Plazas martianas y el inicio de todo

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Cuando llegué a La Habana y miré desde la ventanilla los rostros desconocidos en la Terminal, me dije: que malo es llegar a un lugar y que nadie te esté esperando. La sensación de desamparo duró muy poco, ya me veía con mi maletín, que pesaba muchísimo, hasta la Sociedad Cultural José Martí, o llamando desde un teléfono público no sabía muy bien a dónde o a quién. En cuanto entré a la estación, un psstt me ubicó, traían mi nombre en un papel, pero nos reconocimos enseguida, Yasser el muchacho que había ido a Holguín en agosto.

“Si hubiera sabido que eras tú, te habría dicho que trajeras a la niña y te quedabas en mi casa”, me dijo Yasser. Sonreí, “bueno, no vengo de Holguín, vengo de Cienfuegos y la niña, no creo que se porte muy bien en este tipo de eventos”. Lilien y Elizabeth, otras dos holguineras, llegaron media hora después, y juntos nos fuimos a casa de Yasser a pasar el día hasta que llegara Ramón, el cuarto coterráneo, y termináramos de acomodarnos.

Desde aquel departamento a ocho pisos de la planta baja, La Habana parece otra. Se ve el malecón y los autos, pero el sonido se siente lejano, la ciudad era un cuchicheo, un eco, un ruido sordo de bocinas y de gente.

Eliza y Lilién habían salido, Yasser miraba cosas en la computadora, y yo medio somnolienta, me alisté para caminar la Rampa, a solo dos cuadras del edificio donde estaba. Volví del paseo contando historias de unos vietnamitas que hicieron par de preguntas mientras escribía sentada en el malecón, y de unos mellizos que me asaltaron con una guitarra pidiendo que les aceptara dos canciones a cambio de un cuc.

Ramón llegó tardísimo, casi a las 10 de la noche. Después de la comida, nos fuimos a donde Miguel, un señor de rasgos árabes y aspecto muy amable que ofreció su casa para el evento, como lo hicieron otros tantos asociados.

Punto de partida

Así comenzó el II Encuentro Nacional de Plazas Martianas, que sesionó en La Habana a mediados de octubre. El día que nos reunimos en el Memorial José Martí, aún no nos conocíamos. Ya había descubierto a Ramón y Lilién (Elizabeth trabaja conmigo, la descubro todos los días). Digo descubrir porque es un proceso más revelador, que el de solo conocer a alguien. Lilién es periodista de Holguín, pero nunca habíamos hablado, ni siquiera en su etapa de estudiante. Descubrí a una muchacha muy sensible, amante de Tolstoi, no de Gorki, y con un sentido común parecido al mío. A Ramón nunca lo había visto, pero se deja conocer fácil porque es muy transparente. En el Memorial actuó para todos, y por iniciativa propia, “cosa de locos”, pensé yo. En ese mismo teatro se discutió sobre lo que cada provincia había hecho en este primer año de trabajo.

Al final de la mañana, coincidimos unos cuantos en el ascensor para subir al mirador de cinco puntas del Memorial, que equivale a 38 pisos de un edificio común (El Mirador es asfixiante, lo imaginaba al aire libre y al contrario, parece que uno está encerrado en una cápsula y que el oxígeno se acabará pronto).

Las exposiciones en el Memorial y en el resto de los espacios se hicieron a la carrera, como si estuviéramos en un maratón, porque teníamos muchas cosas que hacer y solo dos días para todo. Casi no se podían hacer preguntas porque “corre que hay que terminar antes de las 11 y media”. Imagino que con tres días las cosas habrían salido mejor, pero todo esto obedece también al tema económico, así que o en dos días o no se hacía.

Un Martí diferente

En las discusiones conocí a un Martí distinto. Los temas de las ponencias podían ser tan sórdidos como con qué sustancia se embalsamó el cuerpo del Apóstol, o tan poco atractivo para mí, como la posible paternidad de Martí con respecto a María Mantilla. Sin embargo, conocí de un club martiano en una cárcel de Artemisa, donde los reclusos se leen a Martí y hacen actividades en su nombre; alguien habló de las enfermedades del Maestro, que no fueron pocas y es un tema que lo humaniza bastante; un camagüeyano presentó un videojuego de su propia autoría que, según comentó, ya se implementa en las escuelas de su ciudad y que consiste en responder preguntas relacionadas con Martí, con enfrentamientos y pases de nivel según la cantidad de respuestas correctas.

En la fragua martiana volví a encontrar la estatua del joven Pepe con 16 años y los grilletes en el tobillo y la cintura. Me gusta pararme a su lado e imaginar su estatura en aquel entonces, cuando le escribió a su madre esos versos que no dejan de estremecerme: Mírame madre…

Los dos días se fueron muy rápido. De todo, lo que más me gustó fueron los encuentros en las tardes, ya casi a la hora de la comida, en que nos sentábamos en círculo y discutíamos temas internos de la organización. Fue justo en una de esas conversaciones en que me di cuenta de que no somos tan autónomos como a veces parece. Seguimos perteneciendo a la Sociedad Cultural José Martí y nos tenemos que regir por sus estructuras y sus leyes, de hecho, los adultos no nos quitaron la vista, andaban merodeando, sonrientes como quien celebra las chiquilladas de los niños del barrio, y sentí que en algún que otro momento mataron el debate, cuando más entusiasmados estábamos.

Fueron dos días para hablar de nosotros mismos bajo las luces mortecinas de aquella ciudad y también para tirarnos fotos, intercambiar correos, seguir hablando de Martí, bailar con Berazaín, Fernando Bécquer y cantar junto a Polito Ibáñez. La última noche picamos un cake enorme. Ya para ese entonces formábamos algo, éramos un grupo y yo tuve la sensación permanente de que estábamos creando algo valioso juntos. Nunca hablamos de eso, pero creo que los demás sentían lo mismo.

Cuando salí de La Habana…

La noche del cake, que fue la misma que la de Polito y el malecón, terminé en una parada del P2 con un aguacero enorme filtrándose por el techo. Ramón se había pasado el primer día contestando una entrevista que le hicieron para Juventud Rebelde y esa noche se me ocurrió decirle que sus respuestas habían sido un panfleto. Por las cosas que me había contado tenía hechos más interesantes de los que hablar. Descubrió a Martí en tercer grado, cuando leyó Abdala, “después en la secundaria leí Yugo y estrella y no pude desprenderme, en el pre fue conNuestra América”, me confesó, “¿ves? tenías que haber hablado de eso”, le reproché, como si yo siempre estuviera lejos de los panfletos, en fin.

 

La espera en la Terminal fue mucho más corta que la de aquella parada. De nuevo Yasser, con su hospitalidad, y la sorpresa de mi amigo Rodo y su libro. Esta vez dejé La Habana sin despedirme, no sé por qué, pero no miré las calles por la ventanilla como suelo hacer, tenía sueño, cosas en qué pensar, la urgencia de un nuevo alquiler a mi llegada, mi beba y su catarro. ¿A quién se le habrá ocurrido esto de las Plazas Martianas? Nunca pregunté.

 

 

(Tomado del Blog Holguineros)

 

 

 

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