Día: julio 2, 2012

Cuba, infierno y telaraña: tres palabras para refelxionar…

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Entre encrucijadas de la telaraña mundial disfruto mucho, además de bloguear, de la interacción constantemente en las redes sociales. Twitter y Facebook son mis preferidas, pues además de interactuar con amigos y colegas, éstas resultan ser dos excelentes vías que he encontrado para la necesaria información constante, la que en mi caso personal es casi tan necesaria como el mismísimo oxígeno que respiro.

Por eso leyendo algunos de los Post de este lunes, me he identificado de inmediato con el colega Arnoldo Fernández, al que al parecer junto a otros que también siguen levantado sus voces, les está sucediendo desde hace alrededor de una semana lo que a mí hace ya alrededor de 5 meses.

Y por eso protesto tanto, porque duele aún más cuando los cubanos tenemos que sufrir innecesaria y simultáneamente dos enormes bloqueos a cada día; el bien conocido como injusto bloqueo norteamericano, y el tan reconocido por todos como bloqueo interno o bloqueo de mentes.

De ahí que me sume a esta denuncia del blog Caracol de Agua, ya que desde hace mucho tiempo “La Chiringa de Cuba” se tiene que estar actualizando vía correo electrónico y editándose posteriormente, en aras de lograr la estética requerida, gracias a amigos de confianza que me han ofrecido su desinteresada ayuda con tal de que no se pierda el vuelo de esta chiringa.

Creo al respecto, que no es con una Internet de Lunes a viernes, de 8 de la mañana a 5 de la tarde, y por demás lenta, agonizante, o con mil restricciones hechas a “sitios conflictivos” como mejor podemos librar esta batalla. Los periodistas, comunicadores, y blogueros cubanos necesitamos estar informados, necesitamos de una plataforma rápida y confiable de información y producción de contenidos en la red nacional que responda a los intereses de los revolucionarios cubanos, pues la dependencia tecnológica de los norteamericanos está siendo quizás, la mejor de las armas que alguien está utilizando para acallar nuestra voz.

¡Reflexionemos sobre esto!

Carlos Alberto Pérez

“La Chiringa de Cuba”

Infierno en la telaraña desde Cuba

Por Arnoldo Fernández Verdecia, en Caracol de Agua

Hace más de una semana que acceder a Internet desde Cuba es casi imposible: no sé si echarle la culpa al Bloqueo, al satélite, o al dichoso cable Venezuela-Santiago. Lo cierto es que actualizar mi blog, o editar el sitio para el que laboro es una odisea peor que la vivida por el héroe griego.

Buscar respuestas y exigir soluciones no sabes dónde encontrarlas. Resulta homérico editar un post, actualizar algún portal, o sencillamente entrar a las redes sociales y tener una presencia digna para reflejar la verdad de Cuba.

¿Qué hacer entonces? Uno ama el trabajo que hace. Sueña un mejor posicionamiento del portal para el que labora, quiere una mejor imagen de su blog en la red de redes, pero todo conspira para anularlo y dejarlo en el silencio.

Alguien me dijo, échale la culpa al río. Asombrado pensé: ¿Cuál río? No es un problema de medio ambiente, ni de tiempo de máquina, es que nos estamos quedando al margen de la telaraña y no sabemos si es mejor seguir soñando o retornar a la Edad de Piedra.

(Tomado de la Chiringa de Cuba)

Nunca podrán cerrarle los ojos

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Este cuento me llega desde Chile y lo envía un lector de Super Cuba, su nombre es José López Romero.

Al igual que Jośe, todos nos imaginamos al Che de maneras distintas pero siempre con su grandeza histórica por delante.

Che,Guevara,Familia del che,hijos del che/supercuba

Así lo imagina Joś al Che, compartiendo su vida con su familia

Don Ernesto encendió un cigarro y se recostó blandamente sobre el sillón de hamaca. Aspiró profundamente una bocanada de su tabaco y entornó los párpados para pensar, algo que solía hacer últimamente, con frecuencia que no era casual. Elevó su memoria muy lejos, tantos años atrás, tironeando aquellas viejas historias que le parecían exageradas o increíbles a fuerza de recordarlas.

Porqué no refrescar los días felices de la niñez – dijo para sí – los diálogos cotidianos con doña Rosario – la cocinera de su casa – y aquella frase fatídica que le confió a ella a los nueve años, de “pegarse un tiro”, cuando ya el asma era una carga tremenda para él. O sus queridos compinches de la infancia en Alta Gracia, chicos sin apellidos “vistosos o influyentes”, hijos de trabajadores con quienes jugaba a la guerra con algunas frutas, apelando en ocasiones a las “gomeras” y utilizando peligrosamente cascotes como proyectiles. “¡Ah, mi costumbre de sacar a bailar a las chicas que no eran tan lindas! – exclamó tomándose la frente y sonriendo levemente con el cigarro pendiendo en sus labios – los versos de Neruda que le enviaba a Negrita, ella era mi prima, ¡pensar que casi fuimos novios”.

Las volutas de humo envolvieron estos pensamientos, y quién sabe cuántos más, enmarcando su desinteresada actitud humana. Aleida, su mujer,  andaba por la casa, en el patio, en la cocina, moviendo cosas, ocupándose de escribir algunas cartas a sus hijos que habían quedado en la isla, su tierra de origen, la añorada  Habana de “tío Fidel” como siempre dice Aleidita.

A la vez ordenaba los papeles con escritos de su marido y los libros que dejaba por ahí alterando el orden de su querida casa, cercana al Monumento a la Bandera, de frente al río, donde ponía su acento de mujer. Ella siguió fiel a su aventurero Ernesto que quiso regresar a Rosario, lugar donde naciera, cuando sus padres bajaron navegando por el Río Paraná rumbo a Buenos Aires, desde Misiones, por asuntos del parto.

Miró hacia el sitio donde su hombre  pasaba gran parte del tiempo entregado a la lectura, su constante afición, o mezclado con el pasado del cuál nunca pudo desprenderse.
“Y todo a partir de aquel raid en el “cucciolo” con que recorrimos nuestras  provincias… ¡eso sí!, me traje la certificación del paso por ellas, que hacíamos  firmar en cada Automóvil Club.

En realidad no fue para mostrarle a aquellos que pudieran dudar de lo que hicimos, sino para convencerme yo, de lo que  habíamos hecho – cavilaba Don Guevara de la Serna hamacándose levemente. ¡Eh! – Dijo entusiasmado de pronto –  si hasta salimos en “El Gráfico”.

Fueron doce provincias, casi cinco mil kilómetros y un montón de dificultades con otras tantas soluciones, entre pinchaduras y bujías empastadas, que signaron el espíritu andariego del joven Ernesto y un amigo.
“No puedo olvidar a la querida Tita Infante, que en los años de facultad me hablaba de Carlos Marx y de la revolución socialista. Esta problemática me interesó con todas las de la ley, ¡vaya que sí! Con ella dí los primeros pasos en la política y no es para presumir pero, creo que el algún momento se enamoró de mí. Pero ella tuvo mi respeto y solo fue mi mejor amiga.

Entre otras cosas, hay algo que me da vueltas adentro, una especie de ansiedad que no se disipa, como si algo que me pertenece estuviera olvidado. Mucho quedó allí, eso es, me gustaría regresar a La Higuera, para ver en qué quedó aquél pueblito, tal vez tratar de torcer los hechos que se vienen contando de hace años, es una deuda que me busqué y no pude saldar.

Dicen que hoy lo llaman “La Higuera del CHE”, y se me hace, ahora a la distancia, que aquella campaña en las sierras fue una osadía. Con un puñado de hombres no podía jamás vencer a la ignorancia, dar un vuelco histórico y plantar una vida digna a los campesinos de una Bolivia sin voluntades. Sé que siguen tan pobres como entonces y muriendo tempranamente, con muchos analfabetos incluso pero, nada podía lograrse sin ellos mismos, pobre gente, no se arriesgaron a despertar”.

Con unos pocos trazos de la rica vida del Che, traté de imaginarlo aún entre nosotros, viviendo en su ciudad de origen aunque podría haber sido en su Alta Gracia de la Córdoba adoptiva. Primordialmente quise revivir al hombre recordando momentos sucedidos en los días de su pasión. Una foto  y un breve texto, clavado a una pared del mojón boliviano donde fue asesinado, dice: “Che, no pudieron cerrarte los ojos, por eso eres eterno”.

Al caer prisionero, herido y con sus armas ya inútiles, eran las tres y media de la tarde y transcurrirían poco menos de veinticuatro horas para el momento de su ejecución a cargo del Sargento Terán. Según quedó en la leyenda, la inmensa figura del guerrillero argentino era demasiado fuerte para él, aunque lo viera vencido, con heridas expuestas, desaliñado y sin fuerzas. El Che, desde su posición que habrá considerado una afrenta para un guerrero, miró a un  verdugo que se revolvía en su temor y le dijo que hiciera lo suyo, que solo apuntara bien y  mantuviera la calma. Diría además, como un pistoletazo o un manifiesto rebelde a nombre de sus compañeros mártires del imperialismo;…”¡usted va a matar a un hombre!”.

Cada 9 de octubre, el pueblo que antes no entendió su propuesta revolucionaria, le rinde culto. Un monumento perpetúa su memoria, a su pie los pobladores y visitantes  ofrendan flores y encienden velas. Cuentan que luego de los disparos, alguien  acudió a la vieja escuelita.

Ernesto yacía con su ropa verde oliva ensangrentada, convertida en jirones. Mirar sus ojos daba escalofríos, era como si estuviera vivo, sin temor en sus pupilas. El matador  no  estaba, ante tal circunstancia se había marchado espantado. Premonitoriamente, Terán, que aún vive y no tiene paradero conocido, vio en ese  rostro, al hombre que la posteridad convertiría en emblema. La figura y el pensamiento que una y otra vez renace en cualquier parte del mundo donde se luche contra las injusticias.

(Tomado de Super Cuba)