperando las dos cosas más importantes de ese día: su papá con el cake (o sin él, pero con el cake mejor) y que el TV se arreglara. Mi madre lo sabía y llamaba al primero, lo localizaba hasta en los confines de la tierra, a veces hasta lo involucraba en el arreglo del segundo; pero por lo general le tocaba al abuelo y al hermano tomar una carretilla y esperar horas en el “consolidado”, ese centro de servicios donde allá por los ’90 había más esperanzas que piezas de repuesto para televisores, lavadoras, ventiladores, radios… En ocasiones la espera rendía frutos y yo revoloteaba feliz alrededor de mis héroes que regresaban con un tesoro tan valioso. Otras, los meses se acumulaban y también mis anhelos, porque cuando un televisor está herido de muerte, pueden operarlo mil veces que siempre revienta por otro lado.

 

Entonces, no podía ser distinto esta vez, aunque ya no espero a mi papá con su cake y tampoco está mi abuelo. Me toca a mí ahora buscarle el expediente médico para el ingreso y cruzar los dedos para que dure el tiempo suficiente como para comprar otro. Porque aunque yo siento la pérdida, de verdad que la siento, esta vez creo que será mi madre quien revolotee alrededor del aparato si se salva de esta; a fin de cuentas se lo ganó con su trabajo y ya no reparten televisores.

 

 

(Tomado de Espacio Libre)

 

 

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