Día: mayo 24, 2011

Otorgan Premio de Honor Cubadisco 2011 a La Colmenita (+ Fotos)

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21 MAYO 2011  / Cubadebate
La Colmenita en Santiago de Cuba. Foto: Jesús GonzálezLa Colmenita en Santiago de Cuba. Foto: Jesús González González

Texto: Marianela Dufflar
Fotos:Jesús Gónzalez Gónzalez.

En el céntrico Parque Céspedes de Santiago de Cuba, ante el pueblo santiaguero y en plena actuación, Ciro Benemelis Durán, presidente del Comité Organizador de Cubadisco, entregó a ” La Colmenita” el Premio de Honor Cubadisco 2011, el cual fue recibido por Carlos Alberto Cremata, director y creador de la Compañía  y por tres de sus protagonistas más pequeňos.

Los valores humanos y profesionales, así como la importancia  que acompañan a  esta agrupación infantil, en  defensa de los valores de la cultura y  la identidad de la nación, fueron reconocidos ante el público que  asistió  al parque, con un alto nivel de convocatoria.

Luego de entregado el Premio, La Colmenita continúo conmoviendo al pueblo santiaguero con sus magistrales actuaciones e interpretaciones, que se centraron en “Las nuevas aventuras de Elpidio Váldes con Adalberto Aĺvarez y su Son”, presentadas ayer en el Teatro Heredia.

La Colmenita en Santiago de Cuba. Foto: Jesús GonzálezLa Colmenita en Santiago de Cuba. Foto: Jesús González

Ciro Benemelis entregra premio a La Colmenita en Santiago de Cuba. Foto: Jesús GonzálezCiro Benemelis entregra premio a La Colmenita en Santiago de Cuba. Foto: Jesús González

La Habana no es lugar para turistas (I)

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23 MAYO 2011 / Cubadebate
La Guagua y Cuba (Foto: Kaloian)

La Guagua. Foto: Kaloian

No utilice viejos y deplorables trucos. Cuando un periodista se quiere inventar una situación determinada la coloca en una guagua. (…) Todo esto es absolutamente inverosímil y falso.

El autor.

Era La Habana en una noche cuya fecha no puedo precisar. Había salido a la calle sin motivo aparente. Corría un aire distinto, más incierto, más sólido. Un aire venido de otro mundo, de una época futura o quizás de un tiempo muy remoto, de una era anterior o posterior a todo rastro de vida: blanca, presuntuosa, inapresable para la imaginación, no digamos ya para la memoria.

Había salido, tal vez, para provocar al destino. Anduve entre riscos, sobre la húmeda frontera de la costa. Introduje los dedos en el agua, y los mantuve así, lejos de mi cuerpo por unos segundos, como algas moribundas, separadas del resto por el cuchillo líquido e inestable de la superficie. Pero no hubo una señal, no pasó nada.

Me levanté -si tal término es dable-, tácitamente, en apariencia distraído. Bordeé la Oficina de Intereses, atravesé la Tribuna Antimperialista, miré hacia arriba pero no vi ningún monte de banderas, solo astas vacías y afiladas hincando la distensión del cielo. Escapé de varios borrachos, de algunos cantores, de la indiferencia de ciertas parejas en la flor de sus únicas edades, y alcancé sin mucho esfuerzo la bocacalle de Línea.

Dos luces intensas y siniestras, dos focos delanteros alumbraron mi cara. Cerré los ojos.

(Cerrar los ojos siempre es una forma de entrar a algún lugar.)

Podía tratarse de un P-1 o de un P-5, de una de esas rutas habituales, pero lo cierto, lo que pude percibir, fue un ómnibus sin color, o del color de los minerales antiguos, un ómnibus que no parecía ir ni venir de ningún lugar.

Supongo que pagué cuarenta centavos. Después entré.

No había muchas personas. Las cosas se tornaban de una vaguedad absoluta. No había asientos. No había bocinas. Sin embargo, una tristísima música se dejaba escuchar. Andaba de prófugo y con unos pocos centavos en los bolsillos, en una ruta desconocida, entre sujetos estrafalarios que levitaban como otros se toman un vaso de agua, y sospeché que no podía pedir más.

Entramos en callejuelas malolientes, merodeamos por el casco histórico, enfilamos hacia los barrios altos, cruzamos varias avenidas. Nadie protestaba. No había apuro entre aquellas personas. Sobrevolamos azoteas, y luego vislumbré, más allá del parabrisas, sucesivos y extraños lugares: la niebla densa de Londres, el Lavapiés madrileño, una esquina de New Jersey, los mercados de Quito, la pobreza de Puerto Príncipe, una mezquita en Karachi.

Hablé con el chofer, balbuceé frases sueltas, que cómo era posible o algo así. Y el hombre dijo es posible, perfectamente posible. Me quedé callado e intenté descansar. Igual no pude. Viajaba a una velocidad espantosa, inaccesible. El resto de los pasajeros conversaba. Algo en sus gestos, la naturalidad tal vez, esclarecía que para ellos el recorrido se había trocado en costumbre. Nunca he vuelto a ver rostros semejantes. De una hermosura atroz, de una serenidad inconfesable. Rostros al regreso de cualquier estética.

Por un momento sospeché que no avanzábamos, que habíamos anclado en la sensatez de un loco, atados a un punto, dando vueltas sobre nuestros respectivos cuerpos, sobre nuestras respectivas ideas, y que la carretera se escurría clandestinamente bajo las invisibles ruedas de la guagua.

Pensé: una ruta sin sentido. Pensé: estoy en ella. Pensé: no sé hacia dónde voy y sería bueno ir aprendiendo ciertas cosas. Pensé: cada hombre es una isla, cada hombre está detenido en el tiempo y solo los lugares emigran, de trance en trance, de persona a persona, de despedida en despedida.

Entonces, algo decompuesto, o con ademanes más bien propios de la histeria, dije que no entendía nada, pero me arrepentí, porque en determinadas situaciones decir algo equivale a cuestionar, y lo inexplicable de la realidad no se cuestiona; lo desconocido entraña la más terrible de las tiranías.

El chofer dijo es fácil, y yo dije cómo este trayecto y estos parajes han podido confluir en una noche común y corriente, una noche para el olvido, una noche de las que si se recuerdan demasiado pueden llevarnos a la locura o a la incoherencia total. Y el hombre (que se veía un habanero legendario, curtido por el salitre del puerto o por las rumbas de Jesús María, y que si no presenció la toma por los ingleses al menos tuvo que haber visitado los burdeles de la República) dijo que La Habana era un trazo volátil, dispersa como una ola, y que esa, cambiando de tema, era la intrínseca similitud entre las grandes urbes de este mundo, y también, agregué yo, una evidente muestra de eternidad, pero luego, caído en la cuenta, le dije que La Habana no era una gran urbe, que quizás fuera maravillosa pero para nada una gran urbe, y él dejó que pasaran varios segundos (en los cuales no supe cómo comportarme) antes de decir que lo sería, no desesperarse, para el siglo XXV lo sería, y transcurrió otro lapsus de tiempo y quizás hasta sobrevoló una gaviota, aunque yo no vi ninguna, y después también dijo que en ese instante ambos pisábamos el corazón de la ciudad, y entonces le pregunté si estábamos en 23 y M, y sonrió o hizo como que sonreía o como que me perdonaba tamaño desliz y se limitó a aclarar que 23 y M era si acaso un eslogan de la televisión, nada más, y me quedé callado, en absoluto silencio, solo y aturdido como una tumba vacía, y luego agregó otra cosa, dijo que él, yo y los demás semejábamos a lo sumo pequeños poblados de provincia, presas del azar y la memoria, presas del dolor y de un brutal arraigo (aunque yo hubiera preferido desarraigo, pero eso no fue lo que dijo).

Después volvió a callarse y me dio por dudar y terminé convencido de que el chofer no había articulado frase alguna -en todo caso dos o tres parlamentos siempre ondeados sobre el mástil de un tono bien diferente-, y que aquellas palabras no eran más que la resaca o la traducción de su manera de agarrar el timón, de su despreocupado modo de fijar la mirada en el espacio.

Entonces descendí; de vuelta frente al Malecón, en el mismísimo nacimiento o en la mismísima muerte de la calle Línea, en una de las tantas e irrepetibles esquinas de lo que todos convenimos en llamar La Habana. Un Martí de bronce, con un niño de bronce encima, señalaba hacia un punto de bronce.

Olfateé el mar. No había oleaje. Me acerqué y tampoco había agua. Se extendía, en cambio, un árido terreno de sal, la contratapa del cielo, y en medio de aquel panorama desolado se alzaban anaqueles de libros. Y entre los anaqueles de libros, despreocupadamente suspendida en el vacío, la veladora, una anciana de piel muy blanca y canas amarillas, se recogía bajo sus telas. Me pareció que estaba muerta, o muy dormida, y no le presté atención.

Después de mucho rastrear, de haber desandado catálogos, estantes y entresijos, cargué con las tres mejores piezas de cualquier biblioteca. La Odisea, ¿de Homero?, Los detectives salvajes o 2666, no recuerdo cuál de las dos (tampoco recuerdo al autor), y un deteriorado ejemplar de una revista de inicios de siglo, presumiblemente La gaceta de Cuba, donde aparece el esclarecedor ensayo de Virgilio Piñera titulado De la destrucción, y un breve poema contemporáneo que concluye del siguiente modo: “…Entonces sentimos una piedra halando nuestro cuerpo. Aprendemos que la vida también se organiza por debajo del horizonte.”

Leí aquello y me fui a casa. Vale aclarar que yo no tenía casa, pero que igual salí a buscarla. Atravesé la ciudad, atravesé la húmeda noche habanera.

Luego las cosas tomaron un color distinto, y auguré un fósforo prendido debajo o encima de los aires. Un fósforo que combustionaba con la brisa, manchando el firmamento de un color naranja que si se miraba bien no era naranja, de un color que se vertía sobre el mundo hasta ahora conocido y sobre el mundo por conocer, y la verdad, mientras se me revelaba lo impersonal o lo neutro que puede llegar a ser el futuro, sentí un poco de pena y suspiré, no como nostalgia sino como expectativa, observando el despliegue de formas que se erigía imponente sobre nuestros cuerpos, sobre nuestras inermes cabezas, elucubrando cuestiones de ese tipo, y pareciéndome también que aquel espectáculo absurdo ya no tendría para cuando acabar.

Danza Contemporánea triunfa en Nueva York

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23 MAYO 2011  / Granma

danza-contemporanea-cubaDanza Contemporánea de Cuba debutó exitosamente durante estas dos últimas semanas en el Joyce Theater, de Nueva York, en su primera gira por los Estados Unidos en sus más de 50 años de trayectoria.

En el afamado coliseo, la joven agrupación presentó, en un primer programa,Mambo 3XXI, del coreógrafo cubano George Céspedes y Casi-Casa del sueco Mats Ek. En la segunda parte llevó al escenario la antológica Súlkary, de Eduardo Rivero, Demo-N Crazy, del español Rafael Bonachela y la pieza Horizontes -estrenada en Cuba, en el Teatro Mella, el pasado enero- del cubano-americano Pedro Ruiz, quien por más de 22 años se destacó como bailarín del Ballet Hispánico de Nueva York.

La compañía de danza, fundada en 1959 por el maestro Ramiro Guerra y dirigida actualmente por Miguel Iglesias, cumplió un cronograma de dos semanas de presentaciones en la Gran Manzana como parte de la gira que también la llevará a Virginia, Filadelfia y Boston.

(Con información de Granma)

Muere nadador Ramón Cordobés, el deportista más longevo de Cuba

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21 MAYO 2011  / AFP
Muere nadador Ramón Cordobés, el deportista más longevo de CubaMuere nadador Ramón Cordobés, el deportista más longevo de Cuba

El nadador Ramón Cordobés, el deportista más longevo de Cuba, murió este sábado en La Habana a los 98 años, orgulloso de no haber abandonado “jamás al Dios Neptuno”, informó Radio Rebelde.

Cordobés, un ingeniero que comenzó a nadar a los 14 años, fundó en 1998 en la capital el “Club Juventud Acumulada” para deportistas de avanzada edad, con en el que se mantuvo entrenando prácticamente hasta su muerte.

Destacó que en su palmarés resaltan las dos medallas de oro en 100 y 200 metros pecho, que ganó con 92 años en el X Campeonato Mundial de natación -categoría Máster-, disputado en Italia en 2004, donde también alcanzó una de bronce en 200 metros libre.

Poco antes de ese Mundial se había convertido en el deportista de mayor edad que representó a la isla en un evento internacional, al competir en un torneo regional en Costa Rica.

Menudo, de baja estatura y locuaz, Cordobés era un sempiterno caminante, que no fumaba ni ingería bebidas alcohólicas, y se enorgullecía de “no haber abandonado jamás al Dios Neptuno” en más de 80 años como nadador y de no tener rival en la isla, por lo que competía contra el reloj.

Las cenizas del nadador serán esparcidas el próximo lunes en el mar, según su última voluntad. “Siempre dijo que cuando le llegara su último minuto en la vida, preferiría morir nadando o que sus cenizas las esparcieran en el mar”, recordó Radio Rebelde.

(Con información de AFP)

Exhuman el féretro con los restos de Salvador Allende en Chile (+ Fotos)

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23 MAYO 2011  / EFE y AFP
Salvador AllendeSalvador Allende

El féretro con los restos del presidente chileno Salvador Allende fue exhumado del mausoleo familiar en el Cementerio General de Santiago para iniciar las pericias que determinen las circunstancias de su muerte.

La diligencia estuvo encabezada por el juez de la Corte de Apelaciones de Santiago Mario Carroza y fue realizada por peritos del Servicio Médico Legal (SML) y de la Policía de Investigaciones, ante un equipo de forenses y antropólogos, cinco de ellos extranjeros.

En la exhumación también estuvieron presentes varios familiares de Salvador Allende, entre ellos la senadora socialista Isabel Allende,  hija del mandatario, que falleció en el Palacio de la Moneda el 11 de septiembre de 1973, durante el golpe de Estado de Augusto Pinochet.

“Como familia queremos manifestar antes que nada nuestra satisfacción por los avances logrados en este trascendental proceso judicial para establecer la verdad de lo ocurrido el trágico 11 de septiembre de 1973″, declaró Isabel Allende una vez que el ataúd fue extraído del mausoleo.

La parlamentaria socialista reafirmó que su familia tiene “la convicción de que el presidente Salvador Allende (1970-1973) tomó la decisión de morir como un gesto de coherencia política en defensa el mandato que le fue entregado por el pueblo”.

Sin embargo, solicitaron esta exhumación “con la esperanza de que sus resultados permitan despejar cualquier duda” sobre su muerte “y al mismo tiempo sirvan para determinar judicialmente las circunstancias en que esta se produjo así como los crímenes cometidos” en la dictadura.

Tras exhumar el ataúd, éste fue introducido en un vehículo para trasladarlo a dependencias del Servicio Médico Legal, donde se realizarán los peritajes correspondientes, aunque estos no irán acompañados de una nueva autopsia.

La exhumación fue ordenada por el juez, tras recibir en abril un informe del SML que establece “discordancias” entre el informe oficial de la autopsia, ordenada por la dictadura, y un peritaje policial del cuerpo de Allende en el lugar de su muerte.

La investigación se abrió el pasado 26 de enero, cuando la Fiscalía presentó ante el juez Carroza 726 querellas por violaciones de los derechos humanos correspondientes a casos que nunca antes habían sido investigadas por la Justicia, entre ellos el del fallecido mandatario.

Allende murió durante el bombardeo a La Moneda y la versión más difundida, aceptada incluso por su familia, es que el mandatario se mató disparándose en la barbilla con un fusil de asalto AK-47 que le había regalado el líder cubano Fidel Castro.

EL ULTIMO DIA DE SALVADOR ALLENDE

El 11 de septiembre de 1973 una llamada telefónica despertó al presidente Salvador Allende para anunciarle que la Marina se había sublevado. Ese día, marcado a fuego en la historia de Chile, sería el último de su vida y el inicio de la dictadura de Augusto Pinochet.

Allende, un médico de 65 años, partió escoltado por policías al Palacio presidencial de La Moneda, en el centro de Santiago, dispuesto a resistir la ofensiva golpista.

En varios cuarteles del país los tanquistas calentaban desde la medianoche los motores de los blindados, los aviadores asistían al ‘briefing’ de vuelo y los generales confirmaban la subordinación de sus tropas.

El mismo martes del golpe Allende iba a convocar a un plebiscito, en un esfuerzo desesperado para salvar al gobierno de la Unidad Popular, la coalición izquierdista que agonizaba tras 1.000 días en el poder.

Allende había asumido en 1970 la Presidencia -en la cuarta elección en que participaba- y durante su gobierno nacionalizó las minas de cobre, principal riqueza del país, que estaban en manos de compañías estadounidenses.

La nacionalización de minas de carbón, la intervención bancaria y la reforma agraria chocaron con la oposición de la derecha y el gobierno de Estados Unidos, que unieron fuerzas para desestabilizar a su gobierno mediante acciones concertadas, como paralizar el transporte y el comercio, y atentados con explosivos que provocaron apagones y dañaron puentes y oleoductos.

En ese contexto difícil, Allende ingresó a las 07H20 al Palacio de La Moneda de traje y corbata, con un casco y empuñando un fusil.

El presidente organizó la resistencia. “Todo el que sea capaz y tenga condiciones para usar un arma, que la coja y la use”, les dijo, según el recuerdo del médico Oscar Soto, que ese día estaba en La Moneda.

Luego entregó un arma a los colaboradores que quisieron permanecer a su lado. No había más de 40 seguidores para defender el edificio del golpe perpetrado por el Estado Mayor integrado por los comandantes de las tres fuerzas militares (el general Augusto Pinochet, el almirante José Toribio Merino y el general de aviación Gustavo Leigh), además del jefe de la policía, César Mendoza.

A través de edecanes, Pinochet -a quien Allende vio hasta el final como un aliado- conminó al presidente a renunciar.

Allende “escuchaba con tranquilidad las diferentes informaciones que le entregaban y daba órdenes y respuestas que no admitían discusión”, relató dos semanas más tarde en La Habana su hija Beatriz, quien también permaneció en el lugar.

“Tomaba medidas para un combate largo. Se desplazaba continuamente desde un lugar a otro y se informaba de la cantidad de alimentos y agua almacenada”, agregó.

Fue a las 09H15 cuando el Ejército abrió fuego contra La Moneda. Desde una de las ventanas de su despacho, Allende respondió y uno de los disparos destruyó un tanque junto a la puerta principal del Palacio.

Cuando el ataque se intensificó, el mandatario reunió a sus leales y los invitó a abandonar el Palacio.

Le pidió a sus edecanes que llevaran un mensaje a los sublevados, según la versión del periodista Ignacio González.

“Díganles a sus comandantes en jefe que no me voy de aquí ni me entregaré. No voy a salir vivo de aquí aunque bombardeen La Moneda. Me voy a matar. Así”, explicó fríamente.

Y para demostrar su determinación “tomó el fusil, se lo puso entre las piernas y se apuntó a la barbilla”, escribió González.

Mientras los aviones sobrevolaban el palacio, Allende difundió su último mensaje radial al país: “No, no voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”.

“Lo vi entero y con una gran claridad. Me abismó comprobar que tenía muy claro que iba a morir”, relató David Garrido, miembro de la custodia que permaneció junto a Allende.

Una vez terminado su discurso, el presidente reunió a los últimos que quedaban para darles nuevamente la posibilidad de salir. A esas alturas, sólo una docena de colaboradores permanecía a su lado y los ataques eran cada vez más intensos.

Al mediodía comenzó el bombardeo aéreo sobre La Moneda.

Algunos cohetes estallaron en el interior del edificio, que comenzó a incendiarse. En medio de gruesas columnas de humo ,un pelotón de militares pugnaba por ingresar al patio central de La Moneda.

“¡Allende no se rinde, milicos!”, gritó el presidente a través de las ventanas abiertas, según recuerdan testigos.

Los últimos combatientes bajaron por la ancha escalera desde la planta alta de La Moneda para entregarse a los militares. En ese instante oyeron un disparo. El presidente caía muerto.

(Con información de EFE y AFP)

AFP PHOTO/ MARTIN BERNETTIAFP PHOTO/ MARTIN BERNETTI

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La hija de Salvador Allende, Isabel, y Carmen Paz Allende en el cementerio. AFP PHOTO/ MARTIN BERNETTILa hija de Salvador Allende, Isabel, y Carmen Paz Allende en el cementerio. AFP PHOTO/ MARTIN BERNETTI

Japón admite que daños en Fukushima fueron peores a los anunciados

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23 MAYO 2011  / AFP

Central Nuclear Japonesa Fukushima

Al admitir que los daños en la central de  Fukushima son peores de lo anunciado anteriormente, el operador del sitio,  TEPCO, sembró la duda sobre la exactitud de las informaciones que entrega desde  hace más de dos meses, cuando comenzó lo que hoy es el peor accidente nuclear  en 25 años.

Tokyo Electric Power (TEPCO), la empresa de electricidad más grande de  Asia, presentó los últimos días un cuadro de situación de la planta de  Fukushima mucho más grave que antes.

El operador informó en esta ocasión, gracias a nuevas medidas, que el  combustible nuclear de los reactores 1, 2 y 3 aparentemente se fundieron,  debido a que no estuvieron sumergidos durante varias horas después de la  catástrofe del 11 de marzo que dejó fuera de uso el sistema de enfriamiento.

El combustible del reactor 1 había caído al fondo de la cuba.

Anteriormente, el operador, como el gobierno, aseguraban que la fusión era  poco probable, los reactores relativamente estables y las fugas radiactivas  peligrosas ampliamente contenidas.

El primer ministro Naoto Kan admitió que su gobierno no notó las  inexactitudes en las precedentes declaraciones del operador eléctrico.

“Lo que declaré a la población era totalmente erróneo”, reconoció Naoto Kan  el viernes ante el Parlamento. “No supimos detectar las falsas afirmaciones de  TEPCO. Lo lamento profundamente”, dijo.

Para justificarse, TEPCO explicó que sólo hay una visión más exacta de la  situación desde que empleados pudieron ingresar en los edificios donde están  los reactores.

“La manera en la que TEPCO difunde las informaciones muestra claramente que  no tiene ningún sentido de la gestión de crisis”, estimaba recientemente en un  análisis el periódico de negocios Nikkei.

“Dos meses después del accidente reconoció la fusión del reactor 1. Pero  muchos expertos habían emitido esta hipótesis” apenas se declaró la catástrofe,  señalaba el periódico. “No dan malas noticias hasta que están completamente  confirmadas. Esta actitud crea desconfianza”, añadió.

TEPCO suministra electricidad a Kanto, una vasta región del centro este del  archipiélago que incluye a Tokio y alberga un buen tercio de la población  nipona, representa el 40% de la riqueza nacional del país.

TEPCO, que ya fue criticado por sus fallas en los protocolos de seguridad,  ahora lo es por su falta de preparación en casos de catástrofe natural. Un  laxismo alentado por la flexibilidad de la reglamentación en este sector,  elaborada por una agencia gubernamental cuyo objetivo es el de promover la  energía nuclear.

El periódico Asahi Shimbun estima que TEPCO y los reguladores evitaron toda  utilización del término “fusión” para que “la población subestime lo que pasaba  realmente”.

La confusión aumentó con nuevas directivas en la zona de evacuación  alrededor de la central, situada a 220 km al noreste de Tokio.

Justo después de la catástrofe, el gobierno pidió la evacuación de los  habitantes en un radio de 3 km. La zona fue luego ampliada hasta 20 km,  mientras que continuaban las fugas radiactivas. Los habitantes que residen a  una distancia de entre 20 y 30 km de la planta deben permanecer en el interior  de sus hogares.

La semana pasada se llevaron a cabo nuevas evacuaciones.

Pero luego de las explosiones de hidrógeno, que habían dañado enormemente  el edificio exterior de dos de los seis reactores de la central, los  responsables habían asegurado que los reactores estaban intactos y sólo  planteaban un débil riesgo “inmediato” para la salud.

Se supo luego que fugas radiactivas masivas se produjeron cuando muchos de  los habitantes alrededor de la central estaban aún en sus viviendas.

Según la Sociedad de Energía Atómica de Japón, las autoridades no supieron  explicar la situación y “perdieron su credibilidad”.

(Con información de AFP)

“Indignados” de España muestran su descontento a través de originales papeletas (+ Fotos)

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23 MAYO 2011  / Cubadebate

Luego de una intensa semana de manifestaciones y protestas en las principales ciudades de España y Europa, finalmente el domingo 22 de mayo se realizaron las elecciones municipales y autónomas en el país ibérico, donde el partido del PP resultó victorioso.

Durante los comicios, cientos de españoles se acercaron a las urnas para expresar su descontento ante la crisis política y económica que atraviesa ese país. A través de sus votos, los electores impregnaron sus papeletas con mensajes de protesta contra el “mundillo” de la política espáñola.

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